El Tabernáculo de la Iglesia del Salvador, en Santa Cruz de La Palma

Experiencia en Porto Alegre: la prensa española y el sujeto social del foro (IV)

De Jerusalén a Emaus

Es pascua, orar por las vocaciones

Retiro de la Red Ignaciana de Canarias

 

   
De Emaus a Jerusalén

Francisco José Ruiz Pérez sj es el actual provincial de los jesuitas de Canarias y Andalucía.

Dicen algunos que el Cristianismo empezó a llamar la atención en aquel momento en que dos hombres de las cercanías de Jerusalén, presurosos y decididos, entraron por las puertas de las murallas y se internaron por una de sus calles. Su prisa y su decisión no se compadecían con el latido pesaroso de una ciudad todavía impactada por las imágenes de crucificados de días atrás. Jerusalén digería lentamente a sus ajusticiados y adormecía abotargada y, sin duda, triste...

Porque quizás más de los que sospechamos debieron sentir que, desde la detención en Getsemaní hasta el pena del Gólgota, Jerusalén había ido dictando sentencia contra la Novedad. Posiblemente incluso contra toda Novedad, por mucho que se intentara explicar que se había procedido con prudencia al atajar lo revolucionario y altamente peligroso. La ciudad se atrincheró detrás de la convicción de que nada debía cambiar, porque nada lamentablemente puede ser fecundado por la Novedad. Jerusalén reflejaba un mundo que, sin valentía para lo Nuevo, prefería desmembrar la vida en banalidades pragmáticas. Y así, mordida por su propio descreimiento, la ciudad se dejaba habitar por la tristeza.

Por eso no concordaba el ritmo rápido y ágil de aquellos dos vecinos de Emaús. Parecía que no estaban dispuestos a ser tragados por la frustración secular de las Novedades nunca aceptadas. Según el guión habitual de la historia, era de esperar que hubiera sucedido lo de siempre: que aquellos hombres se aferraran a su Emaús contentadizo e inerme, evadiéndose en la realidad opaca a lo Nuevo. Pero la sorpresa es que retornaban al escenario aniquilador de la Esperanza. La ciudad no los espantaba.

Después se supo que traían una noticia, recibida y asimilada en la aldea de Emaús. La formulaban como podían. Insistían en que la Novedad no había sucumbido. No se había fugado al olimpo de los ideales emergidos esporádicamente a lo largo de la historia, para, desde allá, sugerir que nada humano es finalmente digno de ellos y justificar de ese modo su ausencia. Los de Emaús afirmaban, por el contrario, que la Novedad no los había abandonado. Así lo experimentaron en la diminutez de su aldea. Estaba incrustada en este mundo. Indefinidamente. Para esa Novedad, la historia continuaba siendo su hogar y la deseaba utilizar como altar de una Eucaristía cotidiana. Por esa razón quería ser anunciada otra vez en la ciudad, en el día a día humano y crucificado, donde nunca se quiso creer que la Novedad podía hacer morada.

A su manera, los discípulos comunicaban que la historia, la auténtica, no empezaba a partir de la Novedad redescubierta el Primer Día de la semana. Insinuaban más bien que la historia siempre tuvo esa Novedad, eso sí, ahora manifestada en un lugar del que está decidida a no salir hasta transformarlo: el lugar inhóspito habitado por la tentación de creer que el mundo sólo puede soñarse diferente, pero no serlo.

De ahí que Emaús fuera a Jerusalén y quisiera hacerla un poco como ella.