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Revista digital de reflexión y diálogo. Del 27 de Marzo al 2 de Abril
Sobre testigos y esperanzas: 25 años después del asesinato de Oscar Arnulfo Romero (y IV).
Por Lucas López sj.
Foto de Lucas López sj.

Lucas López tuvo esta conferencia en Las Palmas de Gran Canaria. Fue solicitada como homenaje, reflexión y recuerdo de los 25 años transcurridos tras el asesinato de Oscar Arnulfo Romero. Muchos otros nombres se encuentran en este listado de dolor y gloria. Cuarta y última entrega.

De héroes y pecadores

Toda esta historia de gloria y heroísmo es también una historia de pecado. Es importante tenerlo en cuenta. Hace unos años, cuando la impresionante masacre de Rwanda entre hutus y tutsis, no sin asombro, descubrí que se trataba de uno de los países africanos donde la fe cristiana estaba más asentada. Cristianos y cristianas asesinaron a machetazos y a tiros a otros cristianos y cristianas. No está mal que con humildad miremos que muchos de los que formaban parte de los diferentes escuadrones de la muerte y de los que accedían al poder eran bautizados, asistían a misa, y se casaban por la Iglesia. No deberíamos asombrarnos tanto. La Europa cristiana ha sido el origen y el escenario de las guerras más grandes de la historia. El generalísimo Franco se consideraba caudillo de España por la gracia de Dios y, probablemente, es el jefe de Estado en toda nuestra historia que más gente haya mandado a la ejecución. Tan bautizado estaba el general Videla como Ignacio Ellacuría. La misma fe confesaba Romero que los militares salvadoreños que lo asesinaron.

Pero además, aunque el ejemplo paraguayo es, en general, heroico, no toda la gente de Iglesia, ni todas las autoridades eclesiásticas se parecieron a Romero o a Monseñor Rolón. Muchos dudaron. Muchos apoyaron a los dictadores (a los que dieron la comunión en público causando escándalo).

Una tarea pendiente

Déjenme, en unos momentos finales, tratar de sacar lecciones para lo que a mí me toca vivir. La primera es la del valor de la vida humana.

Yo creo que ni el Tsunami ni los asesinos de las diferentes dictaduras militares tienen la última palabra.

Lo que ha movido a quienes dieron la vida, lógicamente, tenía consecuencias políticas y se enmarcaba dentro de la situación y las opciones políticas de aquel momento. Pero no pueden reducirse a opciones políticas: la vida, la vida justa, la vida buena, era, déjenme usar la terminología escolástica, la causa final de la entrega de todas estas personas. Jesucristo era, en muchos de ellos y ellas, la causa ejemplar y afectiva. Es posible que las estrategias y los modelos de análisis provinieran de los contextos políticos del momento. En ese sentido, por más que aquellos contextos políticos cambiaron, no cambiaron las motivaciones profundas que movieron a todas esas hermanas y a todos esos hermanos que dieron su vida. Algunas veces, en el cruce de mensajes sobre la persecución sufrida por tantos mártires latinoamericanos, alguien ha pretendido dejar en la tabla el slogan de que fueron asesinados por causas políticas o, incluso, por ser delincuentes al situarse en el campo de la guerrilla o la “subversión”. También a Jesús lo acusaron sus contemporáneos de estar contra el Emperador Romano (“No eres amigo del César”). Es, sin embargo claro que, aunque la dimensión política del mensaje de Jesús acabará por salir a flote en consecuencias concretas, de ningún modo se puede decir que él fuera un hombre que proponía un sistema político concreto. La vida humana, la vida digna, la vida bien vivida, era el mensaje de Jesús y ha sido el mensaje de los mártires latinoamericanos.

