Como estoy fastidiado con este catarro tan grande que me traje de Las Palmas, he escrito lo que pensaba decir, para que lo pueda leer Lucas o alguno de ustedes.
Estamos recordando hoy todo lo que ha sucedido desde que decidimos formar un grupo: nuestras reuniones, nuestras asambleas, nuestros ratos de oración, nuestras Eucaristías, nuestros encuentros, todo lo que hemos compartido, todo lo que nos hemos ayudado unos a otros durante todos estos años. Tenemos algunos recuerdos dolorosos, como el cierre de la casa de los Jesuitas en Tenerife; pero sobre todo, hoy recordamos imágenes de alegría, de amistad, de presencia del Señor entre nosotros. Es mucho lo que hemos vivido cada uno y lo que hemos visto vivir a los demás. Hemos celebrado bodas, hemos compartido la alegría de los hijos que han nacido y que van creciendo. Es verdad que hemos tenido que despedir a Lucas, a Isidoro, a Manolo y a Pedro, destinados a otros sitios. Pero hoy nos reunimos de nuevo y, si Dios quiere, nos volveremos a reunir otras muchas veces, con esta misma alegría, con esta misma amistad. Dios nos ha hecho el regalo precioso de querernos de verdad unos a otros, y ese tesoro no lo vamos a dejar morir.
Esta charla no es sólo para recordar el pasado con nostalgia, sino para reflexionar sobre el futuro y tratar de vivirlo lo mejor posible, es decir, como Dios quiere. Por eso, se me ha ocurrido recordar algunas ideas sencillas, que sirvan para reanimar nuestra esperanza. Esas ideas las voy a sacar de los Ejercicios de san Ignacio y de lo que yo enseño a los profesores, en mis cursillos, sobre el crecimiento moral.
1. Consolar.
Dice san Ignacio en la Cuarta Semana de Ejercicios, que el Señor asume, después de su Resurrección, el papel de consolador. El Crucificado, derrotado por los poderosos, humillado y destrozado por quienes representaban la autoridad de Dios, es ahora el Crucificado Resucitado, es la prueba de que la muerte no es el final, sino un paso hacia la vida. Ni las muertes parciales de nuestros sufrimientos, de nuestras depresiones, de nuestros momentos de no entender nada; ni la muerte que viene al final de nuestra vida, tienen la última palabra: la última palabra la tiene la vida. Con Dios todo termina en vida. Ese es el mensaje que Jesús Resucitado trae para su madre y para los suyos, nada menos que ése es el consuelo que ofrece Jesús consolador.
En los Ejercicios pedimos una y otra vez conocimiento interno de Cristo, para que más le ame y le siga. El llamamiento de Jesús a cada uno de nosotros es “a ir con El y ser como El”, desde la meditación del Reino en la Segunda semana hasta la culminación de la Cuarta. Por tanto, todos nosotros estamos llamados a ser “consoladores” de la misma manera que el Señor. Claro que alguno de ustedes dirá: ¡Hombre, igual que el Señor no podemos, pues la gran alegría de los suyos consistió en ver vuelto a la vida al que habían visto muerto en la cruz, y nosotros todavía no hemos muerto ni hemos resucitado! Pero el mensaje que tenemos que trasmitir, a lo largo de toda nuestra vida, es el mismo: la muerte ha sido vencida. La vida triunfa, ya ahora, sobre la muerte.
Tanto las noticias de la tele, como los artículos de opinión en los periódicos y las mismas conversaciones que oímos cada día en la casa y en el trabajo, suelen hablarnos de muerte, de una humanidad herida por la violencia, dividida por la política, enfrentada por el dinero, indiferente ante la pobreza y la injusticia. Hay mucha muerte en nuestro entorno, mucho sufrimiento en los corazones de nuestros hermanos y hermanas, muy pocos motivos, al menos a primera vista, para la esperanza. Hay violencia dentro de la familia, que debería ser el santuario cálido del amor, hay rebeldía en los hijos, se acepta el hambre y la miseria de tantos hermanos como si fuera un fenómeno natural inevitable, como se acepta que cada año haya un verano y cada día haya una noche.
Ese mundo es el que necesita consoladores, es el que nos necesita a nosotros. Como hizo Jesús Resucitado con los suyos, nosotros tenemos que asumir, como oficio propio nuestro, el predicar la alegría. Tenemos que ofrecer a nuestros hermanos motivos de esperanza. Tenemos que hacerles ver que, en medio de tanta injusticia, hay quienes tienen hambre y sed de justicia y que Dios los saciará, sin tardar y sin fallarnos. Deberemos hacernos expertos en descubrir toda la vida que hay, oculta entre tanta muerte. Tendremos que ver nosotros, y luego hacer ver a los demás, que hay mucha bondad en muchas casas, en nuestras familias, en los hospitales, en las calles. Tenemos que aprender a percibir la generosidad, la solidaridad, la ternura, la verdadera amistad, el verdadero amor que hay alrededor nuestro.
