El año que se va sirvió para celebrar el aniversario de la abolición de la esclavitud. ¿Lo sabían ustedes? La verdad es que entre los mil mimbres que componen el canasto de nuestra vida cotidiana, la conmemoración de este aniversario pasó desapercibida.
Sin embargo, ¿sabían ustedes que los millones y millones de personas negras que viven en Norteamérica no llegaron allí a nado? Y un sudamérica, hablantes de español o portugués, viven también varios millones de personas negras.
Es cierto que la simplificación entre blanco y negro, más que real, es una metáfora. Ni la piel europea pasa de ser un pálido rosa asalmonada o aceituno (en función del sol y las latitudes), ni la piel africana deja de ser un bronce oscurecido con rivetes azules. Sin embargo, la actitud que durante siglos hemos mantenido ha sido la de la distancia entre lo blanco y lo negro, lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo oscuro. Sin embargo, a plena luz del día y bajo las titilantes estrellas de la noche, la verdad y lo bueno tienen las mismas posibilidades, la mentira y lo malo danzan con igual fuerza.
Hoy en día, abolida oficialmente la esclavitud, sabemos que hay países del mundo donde las personas negras siguen siendo objeto de intercambio comercial. Pero, sobre todo, sabemos que, incluso en el seno de las sociedades más ricas, a las personas negras les corresponde desempeñar los empleos peor pagados y correr con la suerte de los marginados.
En nuestras islas, donde la poca negritud que hubo quedó subsumida en nuestros genes, contemplamos ahora, a diario, personas negras que nos acompañan en la guagua, trabajan en los servicios, compran en nuestros comercios o pasean por nuestras calles. Los negros y las negras son gente, personas. No son ganado acarreado en pateras. Tienen títulos universitarios, son capaces de amar, y, curiosamente, se nos parecen tanto que difícilmente podríamos distinguirlos más que por esa peculiar coloración de nuestra piel, que es así, rosadita, asalmonada y deslucida. Con lo bien que estaría que se oscureciera un poco, digo yo, hasta que adquiriera ese tono que, cuando hablamos de la piel de las personas, llamamos negro.
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