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A Lucas López le gusta escribir cuentos. Los escribe a partir de lo que vive. Lo que no quiere decir que de primera mano pudiera presentarnos a cada uno de los personajes que aparecen en las narraciones. En sus idas y venidas, sin embargo, Lucas López entra en contacto con sueños e historias que luego se hacen en el teclado. Por aquello de que él mismo se convirtió en un itinerante, en sus cuentos cortos aparecen aeropuertos, aviones, barcos y, últimamente, también las pateras. |
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| Almería | ||||||||||
Tuvo que pagar en dólares: mil doscientos. El que parecía ser el jefe de la expedición les dijo: “Si nos atrapan los policías debemos decir que somos de Liberia y que huimos del país por causa de la guerra”. Manuel era guineano. Estaba seguro de que eso sería una ventaja cuando llegara a España. “Yo hablo como ellos, entiendo su idioma”, decía a todos sus compañeros de viaje. Tenía diecinueve años. Levantó la mano. El jefecillo le permitió hablar, y Manuel preguntó: “¿En qué parte nos van a desembarcar?” Un rumor aprobó la pregunta. El jefecillo, todo serio, contestó: “Almería, en el sur de España”. Manuel no había estudiado y no sabía dónde estaba Almería ni qué parte era el sur de España, pero grabó aquel nombre en su memoria. Seis horas de travesía acabaron un poco accidentadamente. Les ordenaron saltar al mar y llegar nadando hasta la costa. Como era de noche, Manuel veía sólo unos puntos de luz a cierta distancia, pero no sabía calcular cuánto tardaría en llegar. Los otros compañeros de viaje protestaron y alguno dijo en francés que no sabía nadar, que tendrían que llevarlo hasta la costa. Empezó a gritar y gritar. Los gritos de todos los ocupantes de la patera fueron poniendo nerviosos a los que la guiaban que empezaron a maniobrar como si se apartaran de la costa. Manuel se puso en pie y otros varios con él. La embarcación empezó a cabecear, y el agua entró por la proa con fuerza. “Estos animales nos van a hundir”, dijo alguien en un español que Manuel entendió fácilmente. Pocos segundos después todos se encontraron en el océano mientras la nave se iba a pique. Manuel nadó con toda su fuerza. Al principio le siguieron otros compañeros. Pero sus voces se iban quedando cada vez más atrás. Nadó y nadó desesperado, mientras las luces se acercaban. Nadó y nadó. Sentía cómo se agarrotaban sus músculos. Al poco, un fuerte calambre le obligó a doblarse sobre sí mismo y frotar con fuerza su pantorrilla. Fue entonces cuando sintió la tierra bajo sus pies. Todavía tuvo que superar los embates del oleaje que le golpearon contra la arena de la playa. Por fin se tumbó y sus ojos quedaron fijos en el cielo mientras su agitada respiración iba, poco a poco, recuperando su ritmo natural. Se quedó dormido. El sol amaneció sobre el mar. Quedó en la playa todavía dos horas, hasta que sus ropas se secaron. No muy lejos se veían pasar automóviles. Avanzó hasta la carretera y caminó por ella, cansado, sendiento, hambriento. Todo lo que veía era una tierra árida, blanquecina, con algunas palmeras y algunas casas blancas. Se acercó a una vivienda. “Hola. Buenos días”, dijo con su buen español. “A las buenas, cristiano”, contestó una mujer desde el interior de la casa solitaria. “¿En qué se puede servir?” “Necesito ir a Almería, ¿me puede indicar el camino?” Pidió a la amable y gorda señora que le atendía. “¿Almería?” Exclamó extrañada. “Yo no oí nunca de un pueblo que se llamara así por aquí, en Fuerteventura”, le dijo. |
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