Y a los cristianos y cristianas de a pié, ¿qué opción nos queda?
San Pablo, en su carta a Timoteo, le dice algo que yo creo que puede servirnos de pista: “Haz memoria de Jesucristo. Ese es el Evangelio que yo siempre prediqué”. Me parece que no es ninguna novedad. Es, más bien, la única respuesta que los cristianos y cristianas tenemos ante todas las cosas que van sucediendo en la vida: hacer memoria de Jesucristo. Y esto en dos sentidos: a) Recordar lo que Jesús vivió, recordar sus hechos y su palabra, porque en eso vamos a encontrar inspiración decisiva para saber cómo tenemos que estar en la sociedad y en o ante el Estado; b) vivir de tal manera que nuestra vida sea memoria de Cristo, que nuestra palabra y nuestra acción sirvan para que todos y todas puedan recordar quién es el que nos inspira y qué es lo que Él representa en nuestras vidas.
Jesús mismo tuvo que vivir situaciones similares. Y, por supuesto, tuvo que responder a la famosa pregunta sobre la legitimidad de pagar impuestos al César. Para su misión, como para la misión que tenemos todos los cristianos y cristianas, Jesús podía plantearse múltiples respuestas.
Allá en el desierto, se le propuso convertir las piedras en pan. Si la gente quiere pan, dale pan. Fedor Mijailovich Dovstoievski, famoso escritor ruso, en su novela Los hermanos Karamazov , contiene un relato corto que conocemos con la parábola del gran inquisidor. Este personaje mira la primera tentación de Cristo como la tentación primera que tenemos los cristianos y cristianas: dar a la gente lo que nos pide con tal de ganarlos para nuestra causa, sin caer en la cuenta de que nuestra causa no suma gente por medio de la compra y que, además, nuestra causa consiste, principalmente, en que la gente tenga la verdad delante y elija con libertad lo que realmente lleva en su corazón. Jesús no aceptó convertir las piedras en pan porque de solo pan se pierde la libertad y también la vida. Sería una tentación que los cristianos y cristianas defendiéramos una causa u otra sólo en función de que eso es lo que la mayoría de la gente dice o pide. ¿No sería convertir las piedras en pan pedirle a los obispos que digan aquello que es mayoritario o que está de moda, o que es lo que el conjunto de la sociedad piensa o siente?
Allá en el desierto, a Jesús se le propuso que saltara del alero del templo porque los ángeles vendrían a recogerlo. Un compañero, Xavier Quinzá, explicaba esta tentación como la tentación de quien siempre quiere estar en el pináculo del templo. Que se me note, que se me vea, que brille, que se hable de mí. Como si por estar arriba, o en el centro, ya de esa manera consiguiéramos lo que pretendemos. Creo que los cristianos y cristianas, a veces, podemos seguir sintiendo que nuestro lugar en la sociedad tiene que ser central y elevado. Tenemos que tener una voz fuerte, tenemos que estar bien situados. Por otro lado, con frecuencia queremos saltar del alero del Templo. Como tenemos a Dios, le pedimos a él que nos recoja. Aunque, lo normal, es que ya alguien fabricó unas escaleras por las que bajar del templo y para estar entre la gente sin tener que dar siempre el espectáculo. ¿No estamos pidiendo un puesto en el pináculo del Templo y pretendiendo un salto espectacular cuando pronunciamos una y otra vez discursos sobre esto o lo otro, como si tuviéramos una ciencia especial que nos impide equivocarnos o como si conservar ese puesto fuera ya en sí mismo proclamar el Evangelio de Jesús?
Allá, en el desierto, a Jesús se le propuso que se postrara y adorara con tal de tener todo el poder. El poder ha sido el centro de la reflexión y de la acción política a lo largo de la historia humana. El pasado siglo, con el ejemplo nazi y de los diferentes fascismos y nacional catolicismos, con la experiencia totalitaria del soviet, con las múltiples dictaduras militares, y, más sutilmente, con el enorme poderío desarrollado por occidente para poder defender las libertades, los derechos humanos, la democracia, es un ejemplo de que el poder, por más que seductor con sus promesas de revolución, de cambio, de justicia, es un monstruo que acaba devorando a sus padres, a sus madres, a sus hijos e hijas. Muchas veces, los cristianos y cristianas, a lo largo de los siglos hemos creído que podríamos controlar el poder. Para acceder a él y para mantenernos en él, ¿no hemos cometido los mismos pecados que pretendíamos evitar? Por eso, la relación con el poder, siempre fue ambigua. ¿No estamos postrándonos ante Satanás cuando intentamos mantener nuestro poder de influencia sobre la sociedad?
Nikos Kazantzakis, escritor griego, nos dejó un relato no exento de polémica al que llamó La última tentación de Cristo . En él se inspiró el cine norteamericano para hacer una película que provocó cierto escándalo entre nosotros. La última tentación, en realidad, es una tentación también bíblica. Puesto en cruz, Jesús contempla a quienes de pié frente a él le gritan: “Si realmente eres el hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos en ti”. Jesús no bajó. Probablemente porque la encarnación iba en serio y ninguna persona podría bajar de la cruz. Me parece que en este tiempo de capitalismo vencedor, la cruz es un lugar al que deberíamos acostumbrarnos. Porque mientras haya cruz en el mundo, Cristo, nuestro Señor, sigue crucificado, y, les aseguro, hay muchos, muchas, que siguen crucificados por el mundo.
Vivir a Jesús en la sociedad del mercado
Para San Ignacio, de lo que se trata, como cristianos es de aquello que él formulaba así: “En todo amar y servir”. Claro que, para poder hacer eso, no basta hacer lo primero que me sale de la cabeza (eso, probablemente sería saltar del alero del templo), ni tampoco comprar a los otros y otras para que acepten mi mensaje (estaríamos hablando de convertir las piedras en pan). Por supuesto, tampoco se trataría de imponer nuestras convicciones con determinadas leyes o instituciones públicas (¿no sería eso postrarnos y adorar para tener todo lo que vemos?).
Si Dios es lo único absoluto, si lo que conocemos de Dios es lo que Jesús, su hijo, nos muestra, entonces, a nosotros y nosotras, no nos queda más que pretender mostrar a todos y todas no otra cosa que el mensaje de Jesús, su modo de vivir, su modo de hacer. Claro que tenemos que hacerlo en el lenguaje que entiendan las personas de nuestro tiempo. Claro que tenemos que hacerlo aunque no siempre les parezca bien.
Para eso, el discernimiento es un instrumento que no podemos dejar. Cada uno, cada una, tendremos que poner ante Dios lo que sentimos, lo que nos viene de fuera: a veces son las ganas de agradar lo que nos lleva a tomar tal o cual postura (qué difícil es mantener las propias posiciones cuando todos y todas nos llevan la contra). Otras veces, no pocas, será el deseo de quedar por encima de los demás, o el irrefrenable deseo de llevar la razón… en fin. Por eso, ninguno, ninguna, tiene excusa para discernir, para orar. Como ninguno, ninguna tiene excusa para evitar luego la lealtad al resto de los hermanos y hermanas, la deliberación para cada caso concreto de acuerdo con los principios y reflexiones de la comunidad de la que somos miembros.
Tiempos difíciles, quizás no tanto por las cuestiones que se discuten públicamente, quizás más bien por eso que don Felipe nos decía: tanto capitalismo imperante… que, de hecho, hasta los valores humanos están en el mercado.
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