La vida era el para qué por el que algunas personas pusieron en juego la propia, la arriesgaron y la perdieron. Como la pierden quienes se arriesgan a cruzar el Atlántico para llegar hasta nuestras islas; como la pierden quienes se enganchan a la droga; como la pierden las personas que unen alcohol y tráfico; como la pierden los terroristas suicidas al estallar en medio de un mercado…

Toda aquella tarea no puede considerarse, por tanto, liquidada por el hecho de que hayan cambiado las condiciones políticas. América Latina vive ahora un periodo de democracia formal. No hay tantas dictaduras militares. La economía liberal ha generado el crecimiento de grupos de población que viven con muchos recursos y les sacan partido. La lucha contra las dictaduras ha dado lugar a nuevas situaciones donde las Iglesias buscan su lugar. Muchas veces miran hacia Europa, hacia las Iglesias de aquí preguntándose cómo se puede convivir con el nuevo mundo democrático. Otras veces se ven sorprendidas por nuevas figuras políticas que usan el lenguaje de los libertadores y cuyos actos están, al menos, marcados por la ambigüedad. La Iglesia católica se ha visto sorprendida por un abandono masivo de muchos fieles de sus filas que, ahora, militan activamente en las nuevas iglesias, en otras de tradición luterana más antigua o al margen de toda denominación eclesial.

En el año 2002, se publicó en Paraguay un artículo que hablaba de cómo la Iglesia se adaptaba a la nueva situación. El primer epígrafe del artículo se titulaba así: el desinfle. Para el articulista, los síntomas del desinfle afectaban a toda la vida de la Iglesia: a) la falta de seguimiento de la pastoral juvenil; b) la desvertebración de las organizaciones laicales; c) disminuyó la vitalidad de las comunidades cristianas de base y de la teología y la pedagogía de la liberación que las acompañó; d) disminución de la presencia de cristianos y cristianas líderes en las organizaciones campesinas; e) pérdida de lugar de los medios de comunicación eclesiales (Sendero, Radio Caritas)… Sería injusto decir que todo quedó en el desinfle. El artículo de Cristóbal López, así se llama el que lo firma, hablaba de muchas cosas positivas: la creación de la pastoral social nacional, el surgimiento del diaconado permanente, la aparición de nuevas diócesis, etc. Sin embargo, la sensación de saber dónde estábamos y qué teníamos que hacer ha sido sustituida por una impresión de perder los referentes fuertes y las líneas claras de actuación y, también, la capacidad de influir en la sociedad.

Comenzaba la última parte de este escrito con un título: la tarea pendiente. Por supuesto, tenemos una tarea pendiente. Sin embargo, creo yo que, como cristiano, más bien tengo la impresión de que es Otro el que tiene una tarea pendiente. Efectivamente, creo que Jesús, el Cristo, tiene una tarea pendiente. Nuestra fe cristiana no garantiza el éxito de cada una de nuestras iniciativas. Romero está muerto y difícilmente podemos decir que el país en el que predicó es un lugar donde la gente es feliz y donde se practica la justicia. Murió Lucho Espinal y, es cierto, ahora Evo Morales suscita mil esperanzas, y dos mil incógnitas. La muerte de Mario Schaerer no produjo la caída inmediata de la dictadura stronista. El viejo dictador ancianea liberado de sus responsabilidades en las afueras de Brasilia mientras Paraguay, un buen montón de años después, sigue siendo de los países más pobres de América del Sur y en los que la desigualdad es sobrecogedora. En los años que estuve allí, percibí la enorme fuerza que tiene la convicción social de que el año que viene estaremos peor. En esa certeza viven muchos paraguayos y paraguayas. La Iglesia paraguaya tampoco tiene claro cómo escapar a esa especie de fatalismo si mira a sus propias fuerzas, a los recursos humanos y económicos.

Jesucristo volverá. Eso es lo que dice nuestra fe. Mario Schaerer y aquellos campesinos que, asesinados y desaparecidos, nunca pudieron volver a hablar, saben que Jesucristo volverá y hablará. Es necesario. Todavía no ha acabado su tarea. Romero también lo sabe. Lo sabe Ignacio Ellacuría. Lo saben todas esas personas que nunca tuvieron voz. Debe volver para llevar este mundo a su Padre, como había prometido. Y, eso dicen, Jesucristo cumple sus promesas, es fiable. Por eso volverá. Entonces, será posible aquella expresión que Zapriza y Coronel lanzaban a los campesinos muertos de miedo en la prisión de Abrahán Cue: “Ko’âga ñañe’etâ”: ahora sí, ahora, todas y todos, juntos, vamos a hablar.
Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.