Reflexiones sueltas a propósito de la llegada de nuevos obispos, por Lucas López sj

Amazonia, tierra de todos (II), por Inés

Reflexiones sobre la Iglesia, por Karl Rahner

De vuelta en mi país, el ambiente extraño de la Iglesia española, por Juan Masiá sj

 

  Del 11 al 18 de febrero  

REFLEXIONES SUELTAS ANTE LA LLEGADA DE NUEVOS OBISPOS (II)

Lucas López sj es palmero y vive en Las Palmas de Gran Canaria. Trabaja en la dirección general de Radio ECCA Fundación Canaria.

Globalización

El fenómeno de la inmigración suma, a mi entender, energías a uno mucho más amplio que denominamos globalización.

Hace cuarenta años, cuando ECCA nació, la sociedad Canaria era parte de aquella sociedad que se definía a sí misma como una, grande y libre. España, después de los años de la autarquía, llevaba algo más de una década con una apertura controlada hacia el exterior. Aquel “España es diferente” servía tanto como instrumento de justificación de la excepción política en la que vivíamos como para preservar unas señas culturales de identidad fuertes, basadas, es posible, en muchos tópicos, pero que daban esa seguridad que se obtiene ante las realidades más bien uniformizadas. La Iglesia Católica, a pesar de su carácter universal y de la impresionante labor misionera que realizaba, tenía en nuestras tierras un marcado sentido patriota heredado de los momentos fuertes del nacional catolicismo. España, y Canarias, eran católicas por definición oficial y por abrumadora mayoría sociológica.

La catolicidad de la Iglesia ha sido siempre una apertura hacia fuera. Recuerdo las visitas de los misioneros y misioneras que nos hablaban de otras culturas y otros pueblos. No sólo alentaban en los niños y niñas el deseo de ser “misioneros”, sino que nos habrían los ojos a un mundo diferente.

Internet llega hoy a aproximadamente el treinta por ciento de los hogares de las islas. Quien más, quien menos, tiene a su alcance un ciber café o una biblioteca municipal con acceso gratuito a la red de redes. Su progresión es mucho más rápida de lo que fue en su día la de la radio o la de la televisión. La televisión digital vía satélite y la entrada del cable en nuestras grandes ciudades continúa ensanchando la puerta por la que se cuelan nuevos valores, nuevas identidades. Los flujos económicos, cada vez más liberalizados, nos hacen constatar que los acontecimientos en cualquier lugar del mundo nos afectan al modo casi reflejaba la metáfora del efecto mariposa.

La sociedad, y también la Iglesia si quiere ser auténticamente católica, afronta a diario un nuevo modo de negociar la propia identidad. Los canarios y canarias, que tradicionalmente nos hemos sentido personas dentro de la sociedad isleña, pero incorporando tradiciones culturales de otros sitios, vemos como esto último adquiere una importancia creciente y, no pocas veces, avasalladora. ¿Qué significa ser persona cristiana en una sociedad tan marcada por las influencias centroeuropeas, norteamericanas, anglosajonas, magrebíes, orientales? Solemos decir que no se pueden poner barreras al mar. La Iglesia está acostumbrada a la universalidad. El diálogo intercultural e interreligioso que, tradicionalmente, se vivía en las denominadas tierras de misión es ahora una exigencia, me parece, para los cristianos y cristianas de las islas.

La situación socio laboral

Hace cuarenta años, cuando nació ECCA, la realidad socio laboral de las islas era muy diferente a la actual. Era diferente en la distribución por sectores, donde lo rural agrario, primaba por encima del sector servicios. Era diferente en la legislación que muy pronto iba a quedar plasmada en el denominado estatuto de los trabajadores. Era diferente en la proporción de hombres y mujeres que trabajaban fuera de casa. Pero, si me permiten, mirando la realidad eclesial, era una realidad que permitía un ritmo de vida mucho más marcado y sosegado que el que actualmente viven la inmensa mayoría de las clases medias.

La Iglesia vivía entonces, en buena medida, como un elemento que permitía dar sentido al ritmo laboral. La parada dominical y las vacaciones con motivo de las festividades de los santos servía para estructurar la vida laboral. Igualmente, la eucaristía a primera hora de la mañana o a la tarde, se situaba de acuerdo al ritmo real del trabajo y el ocio de la gente de la época.

