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Revista digital de reflexión y diálogo. Del 3 al 9 de Abril
Un corazón tan grande.
Por Alicia Aller.

Alicia Aller comparte este relato.

Sara tenía siempre la alegría en su rostro. Le sonreían hasta los ojos. ¡No paraba nunca! Se pasaba el recreo de un lado para otro repartiendo besos, de esos bien gordos, y abrazos gigantes que a veces dolían. Había cumplido ya los quince, pero era tan inocente como si tuviera cinco. Llevaba años en el colegio y a pesar de ello mantenía la ilusión del primer día.

Sus problemas para caminar, no le impedían hacerlo, ni correr, ni saltar, ni bailar por el patio, sola o acompañada, con música o sin ella. Cada día tomaba un yogurt de fresa y tres galletas de chocolate. La cuarta se la quitaba Jenny, que nunca traía nada para el recreo y aprovechaba el mínimo despiste de Sara para comérsela.

Cuando sonaba el timbre que daba comienzo a las clases, buscaba a David, su compañero de mesa ciego, para guiarle hasta la clase de la mano, protegiéndole con el mismo cariño que su propia mamá.

Ya estaba aprendiendo a leer, y aunque le resultaba difícil nunca decaía en su empeño. Además, era la única de la clase que leía, lo que le hacía sentirse muy orgullosa. Su madre me contaba que lo primero que hacía al llegar a casa era cogerla de la mano y sentarla a su lado en la mesa del salón para enseñarle las nuevas letras que había aprendido. Pero lo que mas le gustaba era pintar con los dedos grandes murales que cubrían las paredes de la clase llenos de coches, aviones, casas, animales, árboles y niños; era todo un espectáculo verla cada tarde disfrutar dibujando con todos y cantando las canciones de Miliki que sonaban de fondo.

En los últimos años Sara había progresado mucho. Cada día era mas autónoma. Venía sola al cole y hacía casi a diario las compritas que le pedían sus padres en la venta de la esquina.

No se si volveré a ver un corazón tan grande como el suyo. Era incapaz de ver llorar a nadie. Se ponía muy nerviosa y acababa llorando ella; era tremendamente cariñosa, con los de siempre y con los nuevos a quienes acogía sin recelo.

Una mañana su padre fue a despertarla, pero Sara se había dormido para siempre. Su afección cardiaca llevaba amenazando desde que nació con un final demasiado prematuro. La amarga despedida, aquí abajo, se contrarrestó con una gran fiesta de bienvenida en el cielo y pronto todo volvió a su ritmo de siempre, con un nuevo vacío y muchos recuerdos.

Yo era la maestra de Sara, pero hoy me pregunto ¿quién enseñó a quién? Tal vez ella nació para enseñarnos a amar sin prejuicios, sin distinción, sin pensar, sólo amar, desde la alegría del corazón y la gratitud a la vida.
























Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.