Semana del 3 al 10 de diciembre

ADVIENTO

Congreso Apostolado Seglar, por Vicente J. Subiela

Una República emancipada de la Iglesia, por José A. Morillas sj

Iglesia y Estado ¿a la greña? (II), por Lucas López sj

Crecer responsable y esperanzado, por Manuel Segura sj

Mar Adentro, por Lluis Serra Llansana

Fundación Entreculturas

Grupo Universitario Anchieta

II Asamblea Red Ignaciana de Canarias

 

IGLESIA Y ESTADO, ¿A LA GREÑA? (II)
Lucas López sj. Aquí va la segunda parte de esta conferencia pronunciada en el marco de actividades de GUA, en la casa de la juventud, a mitad de octubre del 2004

Las estrategias de las partes

Poniendo como centro el conflicto publicado y las dos partes institucionalmente definidas (jerarquía y gobierno), nos debemos preguntar cómo se están moviendo y qué elementos nos ayudan a entender los comportamientos de unos y otros.

En el conflicto que estamos mostrando, existen algunos protagonistas que quedan dibujados por esta expresión: los laicistas frente a la cristiandad.

Para los laicistas, todo lo que tenga que ver con religión cristiana debe ser apartado de la vida social y pública. Ninguna institución pública debe tener referencia alguna a las expresiones de fe de las personas que están en ella. Por más que esa expresión de fe pueda ser un elemento cultural de antigüedad enorme y de consenso amplio en la sociedad actual. Un laicista prohibiría toda expresión religiosa en las instituciones públicas. Un laicista propondría una ley que prohibiría el uso del pañuelo a las jóvenes musulmanas que vayan a la escuela pública. O el uso del kepi a los jóvenes judíos. O de una cruz visible colgando del pecho de los chicos y chicas cristianas. El laicista, ante los argumentos éticos de las Iglesias y comunidades religiosas, dirá que se trata de convicciones personales y que no deben tenerse en cuenta a la hora de legislar. Incluso que no deben figurar en la motivación de las decisiones de carácter público. La Iglesia estaría recluida en las sacristías y su misión sería únicamente cosa de las almas.

Frente al laicista, en el extremo contrario, en occidente, tenemos la imagen de la cristiandad y, en el mundo musulmán, el de las repúblicas islámicas (en formas diferentes). Centrémonos en la imagen de cristiandad . La gente de la cristiandad quiere que todos los poderes públicos estén sometidos a la autoridad eclesiástica. Que se reconozca a la autoridad de la Iglesia un carácter de autoridad pública capaz de supervisar o incluso dirigir las decisiones de la autoridad civil. El pueblo es soberano, pero los representantes de Dios tienen la capacidad de decidir sobre el pueblo. Las Iglesias pueden poner normas sobre la moral pública que deben ser respetadas por todos y todas, sin argumentar o concurrir al debate público. De alguna manera, las costumbres, la vida social y política, todos los ámbitos públicos, están marcados por la cultura religiosa dominante. Esto es lo que regía en todas las sociedades históricas importantes antes de la llegada en occidente de la sociedad burguesa liberal (revolución francesa, revolución industrial en Inglaterra, constitución americana).

Me detengo en explicitar algo ampliamente estas dos posturas porque son las acusaciones que más escuchamos de una parte a otra en los momentos de conflicto que vivimos. Escuchamos a miembros del gobierno que acusan a la Iglesia de querer monopolizar la vida moral. Escuchamos a miembros de la Iglesia afirmar que el gobierno se comporta con un laicismo decimonónico trasnochado y ajeno a la realidad cultural de un país, el nuestro, donde la inmensa mayoría de la población sigue confesándose cristiana.

La Iglesia, en su doctrina, hace tiempo que abandonó toda pretensión de cristiandad. El Concilio Vaticano II, con su famoso decreto sobre la libertad religiosa, proponía unas nuevas relaciones entre los estados y las iglesias, que, en buena medida, aportaron los anglosajones, tanto los británicos como los norteamericanos. En síntesis, esta postura se podría definir en algunos parámetros:

•  Las autoridades civiles y las iglesias están llamadas a colaborar en la consecución del bien común de la sociedad a la que, de modos diferentes, sirven.

