Semana del 3 al 10 de diciembre

ADVIENTO

Congreso Apostolado Seglar, por Vicente J. Subiela

Una República emancipada de la Iglesia, por José A. Morillas sj

Iglesia y Estado ¿a la greña? (II), por Lucas López sj

Crecer responsable y esperanzado, por Manuel Segura sj

Mar Adentro, por Lluis Serra Llansana

Fundación Entreculturas

Grupo Universitario Anchieta

II Asamblea Red Ignaciana de Canarias

 

Mi experiencia personal en el congreso de apostolado seglar (Madrid 12-14 de Noviembre de 2004)

 

Vicente J. Subiela. Vive en Las Palmas de Gran Canaria, donde está casado y es papá feliz. Pertenece al MTA , movimiento apostólico vinculado a la espiritualidad Teresiana. Estuvo presente en el congreso de apostolado seglar celebrado en Madrid. Nos lo cuenta.

La vida es una caja llena de sorpresas, uno nunca es capaz de imaginar lo que le puede deparar el futuro. Me costó decidir mi asistencia al reciente Congreso de Apostolado Seglar, celebrado en Madrid los días 12 al 14 de noviembre, organizado por iniciativa de la Conferencia Episcopal Española. Por un lado arrastraba desde hacía varios años una sensación de rechazo hacia muchas cosas de la iglesia que no entendía o me parecían incoherentes, hasta el punto de plantearme abandonarla; por otro lado, cierta curiosidad me invitaba a apuntarme a la cita.

Aunque los días previos al congreso estuve con fiebre y en la cama, pude recuperarme lo justo para tomar el vuelo y acercarme al Palacio Municipal de Congresos, luminoso y espacioso edificio ubicado en el Recinto Ferial, a unos pocos kilómetros de Barajas, donde ya se estaba celebrando el congreso.

Mi primera sensación fue de acogida, dos amables y sonrientes azafatas me indicaron donde dejar mi abrigo y donde recoger la documentación. Me incorporé a la ya empezada primera ponencia sobre la “llamada a ser cristiano”, impartida por D. Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona y Tudela, quien reprodujo las consabidas ideas de la Conferencia Episcopal sobre el matrimonio, la defensa de la vida y la asignatura de religión, entre otros temas.

Tras ésta, se comunicaron un conjunto de experiencias en seis salas, en las que se celebraron los distintos talleres: juventud, familia, sociedad, trabajo, formación del laicado y medios de comunicación. La dinámica del congreso: ponencia en el plenario, comunicaciones por salas y talleres, se repitió para cada uno de los tres temas básicos: llamada a ser cristiano, llamada a la santidad y llamada a la misión.

La segunda ponencia me pareció más entretenida. La periodista Cristina López, del Movimiento Comunión y Liberación, compartió su dilatada experiencia personal, citando varias anécdotas y cautivando la atención del público con unas sinceras y contundentes palabras que procedían, sin duda, de alguien que tenía una profunda experiencia de fe. Ésta fue mi primera sorpresa, puesto que no esperaba que me interesara tanto lo que pudiera contar alguien de un conocido movimiento de estilo conservador.

La tercera ponencia, sobre la llamada a la misión, fue ofrecida por Don Ignacio Sánchez, catedrático de la Universidad de A Coruña, de quien no me pareció escuchar nada especialmente novedoso.

Tras cada ponencia acudí a la sala correspondiente al taller del mundo del trabajo. Aquí vino mi segunda sorpresa, escuche muchas, variadas y enriquecedoras experiencias y opiniones, compartidas por gente de lo más variopinto: médicos, abogados, profesores de universidad, párrocos de barrio, entre otros; personas que trabajaban en sindicatos y en la patronal, empresarios y obreros, gente que fundamenta el compromiso en los pobres, y gente que lo basa en el compromiso en su ambiente cotidiano; todos juntos unidos por una misma fe, católicos que desde su forma personal de percibir el compromiso cristiano, aportan la semilla del evangelio en múltiples lugares y actividades laborales; una bonita y variada red de buena gente.

Mi tercera sorpresa fue que, a pesar de que el congreso se presentaba bajo la línea conservadora, predominante en la conferencia episcopal (cuestión que fue duramente criticada por algunos compañeros del taller de trabajo), percibí en todo momento un ambiente de profundo respeto y de libertad de expresión. Se concluyó la dificultad de redactar conjuntamente unas propuestas finales en cada taller, dada la variedad de opiniones, de estilos y de carismas; sin embargo pese a ello y a la escasez de tiempo, se consiguió, sobre todo gracias al esfuerzo y dedicación de las personas que asumieron el papel de secretarios.

Mi cuarta sorpresa fue encontrarme con rostros conocidos que hacía unos diez años que no veía, y comprobar con gozo su alegría por verme allí, y mi satisfacción de poder hablar con ellos. Es así que, tras una conversación, caí en la cuenta de que mi antigua, y todavía presente, sensación de rechazo hacia esta iglesia, se debía a mi enorme desconocimiento de todo lo que ella es. Mucho me queda por conocer y por aprender.

Y es que en esta compleja iglesia que somos todos, hay de todo, hay, por ejemplo, personas que me acercaron a la iglesia que rechazaba: me encantó charlar con gente que como yo, no piensa que la homosexualidad sea una enfermedad; me encantó recibir la experiencia de un grupo de laicos que ha convertido un barrio marginal en un lugar digno para vivir; me encantó escuchar a gente convencida de su fe; me encantó saber que hay muchos cristianos comprometidos con el mundo obrero, los inmigrantes y los más desfavorecidos; me encantó percibir el respeto mutuo de los asistentes; incluso me gustó conversar con un anciano sacerdote, que buscaba desesperadamente alguien a quien contarle alguna de sus “batallitas”, el dominico Carlos Soria me aseguró haber estado en tierras canarias en los años 50 y haber vivido 30 años en Roma, trabajando como redactor de encíclicas y de discursos del Papa, me pareció estar frente a alguien importante, aunque no se me ocurrió pedirle un autógrafo.

A mí, como a Pedro Navaja, la vida me da sorpresas, sorpresas me da la vida.

 

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