Así se expresó Pedro Laín Entralgo. Y de esta manera nos encontramos especialmente en lo que se sigue llamando, en lenguaje litúrgico, adviento, cuyo significado es “llegada”. ¿De quién? De un salvador, de un liberador de la opresión.
Los dominadores de aquel pueblo del oriente medio, Israel, fueron turnándose: Egipto, Asiria (Babilonia), sucesores de Alejandro Magno (Ptolomeos, Antíocos), Roma…
Ellos, sin embargo, seguían esperando, o ¿más bien aguardaban? Dijo no sé quién que muchos están en la vida como en una sala de espera: no esperan nada. En cambio André Gide, en Tetuán, al leer el acostumbrado letrero sala de espera , exclamó: “Quelle belle langue, que celle qui confond l'attente et l'espoir” (¡Qué bella la lengua que confunde la espera con la esperanza!). Así lo cuenta Cabodevilla en su libro “La impaciencia de Job”.
Permítaseme un mito griego, un poco misógino tal vez, aunque no menos que el relato bíblico del paraíso:
Pandora, que es igual a todos los dones, porta una caja enigmática, que ofrece a los mortales y, en concreto, a Prometeo, que es igual al que piensa antes. Él, gigante de cuerpo y de sospecha, no acepta la caja, se va.
La seductora se topa con Epimeteo, el que piensa después, grande también en lo físico, en previsión, menos: acepta el nefasto regalo, curioso, lo abre y se vuelan todos los bienes, salvo uno, que permaneció en su fondo…
¿No poetizó Dante con “La Divina Comedia” sobre el origen y las consecuencias del mal? ¿Y J. Milton sobre el “Paraíso Perdido”?
El proverbio francés reza: Il faut savoir attendre. El español es un poco más pesimista: Quien espera… desespera. Y el profetismo hebreo, esperanzado, anuncia: “Mira que vienen días en los que yo haré un pacto con la casa de Israel: Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
De las bienaventuranzas, una: “Dichosos los que lloran, porque serán consolados” (Lc 6,21).
¿Cuándo será, Dios mío, cuándo será? |