Lucas López sj comparte con REDANCHIETA su reflexión sobre la tumba abierta en la que estaba depositado el cadáver de Jesús.
¿De qué sirvieron o para qué valieron las muertes de tantas personas que se opusieron a la dictadura de Stroessner en el transcurso de los años? ¿Qué utilidad tuvieron las muertes de Ignacio Ellacuría, sus compañeros y miles de salvadoreños defendiendo la fe y la justicia? ¿Qué sentido tenía el cadáver sin vida de Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, sobre las escalinatas del presbiterio de su catedral?
De todas estas personas se puede decir que, como Jesús, dieron su vida. Pero a ellos, como a Jesús y a todos, la muerte les llegó. El sentido de aquellas muertes no es más cuestionador que el sentido de otras muertes: la sala de oncología infantil de cualquier hospital, un cadáver flotando en el Atlántico, o la muerte, cualquier muerte, de una persona que nos es conocida.
El hecho histórico de tantas muertes que podrían removernos, como las cien personas asesinadas en Indonesia, los miles que murieron en las torres gemélas, los cientos de miles que han caído en las calles de las ciudades mártires de Irak, la gente que perdió la vida en los trenes de Madrid o los autobuses de Londres, o los miles que mueren por hambre cada año, tienen sentidos diferentes: unas son acontecimiento, otras sólo pasan ignoradas.
La muerte de Jesús de Nazareth tenía todas las posibilidades del mundo de pasar como una más en el olvido de aquella máquina de matar que era la administración imperial Romana. Aquel hombre murió el mismo día que mataron a otros dos junto a él. Y a tantos otros que fueron ejecutados. ¿A quién asesinaron el día antes? ¿Quién ocupó el espacio que dejó libre en la cruz el cuerpo muerto de Jesús? No lo sabemos. Igual hubiera podido pasar con el NAZARENO.
La muerte de Jesús afectaba no más que a unos pocos seguidores que llegaron hasta el final y a las autoridades directamente implicadas en su asesinato. Sin embargo, un rumor desconcertante la acompañó casi desde los primeros días, al tercer día. Se trataba de un rumor poco menos que increíble que en el corto espacio de unos pocos años había alcanzado los confines del Imperio y que, de forma claramente milagrosa, sigue perdurando hoy día. Aquellos hombres y mujeres decían que, según las escrituras, el Señor Jesús había sido glorificado, alzado a la diestra del Padre. O sea, hablaban de eso a lo que llamamos resurrección.
Los relatos evangélicos coinciden en algunos datos. El más llamativo es éste: el sepulcro de Jesús es encontrado abierto por quienes van a visitarlo. Las mujeres que iban aquella mañana pensando quién habría de moverles la piedra que tapaba la tumba, se encontraron con que ya alguien habría hecho aquella labor por ellas.
En mi pueblo de origen, el viernes santo a la noche las calles son recorridas por una multitud que acompaña la imagen de Jesús muerto, es una imagen cargada de realismo y emoción: un cuerpo yace, sin vida. Al final del recorrido, en la parroquia, se deposita la imagen de Jesús cadáver dentro de una caja, y los sacerdotes cierran con fuerza en un rito que se repite año tras año. El golpe de la caja al cerrarse es contundente, sonoro, definitivo. Parece querer decirnos: “el muerto está definitivamente muerto”.
La muerte es esa piedra que parece sellar todo sentido, toda esperanza. Solemos decir en un viejo refrán en lengua española: “Todo tiene remedio, menos la muerte”. Y para expresar algo que es definitivo, que nos resulta insoportable, hacemos esta comparación: “como si me hubieran echado una loza encima”. Esa loza es, en realidad, la piedra que cierra todo sepulcro. La muerte trunca todas las esperanzas. Aparece como el final de todos los esfuerzos de comunicación. Después de ella, nuestros recuerdos nos aclaran que nada podemos hacer ya para dar el cariño que no dimos, para resolver las cuestiones que no se afrontaron. La muerte es la ausencia del ser querido. La muerte es el final, siempre es el final, deseado o no, de todas nuestras vidas. La muerte tiene toda la carga de acabar, de cerrar, de impedir, de imposibilitar. Los antiguos israelitas, entendían la muerte incluso como el final de toda posibilidad de comunicación con el propio Dios. De hecho, sabemos que en tiempos de Jesús, el partido de los saduceos no aceptaba que tras la muerte aquí en la tierra nadie pudiera seguir haciendo culto o alabanza a Dios en un cielo. El “seol” del que nos hablan es un lugar donde no se habla, no se mueven, no se come, no se ama,... más bien se vegeta en una permanente espera de la nada.
