Aunque escribir no sea mi fuerte, sí quiero compartir aquí y ahora mi última experiencia de Dios. No he sido la única que la ha vivido el pasado 9 de abril, sino que sé que ella también fue un regalo de Dios para mis aproximadamente 28 compañeros/as de mi Comunidad, y para las 6 personas invitadas a este retiro ignaciano, las religiosas de las Oblatas y algunos voluntarios/as del proyecto propio “La Casita”. Pero todavía no me he presentado, mi nombre es Mercedes y pertenezco desde hace unos cinco años a la Comunidad de Vida Cristiana de Tenerife (CVX) y, como ya he dicho participé, sin estar yo muy preparada para ello, en este retiro organizado por la Red Ignaciana Canaria, compuesta por miembros de aquellos grupos y asociaciones con espiritualidad ignaciana, en este caso por las CVX de Tenerife y Gran Canaria y el Grupo Universitario Anchieta. Agradezco hoy, 3 días después, a los cuatro jesuitas que pusieron todo su ser para ayudarnos a escuchar la voz del Padre y ver la realidad cómo él lo hace. Porque esto fue lo que sucedió aquel día, escuchar la voz del Padre, que a través de distintos tiempos, nos fue hablando sobre nuestros hermanos emigrantes en Canarias, cómo había sido nuestra vida con respecto a ellos y qué íbamos hacer después.
Desde el principio de la “Oración Preparatoria”, la voz del Padre se fue haciendo ya presente y fue ésta mucho más continua a lo largo de la “contemplación personal” que, se fue poco a poco concretando en la Eucaristía y en el compartir de experiencias personales tanto en el trabajo de los pequeños grupos como en su puesta en común. Y, hoy tras varios días, todavía resuena Su voz de esperanza en mi interior. Como si se tratase de un gran pozo grande y profundo, el eco es muy poderoso porque me lleva a revivir lo que ya he sentido y gustado de aquel día, y ese “Reflectir “, como decía San Ignacio, prosigue y continuará por un tiempo conmigo, porque quiero dar una respuesta a Dios en mi vida diaria y en mi testimonio como cristiano.
¿Con qué cosas me he quedado? Primero ha sido una llamada personal para ponerme en camino, me ha llamado la atención para que reflexionase de forma real y sistemática sobre la emigración, en segundo lugar he escuchando su voluntad, y en tercer lugar tengo ya un esbozo de plan para llevarlo a cabo. Es decir, cómo debería de actuar a partir de ahora, cuando escuche entre otras cosas a mis miedos, mi indiferencia, mi búsqueda de lo cómodo y lo aceptado socialmente al intentar cambiar mis intenciones, acciones y operaciones en mi vida. Pero todo esto sólo puede ser posible si yo y todos nos dejamos abandonar a ese Dios Padre que nos da las Gracias necesarias para desear no sólo ser semillas de solidaridad, sino también constructores de puentes en nuestra vida cotidiana entre culturas radicalmente tan diferentes, creyendo con esperanza que nuestro mundo puede ser cambiado realmente por nosotros/as mismos/as. Pero antes de nada, tenemos que ser conscientes de nuestro pecado, pero también de nuestros dones para así, trabajar conjuntamente en nuestro día a día, creando espacios llenos de creatividad y fraternidad, sin prejuicios, y sin olvidarnos de la denuncia profética, y de nuestro testimonio, haciéndonos cada vez más humanos, aún más sensibles al dolor y al sufrimiento de los más desclasados de esta tierra,ya que el Señor se nos sigue presentándose como ellos, “ansi, nuevamente encarnado”, como decía también San Ignacio.
Y ante esto y aún siendo testigos de la Esperanza de Cristo, cada uno de nosotros que estuvimos allí, seguro que habrá comenzado un proceso de poner en duda todos sus derechos de vida, de tierra, de país, de paisajes, de propiedades, de comodidades, de seguridades y de la falsa creencia de impotencia ante el círculo vicioso que es nuestra vida occidental, para ir construyendo día a día ese sueño de Dios y que ya es también nuestro deseo. Que así sea.
|