Ferrán Adriá, chef del considerado mejor restaurante del mundo, El Bulli, anuncia su cierre provisional durante dos años. Motiva esta decisión en la necesidad de descansar y de recrear. Piensa que, tras este tiempo sabático, pondrá nuevas adquisiciones culinarias en la historia universal de la gastronomía. Probablemente, quienes están leyendo estas palabras no estuvieron nunca en El Bulli y nunca pensaban ir al mismo. En realidad, la decisión de Ferrán Adriá, en ese sentido, afectan a las pocas personas que podían, por un lado, conseguir una mesa en la apretada agenda del restaurante y, por otro, pagarla a posteriori.

Ferrán Adriá quiere seguir en la élite mundial. Para eso, cree que debe dedicar un tiempo al descanso y a la recreación. Quienes nos movemos en otras actividades de la vida cotidiana sabemos también de la importancia que tiene dedicar tiempo a lo no tan urgente, a lo más a largo plazo, a cuidar también a la persona y a su espíritu. Al fin y al cabo, el alma de El Bulli es la capacidad creadora de su cocinero. Y esa capacidad tiene que ver con el cada día, con la actividad permanente, pero también con el tiempo de descanso, con la posibilidad de salirte de lo ordinario, con la dedicación a conocer otras experiencias, con la posibilidad de refrescarte por dentro, para no hacer lo de siempre, como siempre, o cada vez con menos cuidado.

Probablemente, sería bueno que toda la gente, en su tarea ordinaria, sacara tiempos y espacios para recrearnos y poder ser mejores e innovadores en los servicios que prestamos, en nuestro mundo laboral, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en la Iglesia y la sociedad en su conjunto. Todas esas cosas lo merecen al menos tanto como El Bulli.