Hace poco me enteré por un artículo de prensa que el barrio de Pétion Ville en Puerto Príncipe apenas había sufrido daños en el reciente terremoto. Da la casualidad de que se trata del barrio más rico y moderno de la ciudad. A lo mejor entre nosotros todavía hay quien se pregunta el por qué Dios permite estos desastres naturales, esperando intervenciones prodigiosas divinas como en otras épocas de la humanidad, sin asumir el hecho de la mayoría de edad del hombre y de la autonomía del universo, cuyas leyes conocemos mejor cada día.

Así pues no tenemos que mirar al cielo ante las tragedias humanas, sino a la tierra y darnos cuenta de lo evidente: que con otras maneras y prioridades a la hora de hacer política, con otra distribución de la riqueza y con otro tipo de construcciones, se hubiera amortiguado mucho la violencia de la naturaleza. El problema es que este tipo de planteamientos no nos los solemos hacer, y mucho menos las grandes instituciones económicas internacionales. Al contrario, hace pocos días un guardián del “status quo” mundial como el Fondo Monetario Internacional (FMI), recomendaba para países como el nuestro una rebaja de los salarios y una “flexibilización” del mercado laboral (que ya sabemos a que se refieren cuando usan esta palabra). Esta manera de entender la economía, el trabajo de las personas y las relaciones humanas a todos los niveles es la causante del mal de Haití y tantos “haitís” como hay en el mundo y de la precarización de la vida, del mileurismo, del paro, de las condiciones laborales leoninas y de la falta de futuro para nuestros jóvenes y menos jóvenes aquí donde vivimos.

Para cambiar esto es necesario empezar cambiando nosotros mismos, sacar de nosotros y arrojarlo lejos el individualismo y el consumismo con los que nos anestesia este sistema, mirar a nuestro alrededor y sentir como propio todo lo ajeno. Es otra forma de pensar, otra forma de sentir, otra forma de vivir. El pensar, sentir y vivir de los que nos dio ejemplo Jesús.