Lucas López sj comparte con REDANCHIETA su reflexión sobre la tumba abierta en la que estaba depositado el cadáver de Jesús; esta es la segunda entrega.
Volvieron a la comunidad y losencontraron a todos reunidos.
Los signos del resucitado.
La experiencia del resucitado se da en el camino hacia Emaus.
¿En qué creemos? ¿Cuál es pues nuestra fe?
Muchas veces nos pasó también a nosotros lo que aquellos dos discípulos que marcharon hacia Emaus. A lo largo de estos años, no en pocos momentos nos hemos encontrado charlando con otros sobre qué fue lo que nos pasó, dónde perdimos la esperanza, en qué momento se nos quitaron las fuerzas y, de algún modo, renegamos de una fe que nos lanzaba al compromiso con el Reino de Dios y su justicia. También nosotros hemos sentido las ganas de dejar la comunidad, el grupo con el que nos comprometimos. Fueron muchos los motivos del desencanto. Y no pocas veces los hemos explicado: no podíamos creer en lo que buscábamos, porque nos falló alguien, porque no conseguíamos ningún éxito, o sencillamente porque estábamos más cómodos de otra manera.
Los caminantes de Emaus se sintieron sobrecogidos por la cruz de Jesús. Para ellos fue el fracaso definitivo de todas sus esperanzas en que aquel iba a ser el libertador de Israel. Por eso se marcharon. Para algunos, en vez de irse de la comunidad, la muerte de Jesús supuso el temor, el miedo, que llevaba a encerrarse sobre sí mismos. Esa imagen de la pieza en la que se amontonan los discípulos de Jesús, con las puertas siempre cerradas, o esa otra imagen de los dos que, perdidas todas las esperanzas, marchan lejos, camino de Emaus, reflejan mucho nuestras vidas como personas, como cristianos individuales y también como comunidades.
Angel, mi amigo, después de la muerte de su hijo en la vía de un tren, nunca más quiso volver a hablar sobre el tema de los narcotraficantes en el barrio. Tuvo miedo. Se encerró en una fe protectora, que no le impulsaba al compromiso con su gente, con su barrio. Demasiado había aprendido que si uno se levanta en medio de estas guerras, se reciben heridas. La muerte de su hijo le hizo pensar que se había equivocado de Dios: el Cristo Libertador no funcionaba o no vivía en el barrio. Allí sólo quedaba sitio para un Dios al que pedir protección frente a los malhechores, un Dios que me invitaba a encerrarme en mi casa, con mi familia, leyendo su Palabra, haciendo oración, o acudiendo a los cantos y a los rezos de la comunidad. Pero siempre con las puertas cerradas.
Con frecuencia, los tiempos señalan ese camino. Vivimos momentos en que las cosas no están claras, dificultades espirituales, morales, sociales, llenan nuestra cabeza y nos hacen pensar que, en realidad, no hay liberación posible ni para esta sociedad nuestra ni tampoco para nosotros. Son muchos los que en estas circunstancias tienen la tentación de dejar la Iglesia. Muchos de hecho la dejan. Buscan en otras iglesias o en otros dioses una comodidad y una seguridad psicológica que no encontraron en la catolicidad. Otras veces, es la propia Iglesia la que siente la tentación de quedarse encerrada en su propia pieza, con ventanas y puertas bien trancadas, intentando vivir y fortalecer la unidad de la Iglesia, sin saber qué decir ni atreverse a participar en la vida pública, por temor “a los que mataron a Jesús”.
El caso es que precisamente en el camino de huída se les acercó un caminante. A los otros les aconteció mientras estaban encerrados y muertos de temor. No hay huída a la que no pueda llegar el resucitado. Ni tampoco hay puertas y ventanas que se le puedan cerrar totalmente.
Los textos bíblicos del resucitado nos muestran siempre el camino de la fe.La fe en el resucitado, la que les hará un día volver a la comunidad, la que abrirá a la comunidad y la mandará a la plaza pública a dar testimonio, es una fe que llega como el don para entender los signos o señales de su presencia.
Los dos camino de Emaus tendrán que contar a aquel extraño que sí, que es cierto, que unas mujeres les habían dicho que la tumba estaba abierta y que unos mensajeros les proclamaron que Jesús estaba resucitado. Incluso reconocieron que dos discípulos habían corrido hasta la tumba y que la habían encontrado como las mujeres habían contado. Pero aquellos signos no eran suficientes, los caminantes dijeron con contundencia: “Pero a Él no lo vieron”. No sorprende la incredulidad de estos dos discípulos que ahora no reconocen a quien les acompaña. Para ellos, dos mujeres eran nada. La propia ley judía señalaba que las mujeres no podían valer como testigos en un juicio. Con ellas sucedía lo mismo que con el Cristo Cruficicado: no eran creíbles. La cruz les había hecho perder la esperanza en aquel hombre bueno de Nazaret, un profeta grande en obras y en palabras. Pero los jefes lo habían matado. No podía ser. No era creíble. Él no podía ser el libertador de Israel. Por eso se habían marchado.
