Reflexiones sueltas a propósito de la llegada de nuevos obispos, por Lucas López sj

Amazonia, tierra de todos (II), por Inés

Reflexiones sobre la Iglesia, por Karl Rahner

De vuelta en mi país, el ambiente extraño de la Iglesia española, por Juan Masiá sj

 

  Del 11 al 18 de febrero  

TEXTOS DE KARL RAHNER SOBRE LA IGLESIA

Cristianisme i justicia, en su colección Papeles, el número 168, de diciembre de 2004. Lo puedes localizar en www.fespinal.com

Este año se cumple el centenario del nacimiento de K. Rahner. Es una antología de textos de Karl Rahner sobre la Iglesia.

Sentido de la Iglesia

Esta comunidad (la Iglesia) debe ser aquella que, pese a su pobre carácter pequeño burgués… habla en voz alta y tiene la valentía escalofriante de anunciar que esta llanura miserable que horma nuestra existencia actual tiene cumbres que se elevan hasta la luz eterna del Dios infinito, cumbres que todos nosotros podemos escalar. Y que esta triste y abismal llanura, que parece carente de cimientos, contiene sin embargo honduras que nosotros no hemos explorado todavía y que, allí donde nosotros pensamos que hemos experimentado y descubierto que todo es un absurdo, sigue habiendo profundidades que se encuentran llenas del mismo Dios.

Un testimonio como ese, propio de esta comunidad que tiene la valentía indescriptible de atreverse a ir en contra de todas las experiencias baratas de los hombres, debería elevarse como un único grito por encima de esta historia, diciendo: ¡Existe Dios, Dios el Amor! Su victoria ya se ha realizado y todos los torrentes de lágrimas de sufrimiento que aún fluyen por nuestras tierra han sido ya vencidos y están secos en su fuente. Tos nuestras tinieblas son como la noche que parece más oscura antes que amanezca el sol. Vale la pena que vivamos”.

Este testimonio es el signo de esta comunidad llamada Iglesia, en la medida en que ella es más que una simple parte del conjunto de la humanidad, a la que Dios no permite ya que se aparte de su amor. Su esencia verdadera y más profunda, su tarea más auténtica no consiste en lograr que los hombres tengan algo de respeto por Dios, ni consiste tampoco en ofrecer un poco de decencia y humanismo para contrarrestar el egoísmo brutal de los hombres. Su esencia no es la ley sino el evangelio: que Dios vence por su propia acción y que él se entrega de manera generosa a favor de esta humanidad y de su mundo. Este es el testimonio de lo más inverosímil, que es la única verdad, la verdad última.

 

Pecado de la Iglesia

La debilidad humana y la insuficiencia pecadora, la pequeñez, la ceguera, la falta de valentía para asumir las exigencias de la hora actual, la falta de comprensión ante las necesidades del tiempo, ante sus tareas y tendencias de futuro…. Todas esas formas de conducta muy humanas son también las formas de conducta de las autoridades y de todos los miembros de la Iglesia y ellas influyen también… en aquello que la Iglesia es y hace.

Si alguien quisiera negar esto o disimularlo o quitarle importancia o decir que ésta ha sido sólo una carga o defecto de los primeros tiempos de la Iglesia, superada ya en la actualidad… si alguien pensara así, estaría dejándose llevar por una ceguera enloquecida y por un orgullo clerical, por un egoísmo de grupo y por un culto a la personalidad que es propio de un sistema totalitario, que no conviene en modo alguno a la Iglesia en cuanto comunidad de Jesús manso y humilde de corazón… La Iglesia frecuentemente no tiene el coraje de mirar el futuro como futuro de Dios, igual que ha experimentado el pasado como de Dios también. Con frecuencia glorifica su pasado, y mira el presente (allí donde no lo ha hecho ella misma) con ojos torcidos, condenándolo demasiado fácilmente. Con frecuencia avanza lentamente en cuestiones de ciencia… y en el siglo XIX y XX ha dicho con demasiada rapidez que no, cuando hubiese podidio decir ya antes un sí, desde luego matizado y distintivo. Ha estado con más frecuencia por los poderosos y se ha hecho demasiado poco abogada de los pobres. Ha dicho su crítica a los poderosos de esta tierra demasiado suavemente, de tal manera que más bien parecía como si quisiera procurarse una coartada sin entrar de veras en conflicto con los grandes de este mundo. Se mantiene muchas veces más en el aparato de su burocracia que con el entusiasmo de su espíritu… en los portadores del ministerio ha cometido con frecuencia injusticia contra santos, pensadores, contra los que preguntan dolorosamente, contra sus teólogos que querían sólo servirla incondicionalmente.

 

Tareas de la Iglesia hoy

En el terreno de lo espiritual somos, hasta un extremo tremendo, una Iglesia sin vida… A los funcionarios eclesiásticos les digo (y con ello naturalmente echo una gruesa piedra sobre mi propio tejado): figuraos por un momento, con un poco de imaginación existencial, que no sois funcionarios eclesiásticos, que andáis por las calles ganándoos el pan como un barrendero o (si se prefiere) como un científico en su laboratorio de física de plasmas, donde no se oye en todo el día una palabra sobre Dios y sin embargo, se consiguen éxitos soberbios. Figuraos que vuestra cabeza está cansada de tanto barrer las calles o de la física molecular con su matemática… Y ahora intentad decir a los hombres de ese entorno el mensaje cristiano, intentad predicarles el mensaje de Jesús sobre la vida eterna. Escuchad como lo decís, percibid vosotros mismos cómo suena, pensad cómo lo habrías de decir par aque no tope de antemano con un rechazo similar al que en ese ambiente encontraría alguien que quisiese hablar de medicina tibetana. ¿Qué diríais en esas circunstancias? ¿Cómo empezar a describir la palabra de Dios? ¿Cómo hablar de Jesús de forma que los otros puedan tener un cierto barrunto de la importancia que tiene en vuestra vida, importancia real, y significativa, también para la vida que los otros llevan?

