Tuvo que lavarse la cara; la sal de las lágrimas hacía que escocieran las heridas que aquel animal le había dejado. Se miró al espejo y pudo reconocerse; no como la hermosa mujer que había sido, y que seguiría siendo si los golpes y el miedo no le hubieran deformado la cara y el alma, sino como este guiñapo al que tras tantos años de malos tratos se había acostumbrado. Lloró. Lloró como lo había hecho en otras ocasiones, con dolor y rabia, con angustia e impotencia.
“Manuel no es un mal hombre”, se solía mentir en situaciones parecidas “Son prontos que tiene, pero en el fondo me quiere”. Se habían casado cuando tenían diecisiete años y, aunque él nunca había sido especialmente atento con ella, desde el día de la boda su brusquedad iba en aumento. La primera torta la recibió justo a la semana de las nupcias, cuando él se abrasó la lengua porque la sopa estaba muy caliente.
- ¡Eres una inútil!. Por tu culpa me quemé.
- Perdona, perdona - fue lo único que acertó a responder. Ni se le pasó por la cabeza quejarse, gritarle o partirle un palo en la cabeza. Al fin y al cabo era su marido.
A los cinco meses del enlace nació una hermosa niña. Se llamaría como ella y como su madre, María. Ella pensaba que tras el alumbramiento Manuel, que ya había hecho de las humillaciones y los golpes un hábito, cambiaría, y en cierto modo sí que acertó. Al enterarse de que era una hembra salió de la sala de espera gruñendo algo entre dientes y no vio a su hija hasta dos días después. El único esfuerzo que hizo en ese lapso de tiempo fue ir a registrarla con el nombre de Magdalena.
Tras la humillación recibida por su mujer, el carácter de Manuel se agrió aún más. Las palizas arreciaban; María debía salir a la calle bien tapada para tratar de ocultar las magulladuras y la vergüenza que la atenazaba. Un día, desesperada, cogió a Magdalena y fue a refugiarse a casa de su madre, pero tanto ésta, como su hermano la obligaron a volver con Manuel.
- Tú aguanta, hija, que para eso es tu marido. Algo habrás hecho tú también ¿no?
- ¿Qué va a decir la gente, desgraciada, si lo abandonas? Si vuelves a marcharte te voy a llevar yo mismo a patadas con él.
Tras esto Manuel se volvió aún más brutal; no desaprovechaba ocasión para humillarla, nunca en público, para ningunearla hasta conseguir que Su mujer, porque era Suya, se sintiera como una basura.
- Tú no vales nada, so idiota. ¿Quién te iba a aguantar a ti? Tuvo que tocarme a mí la china de cargar contigo.
Por supuesto, no se limitaba a esto. Los golpes aumentaban en frecuencia y en intensidad. Ya ni siquiera esperaba que en el hospital la creyeran cuando iba a que la atendieran por los enésimos “caída por las escaleras” o “porrazo en la puerta”.
Se secó con cuidado y tomó una decisión. La chica de la asociación de ayuda a las mujeres maltratadas que había visto por la tele la noche anterior parecía que le estaba hablando a ella. “Nunca es tarde para solucionar una situación de malos tratos” había dicho “son ya muchas las que tras muchos años sufriendo se deciden a venir a pedirnos apoyo”.
- Si tú me dejas algún día, te mato. – había casi susurrado Manuel, y a ella se le erizaron los pelos de la nuca. Aun así, tras la paliza de esa mañana (el sangüich se había enfriado antes de que él se lo pudiera tomar) se dijo que las cosas tenían que cambiar, por ella, y por Magdalena, que había crecido siendo testigo de todas las aberraciones sufridas por su madre.
“María Jiménez Arteaga, fue brutalmente asesinada por su marido Manuel L.C. anoche cuando, tras infringir la orden judicial de alejamiento, la fue a buscar a la residencia para mujeres maltratadas en la que residía desde hacía diez meses y la roció con gasolina. Él está siendo atendido en la planta de quemados del hospital comarcal de las heridas causadas por las llamas.” Cuando Julio oyó esto en la radio de la cocina, le dio un vuelco el corazón. Había intentado que su hermana volviera con su marido y no siguiera deshonrando a la familia.
-Recuerda lo que te dijo el cura cuando te casaste- le argumentó – lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. O vuelves con Manuel o hazte cuenta de que ya no tienes hermano.
Recordó esas desgraciadas palabras. Tanto sus padres como sus hermanos le habían dicho cosas parecidas, si no más descorazonadoras, pero ni siquiera eso lograba quitarle esa sensación de culpa que lo oprimía. Fuera como fuera, ahora no era momento de pensar en eso, pues el ataúd de María pesaba y no quería dar un traspiés antes de meterlo en el nicho. |