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Ciertamente, tenemos que reconocer que el cardenal Joseph Ratzinger no es el hombre que más simpatías generaba en muchos ambientes eclesiales y extra eclesiales. A él lo hemos venido asociando, no sin cierto disgusto, con el denominado “Ex Santo Oficio”, a su vez, heredero de la Inquisición. De hecho, ha sido, casi todo el papado de Juan Pablo II, el responsable de la Congregación para la Doctrina de la FE. Una parte de la prensa, estos días, insiste en situarlo en el liderazgo del ala más conservadora de la Iglesia. En nuestra tierra, el propio obispo de Tenerife, Felipe Fernández, salió al paso de estos calificativos: "no es tan conservador como se le pinta", dijo en rueda de prensa. Es que, no sin cierta perplejidad, otros medios o los mismos, recuerdan que fue un teólogo progresista en los tiempos del Concilio Vaticano II y que, su cardenalato, no vino de la mano de Juan Pablo II, sino de Pablo VI.
También es cierto que a Joseph Ratzinger no sólo le han cambiado el nombre, Benedicto de ahora en adelante. Ahora también le han cambiado el oficio. Hasta estos días, era el encargado de poner los puntos sobre las “ies” y de, en cierta manera, hacer el papel del que frena, advierte, empuja a la prudencia. Sin embargo, ahora, Benedicto XVI tiene la misión de alentar, aunar y confirmar. Probablemente, lo que hemos vivido en estos años de cardenalato de Ratzinger no sea idéntico a lo que viviremos con Benedicto.
El papa Benedicto es, otra vez, un papa europeo. Hay que reconocer que nuestros cardenales no han tenido, al elegirlo, la misma oportunidad mediática que se atribuye con tanta fuerza a Juan Pablo II. No han elegido a un cardenal latinoamericano ni tampoco a un africano o a un asiático. Que, sin duda, hubiera resultado mucho más “vendible” en el ámbito de los medios de comunicación y del espectáculo global de la televisión.. Tampoco han elegido a un joven dinámico capaz de enganchar con masas y masas al estilo del papa que vino del Este. Los jesuitas reconocemos en Benedicto XVI, con toda la comunidad católica, a aquel que tiene la misión de guiar la Iglesia universal. Además, en virtud de nuestro carisma, reconocemos en él al que ha de proponernos la misión concreta que debemos llevar en nuestra vida al servicio del Señor y de su "vera sponsa la Iglesia" (que decía Ignacio de Loyola). Sueño, sin duda, con una Iglesia que esté cada vez más del lado de las víctimas de tantas tragedias que hoy vive el mundo; que es, sin duda, mucho más que esta área de riqueza restringida que llamamos occidente. Sueño con una Iglesia que sepa ser testigo de la buena noticia de Jesús en medio de cualquier cultura. Sueño con una Iglesia donde crezcamos como personas y maduremos como sociedad. Sueño con una Iglesia donde hombres y mujeres podamos ser portadores de vida para todos y todas.
El anterior papa que lleva el nombre de Benedicto, de Benito, si quieren, es reconocido en la historia del siglo XX como un gran potenciador de la reconciliación y el ecumenismo, también por su hablidad para la reforma de la curia romana. Su nombre, al final, significa bendecido. No dieciséis, sino millones de bendiciones el Señor Jesús nos regala cada día. Su Espíritu sabrá cómo entre todas esas bendiciones, está también esta que se llama Benedicto.
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