|
|||||
Lucas López es jesuita. Nació en la isla de La Palma cuando los Beatles sonaban por todos lados y antes de que asesinaran a Kennedy. Después de unos años dando vueltas por esos mundos, ahora vive en Las Palmas de Gran Canaria y se encarga de la Dirección General de Radio ECCA Fundación Canaria.A partir de una noticia de prensa, elabora este relato que nos habla de algunas de las cosas que vivimos en nuestra tierra con motivo del actual fenómeno migratorio. |
|
||||
| El día de la virgen | |||||
| En la vivienda de Los Claveles número 7, María se levantó temprano. Fue a la habitación de su pequeña Mónica y la despertó. Aunque protestó un poco, la niña sonrió enseguida cuando su madre le habló suave: “¿Te acuerdas que hoy es el día de la procesión de la virgen?” Veinte minutos después se perdían en la multitud que festejaba al Carmen. Los voladores despertaban a las vecinas rezagadas y agarraban a los hombres camino de sus trabajos. Frente a la imagen de la virgen del Carmen, María levantó a su hija Mónica y le susurró: “Pídele a la virgen que nos traiga pronto a casa a papá”. Mónica, alzada por su madre, miró a los ojos de la imagen y gritó: “Que vuelva pronto”. Hacía diez horas que el Esperanza había dejado el puerto de Noadibou. Desde la borda, a babor, Pablo tenía la mirada perdida en el horizonte. Imaginaba cómo estaría la imagen del Carmen por las calles inclinadas y luminosas de La Isleta, en el puerto de Las Palmas. Al cerrar sus ojos casi podía ver a María, su esposa, y a la pequeña Mónica, discurriendo entre los fieles de la virgen del hábito marrón. Los recuerdos no le ponían añorante porque en apenas unas horas estaría en casa y, además, la fresca brisa marina de esa hora le animaba. Pero la voz de Morales le sacó de su ensoñación. “Joder. Una puta mora en la bodega”, le oyó decir. “Sí, señor juez, eso fue lo que dijo”. En la sala de la Audiencia apenas hay nadie. Mañana será, de nuevo, 16 de julio y se celebrará la procesión del Carmen. María, la esposa de Pablo, escucha el relato sentada en la grada. La voz de su marido es firme ahora. “Pablo, no puedes callarte”, le dijo ella cuando por fin su marido se lo contó. Hacía apenas ocho días desde que llegaran a puerto y en una semana saldría de nuevo hacia Sudáfrica. “Tú estás muy raro”, le dijo ella sonriendo al comprobar que, por más que se insinuara, Pablo no había querido jugar al amor con ella la noche de su llegada. María se dio se cuenta que era la primera vez que pasaba algo así, y no quiso sospechar que él hubiera estado con otra. Esa misma noche, hacia las tres, María de pié, asustada, contemplaba a su marido sudando que gritaba en sueños cosas que ella no podía entender. Lo despertó y lo abrazó mientras él lloraba. “Nada, nada, no te preocupes. No es nada”, le respondió ante sus preocupaciones. La segunda noche Pablo volvió borracho a casa y Mónica, la niña empezó a llorar asustada. María lo duchó con agua fría y, ante las protestas de su marido, lo llevó a la cama. Pablo se quedó dormido. “Pablo, no puedes callarte. Tú no hiciste nada”, le dijo cuando, al octavo día desde la llegada, su marido le relató que habían tirado a una mujer por la borda. Pablo se dejó abrazar por su esposa que, entre los sollozos de su marido, escuchó y apenas entendió: “Yo sí hice”. Se sucedieron los interrogatorios policiales y las detenciones. La tripulación entera del Esperanza pasó a disposición judicial y las amenazas a Pablo y su familia se multiplicaron. María y Mónica se fueron con los abuelos, a Los Portales, en Arucas. La casa de Los Claveles, en La Isleta, amaneció entre llamas. Así que, cuando Pablo salió con la condicional, se vino también a Arucas. Por orden del juez instructor de la causa, ni él ni sus compañeros podían embarcarse. El juez escuchaba. María también. Por más que había oído muchas veces el relato y había perdonado, le dolían las palabras. “Yo también”, confirmó ante el juez tras narrar de nuevo cómo desnudaron y violaron a la joven africana. “No sabíamos donde se había subido. Desde Sudáfrica habíamos tocado cuatro puertos. Pero por el aspecto que tenía yo pensé que era de Noadibou”. El resto de la tripulación observaba en silencio. “Sabía que estaba mal y que no debíamos hacerlo. No tengo excusa. No me atreví a pararlo. Luego no me atreví a no participar. Soy culpable”. María escuchaba y las lágrimas le recorrían las mejillas y recordaba el llanto de su esposo el ocho de septiembre último, cuando subieron desde Arucas a Teror, ante la virgen, descalzos los dos, en penitencia. “Virgen del Pino, permítenos volver aquí en peregrinación”, le rezó a la virgen y se lo dijo a su esposo. “¿Cuándo volveremos? Sabes que serán años en la prisión.” María, en un arranque de rabia, le prometió: “Te esperaré”. Pablo la miró y nada dijo. Por dentro pensó que también alguien estaría esperando todavía noticias de aquella chiquilla en algún lugar de Mauritania. El dieciséis, día de la virgen del Carmen, la tiraron por la borda. Pablo lanzó un neumático negro. “No jodas, mira que si rescatan a la puta mora nos enchironan a todos”, dijo el capitán. Morales, el que la había descubierto en la bodega, fue el primero y así se lo comentó a todos: “Es la primera vez que me lo hago con una virgen, ¿vieron la sangre?” Dos días después, cuando el Esperanza llevaba casi cuarenta horas atracado en el Puerto de La Luz, en Las Palmas, Fátima sintió que había llegado la hora de sumarse a las estrellas. |
|||||