•  En el Estado, las iglesias se hacen presentes de múltiples maneras: desde la presencia de signos religiosos en las instituciones públicas hasta la realización de actuaciones comunes de unos y otros.

•  El Estado pone a disposición de las Iglesias sus medios, como los pone a disposición de otros fenómenos sociales o culturales (las manifestaciones artísticas, deportivas, folklóricas y religiosas), pero el Estado no se casa con ninguna confesión por más que tenga en cuenta los sentimientos mayoritarios de su pueblo.

•  El Estado tampoco tiene como religión propia la ausencia de religión , que, al fin y al cabo, es una opción más entre otras posibles en el tema religioso. El Estado no es una Iglesia , es decir, no es una defensa pública de una determinada fe o de no fe.

•  Las Iglesias, de su parte, proponen siempre, siguiendo un bíblico principio paulino, un respeto importante por las autoridades civiles e invitan a la participación activa de sus hombres y mujeres en la vida pública.

•  Las Iglesias no pretenderán el monopolio de su relación con el Estado y, tampoco, con la sociedad. No pretenderán expulsar a las otras confesiones ni tampoco a quienes no tengan confesión alguna.

•  Pero, del mismo que el Estado no se casa con ninguna confesión, las Iglesias conservan su independencia para llevar a cabo su tarea y para proponer también sus aportaciones en la vida pública.

 

La gente cristiana, la gente de esta sociedad

Pasó hace unos días, durante una cena con unos amigos y amigas que colaboran en la ONG jesuita ENTRECULTURAS FE Y ALEGRÍA. En un momento, la mujer de Pablo, le dijo delante de todos y todas los que nos sentábamos a la mesa: “Cada vez estás más tolerante”. A lo que Pablo contestó: “Desde que dejé la Iglesia, soy más tolerante”. Todos y todas sonreímos. Es cierto que Pablo se siente, de alguna manera, fuera de la Iglesia, o, mejor dicho, “no del todo dentro de la Iglesia”. Ante su comentario, delante de los spaghettis a la carbonara que estábamos compartiendo, María, otra de los comensales, comentó: “La verdad es que la Iglesia hoy está haciéndonos difícil ser tolerantes”.

Cuento esta anécdota para mostrar lo que creo que sienten, que sentimos muchas veces, algunos cristianos y cristianas, ante la situación que nos toca vivir hoy en la sociedad y la Iglesia. Ante cierta situación de perplejidad, hay muy diversas reacciones posibles.

Tenemos a los cristianos y cristianas que se aferran a las verdades de siempre y se niegan al diálogo con los valores culturales nuevos que nacen. De esto siempre hubo. Si son la mayoría en la Iglesia, esta adquiere los tonos y maneras de las sectas. “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. La Iglesia Católica nunca ha defendido teóricamente esta posición, aunque, en la práctica, pueda haber momentos históricos en que sí ha estado en lugares muy cercanos a esto.

En el otro extremo del arco, tenemos a cristianos y cristianas que entienden que la Iglesia debe meterse a tope en las nuevas maneras culturales y en los nuevos modos de pensar. Si en la Iglesia esto es la mayoría, la Iglesia pierde su capacidad de ser contracultura, de ser profética y diferente. Se hace tan de la sociedad y la cultura en la que está, que no se diferencia de ella. Nada tiene que aportar.

Pero la inmensa mayoría de las veces, la Iglesia, se mueve en el amplio arco que hay entre ambas posturas extremas. El discernimiento de los “signos de los tiempos”, expresión consagrada por el Concilio Vaticano II, aunque es del propio Jesús, es una tarea compleja y muchas veces controvertida. Cuando nuestros pastores se pronuncian, siempre encontramos gente que piensa que no son suficientemente claros y que les falta contundencia frente a las autoridades civiles. Pensemos en el ejemplo de los pronunciamientos de la Iglesia sobre la actual situación de los inmigrantes. Probablemente no hay ninguna institución que haya dicho tanto y tan valioso. Sin embargo, para muchos y muchas, es insuficiente. Pero también habrá, hay, gente que piensa que es demasiado y que la Iglesia se está metiendo en política, y que eso no lo debería hacer. Así, en el mismo caso de los inmigrantes, sabemos de políticos de todos los colores que han querido que los obispos se callen.

 

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