La Iglesia ha de ser una institución moral, pero no moralizante… Ante todo y sobre todo hemos de dar noticia al hombre de hoy del íntimo, radiante y liberador misterio de su existencia, que salva de la angustia y la auto alienación, y al cual nosotros llamamos Dios. Si el hombre no ha hecho ni siquiera inicialmente la experiencia de Dios y de su Espíritu que libera de la culpa y de la angustia más vital más profunda, no tenemos por qué manifestarle las normas morales del cristianismo: no podría entenderla; a lo más le podrían resultar causa de coerciones más radicales y de angustias más profundas.

La Iglesia debe dejar de dar esas recetas baratas de pequeños clérigos que viven al margen de la auténtica vida de la sociedad y la cultura moderna, y remitir esas decisiones a la conciencia individual. Tal afirmación puede parecer en muchos casos simplista y precipitada, incluso puede que en realidad, con el término “conciencia” defienda la arbitrariedad subjetivista que no tiene nada que ver con una conciencia autocrítica, responsable ante Dios y temerosa de la auténtica culpa como posibilidad real; pero fundamentalmente, si se entiende bien, esa exigencia es muchas veces verdadera… No significa la retirada del cristianismo y de la Iglesia del terreno moral, sino un cambio de finalidad muy importante en la predicación cristiana; su deber es formar la conciencia y no primariamente con un adoctrinamiento casuístico, sino suscitando la conciencia y educándola para una decisión autónoma y responsable en las racionalizables por completo, de la vida humana…

 

Sobre actuaciones oficiales

Las actuaciones oficiales del Magisterio presuponen sin más que sus destinatarios no tienen ninguna duda frente a la autoridad formal del magisterio y dejan tranquiliamente que sean éstos quienes se esfuercen por la comprensión necesaria para decidir. (Un importante teólogo romano me dijo una vez que ese modo de proceder está legitimado por la esencia misma del Magisterio; la argumentación para la decisión… pertenece a la tarea de los teólogos y no del Magisterio)… La Iglesia “docente” y su magisterio presuponen silenciosamente que, cuando se dirigen a católicos, hablan de una masa relativamente homogénea de personas, en cuya visión del mundo sólo existe la fe cristiana y ésta de manera muy diferenciada y acompañada de un respeto más o menos absoluto frente a la autoridad del Magisterio. Esto no se afirma explícitamente… Pero el hecho es… que en la teoría y en la práctica apenas se toma en consideración la enorme diferencia entre la fe magisterial y la real conciencia creyente de la masa de católicos. Que el índice del Dentzinger (colección de documentos del Magisterio Eclesiástico) sólo muy raramente esté en las cabezas de los cristianos reales, no es de entrada tan triste como les parece a algunos, tentados de identificar la fe salvadora con la formación teológica. Pues el conocimiento sutil y matizado sobre un tema puede ser incluso dañino para su apropiación existencial. Y me atrevo a sospechar que también en los actuales catecismos, por muy modernos que se presenten, hay demasiadas cosas y, sin embargo, no se ofrece en ellos de manera viva y realizable aquello que es lo decisivo y definitivo que debe ser dicho a toda costa. De hecho, lo que constituye a la Iglesia es la fe real que está en las cabezas y los corazones de la Iglesia, y no propiamente en la enseñanza del Magisterio.

No se puede pretender que la Iglesia consta sólo de sus santos; la fe del cristiano medio no es simplemente una especie de resumen torturado de la doctrina del Magisterio; al contrario: esa misma fe, en cuanto portadora de salvación y apoyada en la autocomunicación del mismo Dios, es también verdaderamente la fe que la Gracia de Dios quiere activar y hacer viva en la Iglesia. Esa fe no debe ser juzgada por sus contenidos objetivados en palabras sino que, aunque su objetivación verbal y conceptual sea pobre y limitada, sigue siendo obra de Dios en los hombres, llevada a cabo por la autoentrega de Dios a través del Espíritu Santo y, por tanto, puede superar con creces la más sublime objetivación teológica. Pues el “depósito de la fe” no es ante todo una suma de frases con formulación humana, sino el Espíritu de Dios que se entrega a la humanidad sin retorno y opera en los hombres concretos la fe que realmente tienen. Por supuesto, ese Espíritu crea también la comunidad de fieles… pero esto no cambia nada en el hecho de que lo que importa en principio y en definitiva es la fe realmente realizada en los hombres concretos y que ésa es en sentido pleno la que produce salvación y comunica al mismo Dios, por precarias y fragmentarias que sean su objetivaciones conceptuales en las cabezas de los hombres.

Lo que sucede es simplemente esto: el magisterio de la Iglesia se puede equivocar y de hecho se ha equivocado muchas veces también en el s. XX.

A mi juicio, ni la argumentación básica ni la autoridad de enseñanza de la Iglesia, a la que de hecho se acude, ofrecen un fundamento convincente y obligatorio para aceptar la discutida doctrina de Pablo VI en la Humanae Vitae, ni la Declaración de la Congregación de la Fe que quiere excluir por principio la ordenación de las mujeres, como algo que debería aplicarse en todos los tiempos y culturas.