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La ermita de San Francisco Javier en La Palma, por José Guillermo

Una espera con ventaja, por Raúl Chinea

Iglesia y Estado ¿a la greña? (III), por Lucas López sj

Ave María, por José Juan Romero

Los transgénicos

Fundación Entreculturas

Grupo Universitario Anchieta

II Asamblea Red Ignaciana de Canarias

 

ESTÉN ATENTOS, LES REGALO LA ESPERANZA
Lucas López sj propuso esta homilía en la misa con la que celebramos el 25 aniversario de GUA en la capilla de la Residencia Nazareth, en La Laguna

La palabra de Dios de hoy se mueve en una tensión impresionante. El texto evangélico, de Mateo, del discurso apocalíptico de Jesús, nos repite una y otra vez: estén atentos. Es un texto casi amenazante que habla de la irrupción del Reino de Dios en este mundo en medio de las tragedias a las que la vida nos tiene acostumbrados. Es como si Jesús se empeñara en decirnos: lo del Reino de Dios depende en buena medida de que ustedes vigilen, se mantengan atentos, entiendan bien las cosas.

El texto del profeta Isaías, en la primera lectura, sin embargo, es como la plasmación de un sueño que se nos regala: Dios hará que entre los pueblos haya paz. No se levantará pueblo contra pueblo. De las espadas y las lanzas forjarán instrumentos para el trabajo y la labranza. Es un regalo de Dios. Un sueño.

Hace más o menos quince años, los miembros de GUA de entonces pusieron en escena una obra de teatro: Guá, la noche. Al final de la misma, como si se tratara de un regalo caído del cielo, todos los personajes se arremolinaban en torno a una maleta llena de paja de la que salía el llanto de un niño. Las figuras quietas del Belén quedaban representadas en aquella escena final. El resto de la obra estaba llena de las cosas de la vida, de las tragedias, de las luchas, de los encuentros y de los desencuentros. Todas las personas que se nos dibujaban sobre el escenario parecían empeñadas en proponer un camino de búsqueda hacia la esperanza. Un camino que se estrellaba si no conseguía pasar por el encuentro, la solidaridad, la búsqueda compartida, la ternura. “¿Vieron ustedes cómo cambiamos todos cuando entra un bebé en la guagua en brazos de su madre?” Nos preguntaba uno de los personajes.

Desde hace quince años, muchos y muchas de los que aquí estamos hemos recorrido una vida que se llena de experiencias diferentes. Sabemos que es verdad la advertencia que se nos hacía en el Evangelio: si no estamos atentos, si no estamos en lo que hay que estar, cuando menos lo esperemos, la vida se nos va, se nos escurre como el tiempo, entre los dedos. Algunos y algunas de los que iniciaron el camino, ya están en la casa del Padre. Pero no es a ellos a quienes me refiero.

Me refiero más bien a cada uno, a cada una, de los que estamos aquí y compartimos este momento. También a cada uno y a cada una de aquellas personas con las que hemos compartido historia y vida. A todos y a todas, seguro, la vida se nos ha vuelto a veces un acelerador, más de una vez, en medio de las dificultades de este mundo, hemos perdido las pistas o hemos seguido caminos que, desde nuestros valores más profundos, pensamos que no seguiríamos nunca. También, muchas veces, sin embargo, hemos gozado, reído, acertado en nuestras elecciones y hemos sido capaces de vivir con no poca fiesta la bondad, el trabajo por la justicia, la amistad sincera, el encuentro profundo con lo que llevamos cada uno, cada una, dentro de nosotros.

Si no estamos atentos, atentas, nos pasa, se los aseguro, también es mi experiencia, entonces nuestra fe se nos vuelve poco menos que incomprensible, las propuestas de nuestra iglesia nos resultan indigeribles, el amor prometido para siempre se vuelve cuesta y contrato que hay que romper lo antes posible. Entonces, nuestra mirada sobre el mundo refleja la violencia, la injusticia, el odio, el racismo, el miedo. Podemos, en esa situación, llenarnos del cinismo de los satisfechos que, finalmente, deciden que nada hay que hacer, que nada se puede hacer.

Sin embargo, si volvemos la mirada atenta a las imágenes quietas del Belén, a la ternura de un Dios débil y pequeño, cobra sentido y vida incluso aquello que se nos ha ido haciendo pesada carga, lastre, por el camino. Si volvemos la mirada a las figuras quietas del Belén, si nos empeñamos en contemplarlas y en dejar que ellas nos contemplen, seguiremos siendo testigos de ese Belén que hay en cada rincón de trabajo, en cada calle, en cada montaña y en cada aula. Y podremos mirar esperanzados y ser testigos de que, efectivamente, Dios mismo se mete a vivir entre nosotros y nosotras, y de que los pueblos hacen arados y podaderas en vez de espadas. Porque es un regalo, un regalo que Dios nos hace.