Semana del 26 de noviembre al 3 de diciembre

ADVIENTO

Congreso Apostolado Seglar, por Vicente J. Subiela

Una República emancipada de la Iglesia, por José A. Morillas sj

Iglesia y Estado ¿a la greña? (II), por Lucas López sj

Crecer responsable y esperanzado, por Manuel Segura sj

Mar Adentro, por Lluis Serra Llansana

Fundación Entreculturas

Grupo Universitario Anchieta

II Asamblea Red Ignaciana de Canarias

 

MAR ADENTRO   LLUÍS SERRA LLANSANA, lluis. s erra@interfree.it

“Mar adentro”, película dirigida por Alejandro Amenábar y galardonada en el reciente Festival de Venecia con el León de Plata, es una construcción fílmica basada en un hecho histórico: el suicidio asistido de Ramón Sanpedro, tetrapléjico. Cuenta en su haber numerosos aspectos positivos, tales como un lenguaje potente; un tema de fondo y de actualidad; artistas que conocen muy bien su papel, entre los que sabe destacar a Javier Bardem, que obtuvo la Copa Volpi a la mejor interpretación masculina; un ritmo que mantiene el interés; un magnífico estudio de las emociones y de las relaciones humanas... No es un relato que siga al pie de la letra los hechos históricos ya que hay personajes que no existieron u otros que han sido cambiados, ignoro por qué motivo. La abogada representada por Belén Rueda, que genera una ambigüedad de sentimientos en el protagonista, nunca existió. El personaje del padre Francisco no era jesuita sino un sacerdote del Opus Dei. La forma de presentarlo en la película resulta innecesariamente tendenciosa y poco creíble en comparación con otros personajes mucho mejor diseñados, víctima probablemente de los estereotipos que circulan en torno al mundo eclesial. Una lástima.

El cariño y la cercanía que despierta Ramón, su vitalidad que contrasta con su voluntad de morir, el amor que le rodea por todas partes, sus fantasías eróticas, su capacidad de enamorar y de enamorarse, la identificación que suscita con el drama de su vida... son ingredientes que pueden relegar a un segundo plano la tesis de fondo. Cualquier espectador que se ponga en su piel tiembla de sólo pensar que le puede suceder una desgracia similar. Esta identificación permite reducir la objetividad en el análisis del caso. Se corre el riesgo de convertir al caso de Ramón en un argumento a favor de la eutanasia, como muchos han dicho o incluso publicado. Creo que su situación sería mejor enmarcarla en un caso de suicidio que, a causa de sus limitaciones, no puede llevar a cabo sino cuenta con la asistencia de otras personas. La realidad que él vivió es dura y dramática, como desafortunadamente otras también lo son, pero la diferencia radica en la forma de afrontarla. No se trata de un enfermo terminal sino de un tetrapléjico. Vivir dignamente no implica carecer de limitaciones y enfermedades. Muchas personas las tienen debido a su ceguera, amputación de piernas, problemas diversos... y no obstante consiguen grandes objetivos en su vida. No por ello la muerte es su única coartada. Ciertamente estas limitaciones exigen ayudas personales y económicas para crear el entorno adecuado a quienes las sufren.

Sostener que la dimensión emocional es el criterio definitivo y último para justificar las opciones en la vida resulta atractivo pero, además de peligroso, no es convincente. Hay más valores, entre los cuales los éticos no son de menor importancia. En la película de Amenábar, el problema legal apunta a si una persona puede colaborar activamente en el suicidio de otra sin implicaciones penales. En este aspecto, existe una aproximación notable con la eutanasia activa. Estos temas son de vital importancia y constituyen motivo de debate y confrontación ya que se sitúan en zonas fronterizas. La construcción fílmica de Amenábar tiene tal solidez y belleza que representa la cánula por la que el espectador sin espíritu crítico puede absorber el agua cristalina junto con los gránulos venenosos que generan la muerte. Provocar la reflexión es su grandeza. Encauzar emocionalmente y de forma sutil a los espectadores, su desacierto.

 

 

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