Hacer ver a nuestros hermanos que todo tiene sentido que el dolor, la enfermedad, la soledad, la muerte de nuestros seres queridos terminará con un triunfo apoteósico de la vida. Dice un eminente teólogo protestante que lo que hace que la música de Mozart sea tan profundamente alegre, tan maravillosamente festiva, es que en ella se presiente la plenitud final, cuando este mundo haya sido enderezado definitivamente por Dios. Esa música, que rebosa alegría, nos hace ver que todo, aun lo que no comprendemos ahora, tiene sentido. Pues bien, todos nosotros deberíamos ser tan alegres y tan llenos de esperanza como la música de Mozart. Así trasmitiremos siempre a nuestros hermanos, con el testimonio de nuestra propia vida, la idea de que vale la pena vivir, que hasta lo que nos parece más absurdo y doloroso tiene una explicación positiva. Es decir, nos convertiremos en testigos de la vida y de la esperanza.
Responsabilidad.
En mis cursos a los Profesores (mañana empiezo dos, uno por la mañana y otro por la tarde) les explico las teorías de Kohlberg sobre el crecimiento moral. Les recuerdo que tenemos que ir creciendo en nuestra moralidad, desde la heteronomía irresponsable hasta la autonomía y la responsabilidad. Dejemos que Kohlberg nos lo explique, pues nos puede resultar útil y práctico, para irnos haciendo personas cada día más auténticas y mejores y así poder asumir el papel que el Señor nos asigna en esta sociedad interesante y llena de vida, pero al mismo tiempo un poco desquiciada.
Dice Kohlberg, siguiendo los pasos que inició Piaget, que cuando somos pequeños, vivimos unos años sin saber lo que está bien ni lo que está mal. Es un período de heteronomía moral, que corresponde a los primeros seis o siete años de la vida. No sabemos discernir lo que se puede hacer y lo que no se debe hacer y entonces son otros, generalmente nuestros padres, quienes nos dicen, insistentemente, “eso no se hace”, “eso no se dice”, “a tu hermanito no le pegues que te pego yo”, “a tu madre no se le hace burla”, “no se escupe a nadie” y otros conceptos morales, que nosotros solos no lograríamos descubrir. Ese niño pequeño lo explora todo, lo intenta todo, hasta que se le paran los pies. Algunos adultos se quedan en este estadio toda la vida: son los delincuentes. Para no confundirlos con los niños, podemos decir que éstos están en un estadio premoral, mientras que los delincuentes están en un estadio amoral. Ambos coinciden en hacer todo lo que les viene en gana, hasta que se le paran los pies. Para los que están en este estadio, sean niños o adultos, se necesitan normas claras y sanciones justas y eficaces.
El segunda estadio del crecimiento moral se inicia cuando el niño o la niña descubre las reglas del juego. Cuando descubren que si no guardan las reglas, sus compañeros no les dejarán jugar. Ni al fútbol, ni al parchís, ni a las damas, ni al escondite. Un día, de pronto, se dan cuenta de que hay que guardar las reglas, de que ellos y los otros tienen que guardar las reglas para poder jugar; si no, sería un caos. En ese momento, descubren también la primera regla moral, que es la ley del Talión, la del ojo y la del diente, es decir, la ley que me dice que debo tratar a los demás como ellos me tratan a mí. Hay muchos, entre ellos no pocos periodistas, que piensan que la ley del Talión es una incitación a la venganza. En realidad, como ya consta en el Código de Hamurabbi, hace cinco mil años, es una ley de moderación en la venganza. Tú me partes un diente, yo te parto un diente y estamos en paz; pero no te parto la cabeza que es de lo que tengo ganas. Este es el estadio moral de los niños entre seis y doce años, si es que no se han quedado estancados en el primer estadio, el de los delincuentes o predelincuentes. Los niños normales, entre seis y doce años tienen muy claro que si uno no les invitó a su cumpleaños, ellos no le invitarán al suyo; que si alguien les dio chicle, ellos le darán cuando tengan; que si un compañero les da una patada, ellos estarán intranquilos hasta que se la devuelvan. Si en el primer estadio se quedaban algunos adultos, que son los delincuentes, en este segundo estadio se quedan muchos adultos, que son los egoístas. Son los que repiten: “a mí, quien me la hace me la paga”; “yo por las buenas, todo lo que quieras, pero por las malas nada”; “a ése se la tengo guardada, desde que me hizo tal cosa”.- Este segundo estadio es ya un estadio moral y los que están en él, se sienten que tienen una moral, muy primitiva, pero clara. Como no han leído a Kohlberg, no saben que les quedan todavía cuatro estadios más, cuatro escalones más en el crecimiento moral, y se glorían de estar en ese segundo estadio. En realidad, para adolescentes, para jóvenes y adultos, pasar del estadio uno al dos, es un pasito pequeño, pero muy importante: ya no son delincuentes, sino sólo egoístas, como acabamos de explicar.
