La ermita fue fabricada por orden del sargento mayor don José de Arce y Rojas, Regidor Perpetuo de La Palma, con “licencia del Diocesano (Obispo don Bartolomé García Ximénez) y expedida en Santa Cruz de Tenerife el 26 de febrero de 1674”. Esta capilla, citada por Cámara y Murga en sus “Sinodales” y edificada en el ala sur de su casa, fue bendecida por el Lcdo. Don Juan Pinto de Guisla, Beneficiado de la Parroquia de El Salvador y Visitador General de la Isla.
El inmueble, sito en la antigua Calle Real del Puerto – hoy, O'Daly, número 42-, fue recibida a partir de su suegro, Juan González de Lima, el que a su vez, la había adquirido a la viuda del Regidor Mateo González en 1645.
Don Jaime Pérez García, cronista oficial de la capital palmera, nos informa detalladamente acerca de este inmueble, en su genial obra sobre la Calle Real. Tiene la particularidad de ser la única casa en toda esta bella calle que luce una magnífica cantería roja. En su fachada actual se aprecia que ha sufrido modificaciones y realmente lo que suscita un mayor interés es la ventana que se sitúa en el eje de la puerta (colocada a la izquierda de la casa); el vano es adintelado, teniendo a sus lados dos estrechas y largas pilastras cajeadas que rematan en la cornisa, recogidas en su parte inferior por una repisa con moldura que recuerda un capitel jónico.
La historia de la casa se remonta aún más atrás en el tiempo, cuando doña María Estacia, viuda de don Mateo González Mano de Oro, viéndose en una gran penuria económica, decide vender varias “casas sobradas que yo tengo en esta ciudad de Santa Cruz de La Palma en la calle real que va al puerto ". Autorizada la venta del inmueble por el Licenciado Juan de la Hoya, Teniente General de La Palma, se pregonó públicamente en la plaza de la ciudad, comprándola finalmente el mejor postor, el nombrado don Juan González de Lima, mercader portugués afincado en la capital palmera. Después la entregaría en una dote a su hija María, por un valor que ascendía a 40.000 reales.
El motivo de la fundación del oratorio fue el de una promesa realizada por don José de Arce y Rojas con motivo de “haber sido bendecido por el cielo con los dos hijos” que “ aunque habían dejado la compañía de sus padres, se habían entrado en la de Jesús ”. Así procuraron convertir almas para Dios en el Paraguay, motivo por el que había dispuesto una viva devoción al Apóstol de las Indias, cuya imagen había llegado a sus manos ”en hechura muy devota ”. “ Y viendo que había causado en esta ciudad mucha devoción, se había inflamado su deseo de su aumento ”. Teniendo en cuenta que San Francisco Javier fue uno de los primeros discípulos de San Ignacio que misionó en la India y el Japón, y al que se considera el conversor de unos tres millones de paganos, no cabe duda de que don José quería un Santo milagroso que fuera un buen ejemplo para sus hijos. Su hijo Fray José, pasaría a la historia con el nombre de “Apóstol del Paraguay ”.
Tras la muerte de don José de Arce y Rojas, se distribuyeron sus bienes entre sus tres hijos: los Padres Fray Juan y Fray José, religiosos de la Compañía de Jesús y don Luis José, quien ocupó la regiduría de su padre y el patronato de la ermita.
El patriarca de la familia había gozado del privilegio de tener puerta de comunicación con la iglesia y de abrir tribuna para poder oír misa desde su casa por autorización del Nuncio de Su Santidad de fecha 17 de abril de 1677. Actualmente se puede admirar en la Sociedad “La Cosmológica” de la capital, la reja de filigrana calada, barroca, de dicha tribuna.
Dotó a la ermita de 1.000 reales que producían unos 50 de rédito anual para su sostenimiento, según consta en la escritura de compromiso que pasó ante el escribano Andrés de Chávez en 1674.
Nos explica el Alcalde Constitucional don Juan B. Lorenzo Rodríguez en su obra Noticias para la Historia de La Palma , de que existía en la ciudad una creencia muy arraigada de que tanto esta ermita como la casa contigua pertenecieron a los jesuitas, donde estuvieron establecidos. Él nos lo desmiente. Hubo una confusión a través del tiempo ya que la casa fue heredada por don Luis de Arce y Rojas, quien vivió con su esposa doña Catalina Montañés hasta la muerte de ambos. En el testamento de fecha 3 de mayo de 1706 dejaban ambas fábricas a la Compañía de Jesús, en caso de que “los Superiores quisiesen establecer su Sociedad en esta población, la cual no llegó a establecerse .”
Hasta nuestros días ha llegado un proyecto de uno de sus nuevos dueños, don Cipriano Duque Batista, de fecha 28 de septiembre de 1905, donde hace mención que la ermita tenía en su fachada una puerta con arco de medio punto, balcón y espadaña para una campana; a los lados del balcón dos pequeños huecos también en arco de medio punto.
