Domingo 12 de diciembre de 2004
Tercer domingo de Adviento
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Is 35,1-6.8-10 : Calma, no tengan miedo
Sal 145,6-7.8-9bc-10 : Ven, Redentor nuestro, y danos tu salvación
Sant 5,7-10 : Tengan paciencia, hermanos, hasta que venga el Señor
Mt 11,2-11 : ¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? |
Nos narra Gn 1,1 que al principio todo era caos, no había vida. El profeta Isaías prácticamente compara al pueblo de Israel con esa misma situación. En el momento en que Isaías escribe el horizonte de la comunidad judía era de caos, de no vida. Ante un panorama tan negativo, el profeta, hombre tocado por el Espíritu, tiene la misión de generar vida. Así como en el Génesis, del caos se va pasando a la armonía y hermosura de la creación, así el profeta va despertando el entusiasmo de los desterrados poniendo delante de ellos las imágenes más atractivas de la naturaleza. El destierro es el caos en el cual han tenido que enfrentar la realidad de muerte, y de allí volverán a salir a la vida. El Dios, que del caos creó el cosmos, volverá a actuar una nueva creación; no cabe duda de que su poder es incomparable. Tal vez el pueblo ha tenido que enfrentar el desafío de un Marduk, dios de Mesopotamia, prácticamente erigido por encima de YHWH; sin embargo, el poder del Dios de Israel no se mide por la fuerza ni por la dominación; se mide sobre todo por su amor y su misericordia. Los israelitas podrán estar tranquilos, porque en la nueva creación, quien estará el frente de todo será el mismo Dios que creó cielos y tierra y que un día hizo opción por lo más débil: los antepasados de Israel cuando estaban sometidos a la servidumbre en Egipto.
Desde la cárcel Juan envía unos mensajeros para que interroguen a Jesús: “eres tú o tenemos que esperar a otro”? La pregunta recoge no sólo la inquietud de Juan, sino también las inquietudes e interrogantes de todos los que en Israel esperaron y siguen esperando al Mesías. A lo largo del tiempo se había tejido todo tipo de descripciones y características ideales sobre el Mesías, no sólo en cuanto al evento mismo de su llegada, sino en cuanto a su misma misión. Esto dio para que muchos charlatanes se atribuyeran el título de mesías, propiciando así los naturales desconciertos entre la gente.
Muy seguramente en la mentalidad de Juan el Mesías debía ser ante el protagonista del “día de YHWH”, del “día de la ira de Dios”. Las imágenes del “bieldo en el arado”, “el hacha en los árboles” que utiliza Juan, reflejan esa expectativa o esa imagen “justiciera” que se tenía del Mesías, lo cual marca completamente la predicación joanea. Con todo, la presencia de Jesús y el estilo de llevar adelante su misión, desconciertan a Juan y sus seguidores: ¿Dónde están esos signos de Jesús que hacen sentir el “día terrible de YHWH”? ¿No tenía que estar cortando de raíz el mal y los malhechores? Consideremos también en la pregunta de Juan, la situación de sus discípulos y de los discípulos de Jesús confrontados en la primera del cristianismo.
La respuesta de Jesús da a entender hasta qué punto él ha asimilado y en qué medida asume el compromiso mesiánico. Sin nos fijamos bien, antes del relato que escuchamos hoy, están todos los presupuestos o todas las bases sobre las cuales Jesús fundamenta su misión. En el cap. 4 nos encontramos con las alternativas más tentadoras que podían haber “facilitado” su misión, es lo que llamamos “las tentaciones de Jesús”. Una vez hecho su discernimiento y haberse decidido por el camino que escogió, Jesús prefiere no estar solo; por eso se rodea de unos cuantos para que estén con él, para irlos formando, para transmitirles poco a poco el espíritu de esta su misión. Pero lo que en el engranaje narrativo de Mateo representa el punto de arranque definitivo de la misión de Jesús es justamente la explicitación pública de su programa de vida, de su proyecto como Mesías: ahí está el discurso de la montaña; en él recoge Jesús lo específico de su tarea como enviado y a ese proyecto dedica su vida, cierto que de un modo muy diverso a la manera como Juan lo estaba anunciado y como el resto de la gente lo esperaba. Luego, era apenas lógico que Juan se inquietara.
Juan sabe que estando en la cárcel cualquier cosa puede suceder. La situación en que se encuentra no es gratuita, es consecuencia de la misma actividad profética en la que ha tenido que anunciar y la mismo tiempo denunciar. ¿Será que el Mesías a quien él le ha preparado el camino estará en grado de continuar su obra? ¿Valió la pena desgastar su vida en este trabajo de precursor? ¿No habrá perdido su tiempo?
El interrogante de Juan es también para nosotros un motivo para confrontar nuestra vida de fe y nuestra actividad evangelizadora. “¿Eres tú”? El Jesús que nos mueve y el que anunciamos, ¿es el verdadero Jesús del Evangelio, el Jesús-imagen del Padre? O ¿hemos concebido a Jesús como el mesías de la “ira divina” y por lo tanto lo anunciamos como a un justiciero? Al acercarnos a la Navidad abramos el corazón y la mente a ese Dios hecho Niño que ya en su mismo nacimiento manifiesta el anonadamiento, el amor, la misericordia.
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