La muerte de Jesús cerró su vida. Fue como esa loza grande en la iglesia del Salvador, en Santa Cruz de La Palma, que los sacerdotes hacían caer sobre la caja en la que se encerraba aquella imagen de un cadáver. La no vida. La cruz de Jesús parecería negar toda esperanza. Así decían aquellos dos que iban camino de Emaus: “Nosotros esperábamos que Él fuera el salvador de Israel, pero, ya vez, hace tres días que lo mataron...”. Por eso es por lo que ellos, dejando la comunidad, volvieron a su vida anterior.
Pero la sorpresa que sobreviene a cualquiera que pretenda contarnos la historia de los primeros tiempos del cristianismo es ésta: aquellos mismos que huyeron, que lo dejaron solo en un acto de humana y más que comprensible cobardía, aquellos mismos hombres y mujeres están, al poco, de vuelta en Jerusalén. Hablan de Él y actúan en su nombre. Están dispuestos a ser perseguidos, encarcelados y asesinados. Y todo lo justifican con una proclamación inaceptable: “Aquel a quien ustedes mataron, Dios lo glorificó, lo alzó, lo resucitó”. A la pregunta de cómo lo saben, la respuesta es igualmente contundente: “Es cierto, se apareció a Pedro”, les dicen a los dos que habían vuelto de Emaus para contar su experiencia. Más adelante, Pablo, en sus cartas, relatará que se le había aparecido a más de quinientos hermanos, y luego, como un aborto, a él mismo.
Cheeka es un compañero jesuita africano que conocí en Roma, cuando estudiábamos y vivíamos juntos en el Colegio Bellarmino. Un día nos hablaba de cómo en su comunidad de origen, el problema con la resurrección no es que los muertos se aparezcan. Todos saben que los muertos se aparecen. El problema está en el significado de esas apariciones. Sucede algo similar con el pueblo gitano. Recuerdo que cuando leíamos los relatos de las apariciones, más que alegría, uno percibía en la gente una cierta tensión. Se lo comenté a mi amigo Casimiro, el gitano rubio y pelón, me lo explicó claro: “Claro, cura, es un susto, si a mí se me aparece un muerto yo creo que me muero allí mismo”. En realidad, esa muerte como final absoluto que señalábamos más arriba, es una imagen muy propia de la cultura occidental actual. Pero son muchos los pueblos y las religiones que entienden que los muertos siguen estando con nosotros y nosotras y que no pocas veces inciden en nuestras vidas o se nos aparecen. Por eso, lo que nos interesa como cristianos es descubrir qué significado tienen esas apariciones de Jesús, qué significa que él ha resucitado.
Es aquí donde debemos volver a la imagen de la tumba abierta. La loza quitada del sepulcro va más allá de una aparición fantasmal. La loza fuera de sitio es un dato bruto que tiene que ser interpretado por los que se encuentran con ella. Sabemos que se corrió un rumor entre la gente de aquella época, un rumor que, al principio, tocó el corazón de los primeros cristianos: “alguien ha robado su cuerpo”. Sin embargo, aquellos hombres cobardes y desunidos, que peleaban por un puesto a la derecha y otro a la izquierda del libertador de Israel, pero que lo dejaron solo cuando fue apresado, que nada hicieron para liberarlo, no estarían jugándose la vida por un cuerpo robado.
Lo decimos en el Credo: “Al tercer día resucitó, y subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre”. ¿Qué quiere decir, entonces, que Jesucristo resucitó?