Presidía el altar una bella imagen de tamaño natural del Santo navarro, Evangelizador de Las Indias, que don José de Arce hizo traer de Sevilla y que ocupaba la hornacina central. Hoy se encuentra en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán de esta ciudad. El “San Francisco Javier”, cuya onomástica es el 3 de diciembre, es obra del círculo de Pedro Roldán (1624-1699), cuya poderosa personalidad dominó la escultura sevillana del último tercio del siglo XVII. Siguiendo con la iconografía del Santo Apóstol del Oriente, se le representa con el hábito de la Congregación y con una cruz con un Cristo perfectamente tallado que alza en la mano izquierda. Es curioso cómo el artista esculpió el dedo índice de esa mano, doblado, sugiriendo tal vez una doble funcionalidad: por un lado ayuda a sujetar enérgicamente el crucifijo, por otro, sin embargo, parece acariciar los pies de Jesús.
Viste interiormente una larga sotana oscura adornada con motivos dorados la cual se cubre con un alba blanca o sobrepelliz (del latín superpellicium ) de anchas mangas. Se trata de una larga vestidura litúrgica de tela fina blanca de pliegues separados y rectilíneos que llega hasta las rodillas del Santo y que habitualmente llevaban el sacerdote, el diácono y otros ministros en la misa y en otras ceremonias. De gran realismo, presenta la mano derecha extendida hacia el espectador en actitud de plegaria. Estamos ante un caso de talla que no sigue con su iconografía habitual, donde se le representa, bien con esclavina de peregrino o cuello blanco doblado, o el bordón en la mano. Tampoco lleva la estola de predicador. Puede ser que le fuera puesta una de verdad con motivo de alguna solemnidad o para su onomástica. La cruz la lleva, como dijimos, en la izquierda, no como es habitual en los misioneros o evangelizadores, que es común en la derecha. No aparece ningún cangrejo o crustáceo en recuerdo de una anécdota portentosa de su vida. Tampoco abre la sotana a la altura de su pecho para dejar paso al ardiente fuego de su corazón apostólico, como observamos en la talla policromada de “San Francisco Javier” de la Catedral de Cádiz. No aparece el indio arrodillado a sus pies o el niño que ha resucitado, ni curando al leproso, ni bautizando... temas todos relacionado con sus grandes milagros que tanto ha gustado a los imagineros y artistas en general. La presentación de este Santo es idéntica a la del cuadro que se ubica en la hornacina colateral del Evangelio de la ermita de La Luz de la capital palmera, aunque en esta ocasión sí aparece la estola sobre el alba.
Lleva el pelo corto negro, color también de su tupida barba y bigote por donde se entrevé unos labios muy rojos y unos dientes muy blancos. La boca semiabierta sugiere que el Santo navarro está orando. No en vano gira levemente su bien tallada y pequeña cabeza hacia la cruz adonde mira tímidamente con sus dos grandes ojos oscuros.
También consta que había en la desaparecida ermita una pequeña talla en madera estofada y pintada con cruz y halo de plata de “San Ignacio de Loyola” (75 cms), en la parte alta del altar. Ésta es probablemente la imagen que se conserva actualmente en la sacristía de El Salvador, cuyo valor es más devocional que artístico. Debe incluirse en la imaginería popular y se cita en El Salvador a partir de la década de 1830. También se conserva el halo de “San Ignacio”, documentado entre 1789 y 1794. Como nos informa Gloria Rodríguez, se trata de “una bella pieza de plata con forma de media luna bordeada de perlas con decoración interior relevada de tornapuntas vegetales asimétricos y con presencia de ráfagas continuas, por lo que podemos datar esta obra de exquisita orfebrería dentro del rococó y en la segunda mitad del s. XVIII.”
También se conserva en la misma sacristía de la Parroquia Matriz, una bella lámpara de plata cuya decoración grabada destaca motivos lisos (cintas, volutas) sobre fondos punteados, conformando tres grandes óvalos donde se inscriben las iniciales del Santo: S –F- X . Está inventariada en 1691 y la plata para hacerla está comprada desde 1687.
El magnífico púlpito de factura barroca podemos contemplarlo en la ermita de Santa Lucía de Puntallana. Así mismo, como hemos dicho, en la Sociedad “La Cosmológica” se encuentra custodiada la espléndida tribuna de los Arce y Rojas, que data de hacia 1677 y tiene forma de caja rectangular, que se sustenta sobre dos ménsulas- mascarones de lengua bífida y prolongación en hojas de acanto.
La ermita del Santo, que pasó a ser propiedad de la Iglesia, fue uno de los bienes eclesiásticos sobre los cuales se inició expediente en el Provisorato de la Diócesis sobre la necesidad y utilidad de su enajenación. “ Fue apreciada en 5.637 pesetas 94 céntimos – 3.383 pesetas 19 céntimos por la mampostería y 1.799 pesetas 75 céntimos por la carpintería-“.
El 1 de septiembre de 1905 se procedió a su remate en la sacristía de la Parroquia de El Salvador con asistencia del Beneficiado don José Puig y Codina. La obtuvo don Antonio Díaz Paz con una postura de 5.680 ptas 4 céntimos al ser la que estaba vigente cuando el reloj público marcó la hora señalada para su finalización.
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