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La Iglesia Católica mira ya hacia delante en busca de un nuevo Papa. Los debates, artículos y tertulias de los medios de comunicación, pero también muchas conversaciones en los pasillos de las oficinas, las reuniones de amigos y amigas, han versado estos días, en dos direcciones: el reconocimiento incuestionable a la figura de un hombre que ha ayudado como pocos a las grandes transformaciones sociales, culturales, políticas y religiosas en esta transición entre dos milenios y, por otro lado, las preguntas sobre el futuro de la Iglesia.
Dentro de las múltiples sensibilidades que existen en la comunidad católica, el reconocimiento a Juan Pablo II es indiscutible. Todos y todas reconocemos su entrega, su empeño por hacer presente el mensaje de Dios en cada rincón luminoso de nuestro planeta, su decidida apuesta por la paz y su libertad para expresar sus convicciones ante quien fuera necesario. Todos y todas reconocemos en Juan Pablo II su capacidad para adoptar los nuevos medios y los nuevos lenguajes de la comunicación a la hora de llevar la Buena Noticia de Jesucristo. Todos y todas reconocemos su intuición genial para tender puentes con judíos, musulmanes, budistas, y su decidida apelación a una racionalidad abierta a la trascendencia. Todos y todas nos admiramos de su lucha contra la deuda externa de los países más pobres, de su grito a favor de África, de su presencia junto a los pueblos indígenas.
Por supuesto, hay “peros”. La santidad y la bondad de Juan Pablo II ha debido lidiar con exigencias de nuestro tiempo a las que la Iglesia, bajo su pontificado, no ha encontrado modos plenamente satisfactorios de respuesta. Muchas y muchos esperamos una evolución de la mirada de la Iglesia sobre la responsabilidad de la mujer en la misma; muchos y muchas entendemos que la Iglesia debe sacar las consecuencias de una universalidad experimentada como nunca en el pontificado de Juan Pablo II.Muchos y muchas ansiamos que la madre Iglesia sepa encontrar medios y caminos para mirar con exigencia y amabilidad a las nuevas formas culturales en que el amor se expresa en nuestras sociedades. Muchos y muchas deseamos que la racionalidad occidental y la contemplación oriental sigan dándose la mano en la liturgia y la vida de la Iglesia. Muchos y muchas queremos que se profundicen los caminos de denuncia de la injusticia, de apuesta por la solidaridad, de auto reconocimiento entre las personas expulsadas del poder y la riqueza de nuestro mundo. Muchos y muchas queremos una imagen de Iglesia en la que la necesaria jerarquía se parezca a aquel Jesús que se puso el mandil mientras lavaba los pies a sus discípulos.
El Espíritu es, sin duda, mucho más grande que nuestros esquemas siempre limitados. Es hora de estar atentos y atentas a cuanto bulle a nuestro alrededor. Es hora de poner los pies sobre nuestra roca única. Como siempre lo ha hecho, será el Espíritu el que nos guíe a todos y todas en los años por venir. Como siempre lo ha hecho, será el Espíritu quien de luz y fortaleza a un nuevo Papa.
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