Enero y su cuesta, por supuesto. Este año, la cuesta de enero, viene sobrecargada de cosas que me impresionan.
El término “sunami”, desconocido para muchos de nosotros y nosotras hasta hace apenas unas semanas, se ha convertido en sinónimo de dolor y sufrimiento desmedido. Tanto dolor arrancó nuestros ojos de las imágenes más o menos bondadosas, tiernas y brillantes de los días de navidad y nos hizo navegar en medio de un mar que, para los hombres y mujeres que vivimos de sus bondades, se mostró desconocido y fiero. En un oriente no tan lejano, la mano del hombre sigue empeñada en colaborar pintando de negro luto el mundo a través de la violencia de la guerra y el terror. Con no poca perplejidad, con no poco escepticismo, observamos el derrotero sangriento de la situación en Irak.Más cerca, en el ámbito de ciudadanía que marca nuestra constitución, nos encontramos con conflictos políticos que desearíamos poder abordar de modo más agradable. Algo de vértigo domina un panorama marcado por las demandas nacionalistas, cuando los políticos que representan a los intereses de todos y todas parecen no saber lidiar con la cosa pública si no es a través de la polémica, las palabras calientes y la descalificación a la totalidad. Los pastores de la Iglesia Católica, de la que me siento hijo, lejos de ser un ejemplo de buen criterio y de serena firmeza afrontando las dificultades, parecen sumar confusión y tensión al circo de nuestros dirigentes. Claro que Enero viene también con la frágil esperanza de una oportunidad para la paz en las tierras de Palestina. Reconozco que es una esperanza frágil y que el escepticismo tiende a ocupar del mismo modo ese espacio. Enero viene igualmente teñido de solidaridad. La respuesta de muchas personas a la tragedia del sunami ha sido espectacular: dinero, personas, instituciones, todas se han volcado en acudir en ayuda de tantos y tantas cuya historia ha quedado marcada para siempre por las olas de una mañana de navidad.Y en nuestra tierra, aunque a veces los medios y los políticos consiguen trasladar a la ciudadanía la ruptura social y política en la que viven, estoy convencido de que, la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, no alientan el enfrentamiento, sino que esperan de aquellos y aquellas a los que dimos la responsabilidad de guiar las instituciones, que lo hagan con paciencia, tolerancia y fortaleza. Al fin y al cabo, estamos en plena cuesta de Enero.
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