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Llevamos ya varios días llenando nuestras plazas, y la programación televisiva, con los diferentes actos del carnaval que se celebra en las dos islas capitalinas. El del resto de las islas, aparece en los medios más por motivos polemistas que puramente lúdicos.
Las mamás y los papás, los niños y las niñas, preparan su fiesta, se visten de plumas y lentejuelas o adoptan las poses de los superhéroes del comic tan comercialmente trasladados a la pantalla. Don Quijote y su humor pasan por el tamiz de las fiestas. Las Reinas, ejemplo de un barroco exuberante, se pasean por los escenarios en competencia de brillos.
Sospecho que necesitamos carnaval.
Lo celebramos con el Sunami en los ojos. Nos metemos en la fiesta con la gripe colapsando los hospitales y, según dicen, también los servicios funerarios del país. Bailamos y danzamos con la discusión política en tonos como los que no recordábamos y que no parece propio de políticos dignos de esa búsqueda del bien común que da finalidad a la acción política. Nos disfrazamos con los problemas familiares, laborales o incluso de sentido personal, en los que vivimos cada uno, cada una.
El carnaval es la ocasión para quitarnos algo de presión y reírnos de la santa indignación con la que muchas veces abordamos las cuestiones de la vida.
Pero también, a veces, me sospecho, el carnaval es esa manera descuidada de escapar a nuestros deberes y de renunciar a nuestros ideales. Y no me refiero tanto a estos días de fiesta en los que cada uno y cada una deberán mantenerse dentro de aquellos límites que marcan el respeto a las demás personas. Me refiero más bien a nuestra vida cotidiana, cuando esta se convierte en un disfraz, en una caricatura, en un olvidar desencantado, en un descuidar lo más profundo de nosotros y nosotras.
Vistámonos de máscara, cantemos en las murgas, bailemos con las comparsas, salgamos de indianos palmeros, festejemos la fiesta. Luego, al día siguiente, no estará de más recordar que no todo es carnaval.
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