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Noviembre 2004, segunda semana    

A Lucas López le gusta escribir cuentos. Los escribe a partir de lo que vive. Lo que no quiere decir que de primera mano pudiera presentarnos a cada uno de los personajes que aparecen en las narraciones. En sus idas y venidas, sin embargo, Lucas López entra en contacto con sueños e historias que luego se hacen en el teclado. Por aquello de que él mismo se convirtió en un itinerante, en sus cuentos cortos aparecen aeropuertos, aviones, barcos y, últimamente, también las pateras.

Mi esposa también

Mohamed Ahmed mantuvo la mirada del policía que tenía frente a él. Aquel hombre fumaba un escuálido pitillo cuyo olor rebotaba agrio contra su nariz. “Es una costumbre de nuestro pueblo y no entiendo por qué se me prohíbe”, le repitió lentamente con un acento fuerte que delataba su origen magrebí. José Carlos Negrín escuchó lleno de ira. Llevaba doce años en la policía y estaba harto de mafias rumanas y moros desalmados. Cada noche, al llegar a casa, jugaba con sus hijos, Carlitos, de nueve años, Marina, de siete hasta agotarlos, mientras trataba de tragarse la jornada. Luego, junto a la cama, con ellos bajo las sábanas, rezaban el “desusito de mi vida” que él mismo había rezado de pequeño junto a su madre y sus hermanitos. Con los niños durmiendo, José Carlos se sentaba frente a la tele y tomaba un baso con ron con mucho hielo y algo de limón. Ya se había acostumbrado a la ausencia de Marina, su esposa, que se aburrió de él, así le dijo, el día que la pequeña cumplió los cinco. “Mi esposa también”, insistió Mohamed Ahmed tratando de hacer comprender al hombre de uniforme que todo estaba bien y que no venía a cuento la intervención de la policía. En realidad, el uniforme de José Carlos le atemorizaba. Sólo una vez había sido interrogado por la policía en Marruecos. Un ojo amoratado, una costilla rota y el miedo incrustado en las células por todo el cuerpo quedaron como testigos de aquel inoportuno encuentro. “No me pegue, yo voy a contarles todo”, le dijo en el mismo momento en que José Carlos le esposaba y le informaba que quedaba detenido. “Mi esposa también”, insistió Mohamed Ahmed. José Carlos lo hacía avanzar hacia el coche policial, que aguardaba fuera. “También mi esposa”, insistía Mohamed. José Carlos se trasladaba a las noches, tras acostar a sus niños, sin su esposa, con el ron de la desmemoria en la mano, en la garganta ahuyentando cualquier otro calor, en sus tripas espantando a la soledad. “Sin mi esposa, mi esposa tampoco”, le dijo a Mohamed que no alcanzó a saber si no había entendido las palabras o si el hombre de uniforme le había dicho que su esposa no. “Claro que no, su esposa no es musulmana”, acabó por contestar. “Pero mi esposa es creyente, y también mi hija. Esto es lo que Dios quiere”, continuó Mohamed Ahmed en su continuo intento de hacerse comprender por el policía que, más bien ajeno a sus palabras, le introducía por fin en el automóvil ante la atónita mirada de un grupo de niños que habían estado jugando a la pelota hasta la llegada de la patrulla. “Usted fuma y yo diría que también bebe y eso está muy mal y hace daño a la salud”, insistía Ahmed con la convicción de que sus muchas palabras amansarían las iras de los policías y, de ese modo, evitaría los golpes que, sospechaba, podrían llegar de un momento a otro. José Carlos tiró el tabaco antes de entrar en la comisaría y encerrar a Mohamed Ahmed. Se sentó en su mesa donde el ordenador permanecía encendido y comenzó a rellenar el formulario de informe de la incidencia diecisiete del día. Al rellenar la casilla que hacía referencia a los motivos de detención escribió: “Presunta responsabilidad en la ablación del clítoris de su hija Fattumata”. Luego deseó profundamente tener un vaso de ron en la mano.