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Revista digital de reflexión y diálogo. Del 27 de Marzo al 2 de Abril
Botellón.
Por Javier Arce.

Javier Arce mira el botellón y nos presenta sus reflexiones.

Sinceramente, la algarabía en torno al botellón me parece un poco hipócrita. No, no me parece bien que algunas personas jóvenes no tengan mejor modo de divertirse y darse, de camino, identidad y pertenencia, que organizar una parranda en torno a bebidas alcohólicas. Sin embargo, quién soy yo para ponerme a mirar la pajita en ojo ajeno, la que puedan tener estos chicos y chicas que, las demás personas, buscan entre lo que tienen para dar sentido a su vivir.

Hay dos cosas que, a mi juicio, sería muy conveniente que tuviéramos en cuenta, antes de lanzarnos a mil condenas de la situación actual. La primera, es que no es cierto que la juventud sea botellonera. La segunda, es que no es cierto que la juventud sea tan diferente de sus padres.

Ni los estudios estadísticos ni la experiencia cotidiana nos permite hablar de la juventud como un colectivo medianamente uniforme. La misma edad tenían los que se concentraron por millones en Colonia este año para celebrar junto al Papa la jornada mundial de los jóvenes que aquellos que, estas semanas pasadas, se reunieron para pasar la noche de juerga en torno a unas copas. Es muy probable que muchas y muchos jóvenes que estuvieron en el botellón, también estuvieran en Colonia o participen en las actividades de voluntariado de las ONG’s, la catequesis parroquial o, si nos descuidamos, las organizaciones juveniles de los partidos políticos.

Pero, además, no son tan diferentes de las personas adultas de la sociedad que les ha hecho crecer. Cuando nos reunimos en torno a los colores de un equipo de fútbol y nos damos licencia para insultar al señor árbitro o al jugador de fútbol, baloncesto, balonmano rival, ¿no estamos en el mismo empeño de encontrar tribu, identidad, grupo al que pertenecer? Los botellones de los mayores tienen lugar en recintos cerrados, con copas caras, y ambientes protegidos. Tenemos dinero y pagamos por ello.

Los jóvenes que van a Colonia y los de la esquina y la botella, son nuestras hijas y nuestros hijos. Se nos parecen. Llevan nuestro aire de familia. Organizan su fiesta, como la organizamos las personas mayores, mientras sus hermanas y hermanos mueren en las pateras del Atlántico, sufren persecución política, pasan hambre, sobreviven en medio de la miseria.

¿Qué cosa les vamos a echar en cara cuando hemos organizado nuestra vida social, política, económica y cultural como un lugar donde todo vale? Sinceramente, quizás haya más respeto en medio del botellón.

































Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.