Semana del 26 de noviembre al 3 de diciembre

ADVIENTO

Entre la espera y la esperanza, por Angel Martín sj

Iglesia y Estado, ¿a la greña? (I)

De la cárcel hizo camino, por Emilio Martínez sj

Fundación Entreculturas

GUA

II Asamblea Red Ignaciana de Canarias

 

DE LA CÁRCEL HIZO CAMINO   Emilio Martínez Díaz es jesuita. Teólogo. Actualmente vive en Perú, entre comunidades polpulares y es colaborador de la revista CRISTIANISME I JUSTICIA.

¿Cuándo enjugarás las lágrimas?

 

La teología de la liberación y las teologías políticas acentuaron la necesidad de la praxis como verificación de la fe y la centralidad del trabajo por el Reino en este mundo. Esto ha tenido, como consecuencia, que muchos cristianos se han implicado en un fuerte compromiso social para mejorar la vida de los pobres, y, desde esa compañía de los pobres, han visto aumentada su fe, su esperanza y amor.

Todo compromiso serio por los pobres conlleva la elaboración de una tensión que pronto surge. Tal tensión consiste en cómo asumir que, tras poner todos nuestros medios para combatir los infiernos, nos chocamos con la evidente constatación de que no se ha reducido el mal, sino que su presencia persiste de forma demoledora y frustrante. Los inmigrantes siguen muriendo en el estrecho, los chicos de los barrios siguen enganchándose a la droga y, en cualquier parte del planeta, los débiles siguen siendo explotados.

Elaborar este problema nos conduce a una versión renovada de la clásica disputa entre católicos y reformados, la disputa entre justificación por la fe y justificación por las obras. Justificación pro las obras sería, en este caso, pensar que la salvación para los otros está al alcance de las mediaciones que pongamos. Tal actitud, si no se combate, aboca a un callejón sin salida manifestado en sensación de impotencia paralizante cuando el mal no se acaba. Genera desesperanza y, tarde o temprano, conduce al abandono de los infiernos, mientras éstos siguen llenos.

Asumir la persistencia del mal sin perder la esperanza precisa de una experiencia mística y fe en la salvación consumada que Dios obrará algún día. De parte de los que descienden, esta experiencia consistiría en que sin reducir un ápice de la acción y la compasión, viviéramos con la confianza de que la salvación de las víctimas no podemos esperarla en este mundo. Supone asumir con paz que estamos bajo la bandera de Cristo, la de los perdedores, y ni ellos ni nosotros veremos la justicia en este mundo. Tal experiencia tiene una versión más pura de justificación por la fe, cuando se produce en los que están en los infiernos. En situaciones de absoluta precariedad, ellos pueden descubrir en fe que Dios les quiere y está especialmente cercano a su dolor. Abandonados de todo recurso humano, experimentan que Dios les salva aquí, con su presencia y les salvará para siempre en la otra vida. En estos casos es muy sugerente la metáfora judicial que, a veces, aparece en la Escritura. Un acusado en un juicio no se defiende a sí mismo. Pone su confianza en que jueces y abogados lleven su causa. De la misma manera, la causa de los débiles la lleva el Señor (Is 49, 4-6; 51,8-9).

En definitiva, estamos llamados a asumir la tensión de seguir luchando, aunque sabemos que no veremos todas las lágrimas enjugadas, a tratar de sostener la esperanza en el descenso y permanencia en los infiernos acompañando a los que sobreviven en ellos.

En un contexto así, se hacen potentes las imágenes bíblicas de salvación. Ante tantas lágrimas vertidas, Dios enjugará el rostro de los que lloran. Ante tanta exclusión y tanta hambre, Dios mismo los sentará a su mesa y les servirá manjares suculentos (Mc 2,15). Ante la desposesión de todo, poseerán la tierra (Mt, 5,4). La cercanía y la permanencia de Dios llegará a ser absolutas. El mandato de los olvidados.

Al final de estas páginas, podemos, al menos, afirmar que hemos puesto todo el esfuerzo en cumplir el objetivo inicial. Éste consistía en tratar de entender desde la fe qué palabra tiene Dios para los infiernos de este mundo. Pretendíamos proponer una respuesta a tal interpelación usando como base el artículo del Credo: Cristo descendió a los infiernos. Hemos tratado de justificar cómo el paradigma del descenso de Cristo a los infiernos puede servir de inspiración para explicar la presencia y salvación de Dios en las situaciones infernales de la historia.

Porque Cristo descendió a los infiernos y el hombre es posibilidad de perdición, asegura su presencia en cualquier situación de este mundo, incluso en las más infernales, donde el rostro humano se encuentre más desfigurado. El descenso de Cristo posibilita, por un lado, que confiemos en que nadie haya sido condenado y, por otro, que la Trinidad siga salvando en los infiernos de este mundo y los seguidores de Jesús no puedan vivir ajenos a ellos. Esta continuidad de la acción salvífica del descenso a los infiernos en la historia motiva que el título de este cuadernillo sea Cristo Sigue descendiendo a los infiernos y no Cristo descendió a los infiernos. Cristo sigue descendiendo y nos invita descender con él. Cristo sigue salvando con su presencia en los infiernos, continua revelándose como consolador y único Señor de los que padecen el más atroz desamparo en los infiernos de este mundo.

 

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