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PATERA.
Las pateras, lo sabemos, suelen bajar en número cuando llega el otoño. Las lluvias y los vientos, es decir, el mal tiempo, frenan la aventura de todas esas personas que siguen soñando a Europa como un paraíso para rehacer sus vidas.
Algunos medios de comunicación recogen la opinión de determinados especialistas que nos alarman: al ritmo actual, dicen, los españoles y las españolas tendremos, entre nosotros, a más de cinco millones de personas con nuestra ciudadanía y nuestro pasaporte que, sin embargo, tendrán la piel más oscura y habrán nacido en algún punto lejano del sur del mundo.
Permítanme compartir con ustedes un doble sentimiento.
El primero es de alegría: ¡qué bien que en nuestras sociedades vivamos cada vez más el mestizaje! Que bien que, como decía la canción de Pedro Guerra, tan felizmente cantada por Ana Belén, otras gentes y otros pueblos se mezclen con nosotros y nosotras. Incluso, qué bien, qué alegría, ver que somos capaces de articular medios para acoger a tantas personas que salieron de sus países no por puro gozo turístico sino, no lo olvidemos, porque se les hacía imposible vivir allí. Por todo esto, qué bien, qué alegría.
Pero tengo un segundo sentimiento: ¡qué tristeza! Sí, me entristece ver que tantas personas tienen que dejar su patria, su familia, sus amigos, su lengua, su cultura, sencillamente porque no tienen medios para vivir en su entorno. Me entristece que, mientras en nuestro mundo occidental vivimos como jamás vivió sociedad alguna en toda la historia de la humanidad, la inmensa mayoría de la población mundial sigue empobrecida y empobreciéndose. Me entristece que detrás de cada rostro con piel más oscura hay miles, millones, de historias de tragedia y dolor. También me entristece que, a esos y a esas, a los que tienen necesidad de abandonar sus tierras, hay quien no los quiere recibir.
Llega el otoño y, seguramente, con las lluvias y los vientos, vendrán menos pateras a cruzar las aguas que separan las islas de África. Pero eso no significará que hay menos pobreza al otro lado, ni que hemos dedicado más dinero a la cooperación internacional, ni que hemos mejorado nuestra legislación para comportarnos como hermanos, como hermanas, de todos, de cada uno y cada una, por muy al sur que hayan nacido.
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| La eutanasia y el derecho a morir con dignidad.
La reciente legalización de la eutanasia en Holanda, en determinados supuestos, se convierte en una ocasión para reflexionar sobre el final de la vida en nuestras sociedades desarrolladas. Aunque la ciencia y la técnica hayan dado pasos relevantes en la prolongación de la vida, en cualquier caso al final se presenta la muerte, momento que se prolonga también a veces entre sufrimientos. En estas circunstancias surgen dos posiciones enfrentadas entre sí: la de determinados individuos o grupos sociales que pretenden dejar en manos del enfermo la decisión sobre sus últimos momentos y la de los creyentes que, desde su afirmación sobre Dios como único Señor de la vida, toman postura en contra de cualquier tipo de interrupción de la misma.
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