Sergio Rosa Caballero nos hace la crónica del decimosexto encuentro de jóvenes de la diócesis canariense.
Agüimes se convirtió el pasado 8 y 9 de abril en el punto de encuentro de los jóvenes católicos de nuestra Diócesis con motivo del decimosexto Encuentro Diocesano de jóvenes.
La experiencia del ciego Bartimeo, de su encuentro con Jesús (Mc 10, 46-52) fue el eje alrededor del cual se desarrolló la dinámica de todo el Encuentro: así la villa de Agüimes se constituyó como el Jericó del joven de hoy, los cuales, al igual que el ciego Bartimeo sentado al borde del camino, analizaron sus cegueras en los talleres de experiencia la mañana del sábado; gritaron junto con Bartimeo “¡Hijo de David, ten compasión de mi!” en los talleres de creación que siguieron esa misma tarde; fueron llamados al igual que el ciego y buscaron la sanación a sus cegueras durante la Vigilia de esa noche y por último se comprometieron con Jesús al día siguiente en la misa del domingo de Ramos.
Los jóvenes y Bartimeo compartimos protagonismo con alguien casi recién llegado a nuestra Diócesis, y que para la mayoría de nosotros, los jóvenes resultaba aun desconocido: nuestro nuevo Obispo, D. Francisco Cases Andreu.
Sobre las 10:00 de la mañana del sábado tuvo lugar nuestra acogida a manos de los organizadores y del señor Obispo, el cual mostró desde un principio los nuevos aires de cercanía en el trato y de entusiasmo que entraban en nuestra Diócesis y particularmente en este Encuentro de Jóvenes. Una presentación amena y original que enganchó a los jóvenes, a la vez que permitió mantener un rato de oración y reflexión, dio la bienvenida a cerca de los 800 jóvenes que asistimos al encuentro, teniendo como importante novedad la incorporación de aquellos chicos y chicas llegados desde Lanzarote y Fuerteventura, unos 40 y 25 respectivamente, que cada año solían realizar conjuntamente su propio encuentro y que este año lo han podido disfrutar junto al resto de los jóvenes grancanarios.
Durante la mañana y la tarde del sábado, chicos y chicas se enfrentaron a las cegueras que desorientan al mundo y particularmente a ellos, los jóvenes. Así el consumismo y el consumo responsable, la influencia de las marcas, el culto al cuerpo, las noches de marcha, la sexualidad y sus tabúes, la moda, la telebasura o el éxito a cualquier precio fueron los protagonistas de los once talleres que fueron preparados por distintas organizaciones, movimientos y particulares. Al mismo tiempo los animadores compartíamos nuestras experiencias de acompañamiento en un taller impartido por el propio Obispo en el que ayudó a animadores maduros y a otros más jóvenes a profundizar en la actitud de escucha y ánimo al joven de hoy para ayudarlo a levantarse como hizo Jesús con Bartimeo.
En el centro histórico de Agüimes, el cual disfruta de una limpieza y una belleza ejemplar y envidiable, se dispusieron distintos rincones en los que el joven, según sus inquietudes y necesidades, encontrará un lugar parar fortalecer distintas dimensiones de su vida cristiana: así el rincón de la reconciliación en el cual podía celebrarse el sacramento del perdón; de la solidaridad donde los testimonios y los proyectos de ayuda a los más necesitados presentaban a los jóvenes una realidad distinta a ala que acostumbran a conocer a través de los medios de comunicación; de la oración donde el silencio ayudaba a encontrarse con uno mismo y situarse en presencia del Señor para escuchar o simplemente acompañarlo; y de la vocación que pretendía mostrar al joven las distintas vocaciones como laico, sacerdote o consagrado dentro de la Iglesia, ayudándose de un video que recibía las felicitaciones más sinceras de aquellos que lo disfrutamos.
La Vigilia de la tarde del sábado condensó los momentos de oración y espiritualidad más fuertes y sinceros de toda la convivencia, así mucho perdimos la noción del tiempo desde que entramos en procesión silenciosa hasta que salimos directos a la chocolatada de la noche. Momentos de oración comunitaria se mezclaban con la oración personal, acompañada por cantos y letanías o lecturas y testimonios que la gran mayoría de los allí presentes disfrutamos con entusiasmo y recogimiento a la vez. Durante todo el Encuentro, pero especialmente en momentos como la Vigila se muestran las dos caras de la juventud allí congregada: por un lado aquellos que sintiéndose a gusto con el momento participan de la oración, cantan e incluso llegan a derramar lágrimas auspiciadas por un recuerdo doloroso o una alegría inmensa de sentirse amigos del Señor; por otro lado aquellos que no saben aprovechar el momento y ríen e incordian a pesar de tener edad para reparar en el lugar y en le momento en el que se encuentran, y que deben ser avisados en más de una ocasión por alguno de los muchos animadores que allí nos encontramos.
La noche, amenizada por una pequeña verbena como viene siendo costumbre, dio paso al descanso, en la mayoría de los casos, y a un nuevo día que comenzaba con los cantos de gallos y campanas que para desgracias de muchos no habían dejado de cantar y teñir durante casi toda la noche.
El desayuno, el ensayo de cantos para la celebración de mediodía y el tradicional pasacalles, que este año resultó más llevadero y simpático que últimamente, ocuparon la mañana hasta las 12:00 momento en el que después de mucho años se recuperaba una tradición olvidada ya en los Encuentro de Jóvenes de nuestra Diócesis: el Diálogo con el Obispo.
Durante cerca de una hora el Obispo contestó y reflexionó en voz alta acerca de preguntas que portavoces de los distintos talleres del día anterior le formulaban. No tembló el Obispo cuando los jóvenes se interesaron por la postura de la Iglesia Católica con respecto a los homosexuales, ni al hablar de Internet, las marcas o el consumismo. De hecho ante todo esto respondió con calma, haciendo uso de un lenguaje sencillo y asequible al público que lo escuchaba, sin grandes “sermones” ni palabrería y lo más importante, sin buscar el aplauso fácil ni hacer concesiones populacheras. Esa accesibilidad y cercanía en el hablar caracterizó también la homilía que desarrollaría en la misa de ese domingo de Ramos.
La presencia del Obispo fue sin duda la gran novedad de todo el encuentro, el cual siempre supo estar en su lugar y no adquirir más protagonismo que el que ya tenía, así durante la vigilia, a pesar de acompañarla hasta el final, no “abrió la boca” y cedió el protagonismo a los organizadores a cargo del momento; se mostró cercano cenando y comiendo con el resto de los asistentes e hizo gala de un lenguaje sencillo y una jovial simpatía. Es normal pues que no fueran pocos los jóvenes, y no tan jóvenes, que acercándose a D. Francisco le agradecieran su trato y su compañía durante ese fin de semana.
El especto negativo lo representa, como cada año, la falta de invitación que en general se hace en todo en Encuentro a vivir los días posteriores tan importantes para los cristianos: Semana Santa y Pascua.
El fin de semana del domingo de Ramos se convirtió para los jóvenes en un momento de compartir la Fe en comunidad, de escuchar testimonios y de disfrutar de unos días de convivencia distintos, de unos días en torno al Señor y su mensaje.