Creo que debemos entenderlo como la respuesta de Dios a las preguntas que Jesús mismo se hacía la noche de Getsemaní. Aquella noche, Jesús, previendo cómo se precipitaban los acontecimientos, al borde de la desesperanza clamó a los cielos: “Pase de mi este cáliz”. Como cualquier otro ser humano, sintió una miedo de muerte que le hacía sudar como gotas de sangre. Pero Jesús se mantuvo fiel y firme: “Que se haga tu voluntad”. Jesús no huyó. Ni organizó un ejército para defenderse. No renegó de su Padre, no renegó de la vida que había vivido. Aceptó vivir en coherencia con los valores del Reino. Por eso lo mataron. Y por eso mismo Dios lo resucitó: para proclamar a todo el que quisiera creerlo que vivir así es vivir de un modo que merece la pena, que vivir así humaniza, que vivir así diviniza.
La resurrección de Jesús es la voz atronadora de Dios que contrasta con el silencio de la Cruz. En la cruz, Jesús, colgado del madero, grita: “¿Dios mío, por qué me abandonaste? La tumba abierta es la señal de que Dios no abandonó. Es la señal de que el Padre sí estaba con su Hijo. La tumba abierta, la exaltación de Jesucristo, es de nuevo el mensaje más fuerte que Dios nos da: sólo quien vive al modo de Jesús, sólo quien es capaz de dar la vida, puede vencer la muerte, traspasar su frontera, abrir la tumba, quitar la loza del sepulcro.
De ese modo, el primer significado y el más importante de la resurrección de Jesucristo es que Dios dice sí. Que Dios Padre confirma su vida. Que es verdad que son felices los pobres, que es cierto que los mansos heredarán la tierra, que es un hecho que los que lloran serán consolados y que los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados. La resurrección nos devuelve a la escena del comienzo de la predicación pública, el momento en que Juan bautiza a Jesús y los que estaban allí sintieron que los cielos se abrían y una voz decía: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto”.
El segundo significado tiene que ver muy directamente con nosotros. Si esto pasó con Jesús, igual sucede con nosotros. La resurrección de Jesús significa que también nosotros resucitaremos, que la muerte no tiene la última palabra. O lo que es lo mismo, si vivimos como Jesús vivió, si damos la vida como él la dio, nuestro vivir trascenderá la muerte y viviremos su misma vida.
Con la resurrección de Jesús, no sólo resucita el Nazareno, sino que resucita la humanidad entera. La resurrección de Jesús no sólo confirma la apuesta de Dios por su propio Hijo, sino que confirma la apuesta de Dios por el ser humano. La resurrección de Jesús es la promesa para todos nosotros y nosotras de que Dios no dejó de la mano a tantas personas que quedaron tirada en las veredas de la historia. La resurrección de Jesús confirma la vida y el sentido de la muerte de todos aquellos y aquellas que dieron su vida por el Reino de Dios y su justicia.
El cuerpo sin vida de Monseñor Romero, acribillado a balazos, tirado sobre su presbiterio, está envuelto en la promesa que abrió la tumba de Jesucristo. El cadáver de Ignacio Ellacuría y sus compañeros, y las dos mujeres que fueron asesinadas en aquella casa, no son sin más el resultado fatal de un mundo donde triunfa la injusticia y la muerte. Su cuerpo muerto es una loza levantada de la tumba. Es la promesa de que la Vida, la vida verdadera, la que merece la pena vivirse, triunfará.
Todas las filosofías de la revolución, todos los esfuerzos humanistas por hablar de un mundo mejor futuro, se estrellaron siempre con este problema: ¿Qué fue de los que murieron en el camino? ¿Qué fue de los que fueron arrasados por las máquinas de matar? ¿Qué fue de todos aquellos y aquellas que fracasaron en su lucha y jamás alcanzaron a ver la tierra prometida? La tumba abierta es la respuesta de Dios: su gloria está en la vida de las personas. No fueron muertes inútiles, puesto que ayudan a realizar el sueño de Dios para las personas: un mundo más justo, más humano, más divino. Pero además, ninguna de esas muertes arrancó a los protagonistas del cumplimiento de ese sueño. Ellos y ellas también están llamados al banquete del Reino.