El paso siguiente nos muestra al caminante ayudando a los dos exiliados a comprender. Les hace partir de su propia experiencia y les invita a leer su vida y la vida de Jesús a la luz de la fe: la Palabra. Una fe que traslada los valores. Empezando por Moisés y siguiendo por los profetas, el resucitado les hace releer la cruz, la condena por parte de los jefes y autoridades, o el testimonio pobre de unas pocas mujeres. Ellos notaban que les ardía el corazón. La presencia del resucitado se da en la escucha de la Palabra y en la mirada hacia la propia vida que esa Palabra provoca.
Sí, la mirada hacia la propia vida, pero entendida esta vida no como un acontecimiento encerrado sobre sí mismo, sino como una presencia en medio de la comunidad. Eso fue lo que pasó con los dos caminantes, al llegar a su destino caen en la cuenta de que el día va de caída y piensan por una vez en algo que no son sus propios intereses, salen de sí mismos: “quédate con nosotros, que anochece”. Aquella invitación al otro, aquella apertura hacia el Otro, les va a permitir reconocerlo, al compartir el pan. Celebrar la eucaristía se convierte en sacramento de la presencia del resucitado. La eucaristía no es un acto privado de fe, es un reconocimiento público de la presencia de Dios en el hermano y en la hermana. Es un reconocimiento público del resucitado en todo aquel que se nos acerca por el camino de la vida. Decía el viejo lema benedictino: “Hospes alter Christus”: “el huésped es otro Cristo”.
Después vendrá el retorno, en medio de la noche, a Jerusalén, para encontrarse con la comunidad, para contar lo que han vivido. Y allí serán ellos los que reciban el anuncio: “Es cierto que está vivo y se apareció a Pedro”.
¿Qué ha pasado mientras tanto con aquel grupo de hombres y mujeres que quedaron encerrados entre las cuatro paredes de una pieza por temor?
La presencia en medio de ellos tomó un carácter diferente: alguien que les presenta las manos y el costado, con todas sus heridas; alguien que les llena por dentro con su expresión: “Paz con ustedes”; alguien que sopla sobre ellos y les transmite el Espíritu Santo. Esa presencia con heridas, paz y Espíritu, es la presencia del resucitado. ¿Se puede creer en un resucitado con heridas? Las heridas con que Jesús se presenta, las heridas desde las que nos bendice con su paz, son la señal histórica de que algo ha sucedido a Dios en su relación con nosotros. No es imaginable un Dios que ante las heridas del mundo, no esté a su vez herido. La resurrección de Jesús no es el final feliz de una película que arregla todos los problemas de la historia. El resucitado se presenta herido. En esas heridas da el poder del Espíritu para perdonar los pecados.
Entonces, ¿qué nos queda finalmente? ¿Cuáles son los signos del resucitado?
Nos queda la reconstrucción de la comunidad. Es a ella donde el cristiano vuelve para contar su experiencia de encuentro con el Señor. Y es en ella donde el cristiano recibe también el testimonio de otros creyentes. La eucaristía, no únicamente como momento litúrgico en que partimos el pan, sino como celebración de la vida de Jesús, de su muerte, de su presencia en nuestras vidas, como celebración de la comunidad entera que vive dispersa en el mundo, es signo real del resucitado.
Nos quedan las heridas. No sólo no podemos pasar sobre ellas, no sólo no podemos defendernos de ellas. Es que en ellas se manifiesta la resurrección y la vida. En nuestras heridas y en las heridas de la comunidad tenemos no tanto un adversario contra el que luchar, cuanto un testigo del Dios que ya está para siempre en medio de nuestra historia. Mis propias heridas son ocasión para reconocerlo. También las heridas de mis hermanos.
Por fin, nos queda el Espíritu. Espíritu que nos llega como don, que nos lleva a perdonar. Es ese Espíritu el que nos llega con este pronunciamiento: “Paz para ustedes”.En plural y dicho por el portador de las heridas. Ese Espíritu el que nos sacará de nuestro estar encerrados por temores reales o imaginarios. Es Espíritu es el que nos enseña a leer las Escrituras y a entender que en ellas ya se nos hablaba del Señor Jesús. Sí, ese Espíritu es el que nos recuerda a Jesucristo, porque, al fin y al cabo, ese Espíritu es el Espíritu de Jesús.