El tercer estadio, que normalmente se inicia en la adolescencia, pero que algunos empiezan tarde o nunca, es el llamado de las expectativas interpersonales. Ya no hago lo que me hacen, como cuando estaba en el estadio dos, sino que hago lo que los otros esperan de mí. Esos son los años, entre los doce y los dieciocho años, de formar grupos fuertes de amigos, de plegarse a lo que ellos quieren, de hablar como ellos, vestir como ellos. Se siente una necesidad fuerte de ser aceptado, de ser querido, de pertenecer al grupo, de ser uno de ellos. Respecto a los padres, ese deseo de agradar es ambivalente: por una parte, se quiere responder a lo que los padres esperan en estudio, deportes, conocimientos; pero, por otra, se busca la independencia, el no ser considerados como niños pequeños, sino ya como adultos. Este estadio, este tiempo, de suyo tormentoso por el descubrimiento del sexo y la nueva apertura al mundo, se puede pasar con bastante tranquilidad, si las expectativas coinciden, Es decir, si tanto los padres como los amigos, esperan de uno más o menos lo mismo: que sea limpio, que estudie, que se divierta sanamente los fines de semana, que practique el deporte. Pero si los padres desean eso, esperan eso, y los amigos esperan que no estudie, que consuma alcohol o éxtasis, que tenga experiencias sexuales precoces, entonces ese conflicto de expectativas puede hacer sufrir mucho al adolescente. No sabrá a qué campo apuntarse, aunque al final tendrá que decidirse y ojalá su decisión sea recta, para no poner en peligro todo el resto de su vida.- En este tercer estadio se quedan también bastantes adultos, que son los que quieren agradar a todos, los que hacen favores, los que están a la moda, los que desean mucho ser apreciados y tiemblan al ser criticados. Suelen ser gente buena, pero muy dependientes de la opinión de los demás.
El cuarto estadio es ya el de la responsabilidad y la autonomía moral. Uno se siente responsable de todo aquello a lo que se ha comprometido, pero no lo que otros les quieran imponer. Es la gente que responde de su trabajo y de su familia; es la gente que paga los impuestos, guarda las leyes, cumple sus deberes religiosos, educa a sus hijos. No porque nadie les obligue, sino porque sienten que ésa es su obligación, ése es su compromiso. La limitación que tiene este estadio, ya tan avanzado, es que uno no se quiere implicar en lo que no sea responsabilidad directa suya: el hambre en el mundo, la injusticia a nivel global, las drogas, las guerras, el mucho sufrimiento humano.
En cambio, en el quinto estadio, uno sobrepasa los límites de su familia, de sus conocidos y de sus responsabilidades, y trabaja seriamente, en la medida de sus fuerzas, en que todos los hombres y mujeres del mundo puedan ejercer sus dos derechos fundamentales, el derecho a la vida y el derecho a la libertad. Esos derechos están actualmente pisoteados en muchas partes del planeta. Pero cada uno puede hacer algo: rezar, contribuir un poco económicamente a las grandes campañas, apuntarse a la plataforma del 07 %, denunciar las injusticias, educar a las generaciones jóvenes en un sentido más humano y más justo. Y hacer todo eso de corazón.
Todavía queda un sexto estadio, como un desafío final para nosotros. Es el estadio en el que consideramos, de hecho (no de palabra) a todos como hermanos nuestros y actuamos en consecuencia. Kohlberg pone como ejemplo de este estadio a Gandhi, a Luther King y a la Madre Teresa de Calcuta, pero nos recuerda que hay muchas personas, algunas de ellas en nuestras propias familias, que viven plenamente este sexto estadio, sin darle importancia.
Conclusión.
En estas líneas, escritas rápidamente por el problema del catarro, hemos hablado de responsabilidad y de alegría. De sentirnos hermanos de todos y de esforzarnos por trasmitirles un mensaje de esperanza. Creo que son dos líneas muy fecundas para tenerlas en cuenta en nuestro futuro. En el fondo, consolar y ser responsables es parecernos a Jesús, nuestro Maestro y único modelo, al que queremos seguir en la mucha o poca vida que nos quede por delante.
Si lo hacemos, cuando nos volvamos a reunir, dentro de quince años, o de cincuenta, comprenderemos que nuestra vida ha tenido sentido. |