Hoy, la denominada flexibilidad laboral afecta a todos los ritmos. Aunque el fin de semana siga siendo un tiempo vacacional y de descanso para muchos, no son pocos los que intensifican su vida laboral en esos días. La jornada laboral, casi uniforme en otra época para muchos y muchas, que permitía colocar a su inicio o al final de la misma determinadas actividades pastorales, no es hoy tan uniforme. La oferta social de ocio, entonces mucho más limitada, explota ahora todos y cada uno de los espacios en los que las personas, dejadas sus obligaciones laborales, pueden dedicarse a otros menesteres. En el área laboral, la diversificación, al igual que la desigualdad, es parte del mundo que emerge en el tercer milenio como consecuencia de dos décadas de neoliberalismo triunfante.

A veces, cuando miramos la vida de nuestras parroquias, ¿no comparten ustedes la impresión de que no conseguimos dar con el modelo que se adapte a esta nueva situación? Sin duda hay muy buenos intentos de adaptación, sobre todo en el medio urbano. Pero muchas veces, podría parecer que nuestros distribución horaria y la disponibilidad de nuestro “servicio” es tan rígida como la de hace cuarenta años y, en ese sentido, ¿no es algo inadaptada?

La mujer y el hombre a la búsqueda de la igualdad de derechos y obligaciones

Cuando Radio ECCA nació, hace cuarenta años, la mujer tenía un rol social claramente diferenciado del rol masculino. Era normal. Las cosas eran así. Así se vivían también en la Iglesia. La vida de las comunidades cristianas se beneficiaba, en buena medida, del rol social que correspondía a la mujer. Su trabajo, fundamentalmente centrado en la casa y la educación de los hijos e hijas, la tenía muy disponible para todas esas prácticas religiosas que se organizaban en las parroquias y en otros centros de pastoral. Desde entonces hasta ahora, la presencia femenina en el mundo de las actividades eclesiales es numéricamente mucho mayor que la de los hombres. Desde el adorno y limpieza de los templos y capillas hasta la puesta en marcha de la catequesis o las caritas, las mujeres han sido un elemento constitutivo, integrador, transmisor de la fe de la Iglesia en las familias. No se trata ahora de juzgar aquella situación. Pero es cierto que, en aquella sociedad y con aquellos parámetros aceptados mayoritariamente, tal situación tenía un aire de normalidad. En la nuestra, con nuevos parámetros sociales, tendremos que reconocer que esa estructuración de la Iglesia no es posible si no es a través de una discriminación de la mujer en la vida privada y en la vida pública.

No podemos decir que la sociedad haya alcanzado un nivel de equilibrio en el tema de derechos y deberes entre hombres y mujeres. No me detendré a hacer una relación de todos aquellos puntos en los que, ya sea por la inercia de las tradiciones y costumbres, ya sea por la falta de una educación equitativa, ya por la incapacidad que tenemos para encontrar soluciones, la mujer sigue siendo discriminada en nuestra sociedad. No me detendré en eso porque lo que quiero resaltar es que, precisamente, se ha dado un cambio, y que ese cambio nos obliga a pensar de otro modo si queremos que la acción evangelizadora de la Iglesia tenga un canal en la vida de las familias de este inicio del tercer milenio.

Por supuesto, muchas y muchos en la Iglesia están en ello. Sin embargo, no parece que tengamos que dejar de preguntarnos si tenemos respuesta a una situación nueva en la que la mujer no puede ser el vehículo privilegiado de una evangelización familiar que suponía que ellas contaban con tanto tiempo libre. No parece que podamos dejar de preguntarnos si la estructura y organización de nuestra vida comunitaria sigue haciendo un reparto de roles tradicional y condenado a desaparecer en el que las mujeres limpian las capillas, colocan las flores y hacen las lecturas de la misa. Conozco a muchas mujeres muy valiosas en la vida de nuestras comunidades eclesiales. ¿Podemos conformarnos con lo que estamos haciendo hasta ahora?

Para acabar

No pretendo con estas palabras echar nada en cara a nadie. Ni tampoco decir una palabra demasiado definitiva sobre casi nada. Planteo sólo cinco cambios sociales que, en ECCA, nos hacen reflexionar sobre nuestra misión y el servicio que hacemos a la sociedad. Sospecho que cualquiera que sea el obispo que pastoree cualquiera de las dos Iglesias de Canarias, tendrá en cuenta estas realidades y muchas otras.

En el fondo, me pregunto, sin querer polemizar con nadie, si la misión permanente de la Iglesia (ser testigos de Jesucristo hasta que él mismo vuelva a hacer un cielo nuevo y una tierra nueva), está teniendo en nosotros y nosotras un canal adecuado en los tiempos lindos que vivimos.