El 8 de diciembre próximo se cumplirán 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Resuenan hoy de nuevo las palabras del papa Pío IX en aquella mañana romana de 1854:
“Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firma y constantemente creída por todos los fieles”.
Una estatua de la Virgen preside desde entonces, sobre una columna, la plaza de España en Roma, como recuerdo de este acontecimiento. Pero lo que tenemos que preguntarnos hoy es si estos misterios de nuestra fe presiden, además y sobre todo, nuestras vidas…
En el fondo, el sentido de este misterio es el mismo de la Encarnación del Hijo de Dios. Dios ha decidido intervenir en nuestra historia para reconducirla y convertirla en “historia de salvación”. Por mucho que parezcamos olvidarlo, el pecado existe en el mundo y hace que no seamos felices, que no seamos hermanos. Pero Dios anuncia su intervención para que los poderes del pecado y del mal no tengan la última palabra. Y en ese plan, María ocupa un lugar especial: la que va a ser la madre del Salvador “es liberada de todo pecado desde el instante mismo de su concepción”. De esta manera María aparece como el perfecto contrapunto de Eva, la madre primordial, que en el relato bíblico simboliza la pretensión del ser humano de hacer su propio camino de espaldas a Dios. María, por otro lado, es una “de las nuestras”; en ella todos nosotros podemos reconocernos y aspirar a que se haga verdad una vida nueva. Se abre para nosotros, con ella y por su hijo Jesús el nazareno, la esperanza de una vida más humana, más fraterna y, por eso, más divina.
Tal es precisamente uno de las principales enseñanzas que el Concilio Vaticano II quiere que extraigamos de las virtudes de María:
“Mientras que la iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga (cf. Ef. 5, 27), los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de virtudes” .
Ahora bien, María pudo haber dicho que no a ese río de bendiciones que la inundaba y que venía a perturbar su plácida vida de aldeana nazarena; …como tantas veces hacemos nosotros. Y, sin embargo, ella dijo que sí, y pronunció su “fiat”: “hágase en mí según tu palabra”. Quisiera imaginar a María pronunciando su “fiat” aquí y ahora y diciéndolo con los versos inspirados de su hijo el obispo poeta Pedro Casaldáliga:
Voy a intentar querer lo que Tú quieres
y hacer Tu voluntad contra la mía.
Quiero dejarTe ser lo que Tú eres:
¡Único, Otro, Nuevo cada día!
Por eso, es esta una buena ocasión para orar con las palabras de Juan Pablo II:
“Que ella ayude a todo cristiano a testimoniar que la única respuesta auténtica al dolor, al sufrimiento y a la muerte es Cristo, nuestro Señor, muerto y resucitado por nosotros…” .
Termino haciendo una llamada a la admiración, la adoración, la contemplación. Esas son las actitudes que los grandes misterios de la vida y de la fe requieren de nosotros. Como dijo San Agustín, en uno de sus famosos comentarios a las cartas de San Juan:
“La lengua ha dicho lo que ha podido: el resto ha de pensarlo el corazón”.
Lumen Gentium , nº 65.
Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2004, del 1 de diciembre de 2003.
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