ihs
Revista digital de reflexión y diálogo. Del 20 al 26 de Marzo
Sobre testigos y esperanzas: 25 años después del asesinato de Oscar Arnulfo Romero (III).
Por Lucas López sj.
Foto de Lucas López sj.

Lucas López tuvo esta conferencia en Las Palmas de Gran Canaria. Fue solicitada como homenaje, reflexión y recuerdo de los 25 años transcurridos tras el asesinato de Oscar Arnulfo Romero. Muchos otros nombres se encuentran en este listado de dolor y gloria. Tercera entrega.

Mártires

No fueron los únicos. No sé si quiera si fueron o no la mayoría. Porque otros muchos hermanos y hermanas, que no compartían su fe en el Cristo, si compartieron la Pasión y la Muerte. También dieron su vida. Fueron asesinados. No es una cuestión de reivindicar a unos muertos frente a otros, como de alguna manera parece que sucede en nuestra tierra con los fallecidos en el conflicto con que clausuró la experiencia de la segunda república. Por supuesto, los motivos por los que las personas dan la vida son muy importantes. Tan importantes como para dar la vida.

En la tradición de nuestra Iglesia del Siglo XX hay unas palabras que, por lo menos, para mí, son el cauce por el que recorro esta búsqueda de Dios que es nuestra vida: “Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de las gentes de su tiempo, son las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo…”. No, no tenemos el monopolio del martirio. Ni queremos tenerlo. Lo que queremos, como cristianos y cristianas es sumarnos a esa búsqueda que la humanidad, esté donde esté, en cualquier cultura y nación, hace para gozar de sus alegrías y sus esperanzas y para dar sentido a sus tristezas y sus angustias… La experiencia paraguaya es también esa experiencia. La experiencia latinoamericana es también esa experiencia: El Espíritu no está encerrado en la Iglesia y sus prácticas; más bien, la Iglesia está para tratar de descubrir y ayudar a descubrir a muchos y muchas como ese Espíritu se despliega por cada uno de los rincones de nuestro mundo, en cada una de las personas…

Armas y guerras

La misma noche que mataron a Mario, también mataron a Juan Carlos Da Costa, uno de los jefes de la OPM. Lo mataron durante un tiroteo. A Guillermina, la esposa de Mario, le pregunté por las armas. Reconozco que hubiera deseado escuchar en su boca que “no, que las armas nunca entraron en su proyecto”. Pero Guillermina me contó cómo ellos creyeron que el único modo de liberar a su pueblo de la opresión y la dictadura pasaba por la lucha armada. La OPM, el grupo al que se unieron, nunca llegó a actuar militarmente. Antes de que estuviera organizada, la policía paraguaya acabó con ellos. “Pero, ¿no chocaba eso con la fe cristiana que te animaba, que animaba a Mario?” Les pregunté. Guillermina asintió durante nuestra conversación: “Probablemente hoy, después de la experiencia vivida, cuando hemos constatado lo que han supuesto los movimientos guerrilleros y la represión por toda América Latina, probablemente hoy no lo hubiéramos hecho”. Lo cierto es que en Paraguay, tras la represión del 76, la resistencia quedó aplastada. Cuando resurja, en los años 80, lo hará desde tácticas y posturas mucho más no-violentas. En los seminarios y en las parroquias se leían los libros de Ghandi, de Lanza de Bastos; se estudiaban las tácticas y se ponían en marcha actuaciones en las que los garroteadotes se enfrentaban a personas que se unían y no respondían, que corrían y formaban procesiones de rezo y silencio… Sí, en Paraguay, dentro de los grupos cristianos, como en otros lugares de América Latina, también hubo gente que se animó a coger las armas para luchar contra la tiranía.

En la isla de La Palma, hace apenas unos meses, la ciudadanía rindió homenaje a Arce Rojas. Se trata de un sacerdote jesuita, nacido en la capital palmera, que tiene entre sus méritos haber organizado un auténtico ejército capaz de enfrentarse a asesinos y torturadores. Otro palmero, también jesuita, como él, consiguió incluso establecer fábricas de armas que puedieron abastecer este ejército. Esta tarea la hicieron en Paraguay. Fue en el siglo XVII. A Arce Rojas lo mataron. Ataron su cuerpo a una cruz y lo tiraron río abajo hasta que se precipitó y desapareció en una catarata. Nunca se encontró su cuerpo. Lo cierto es que uno de los motivos por los que los Borbones pusieron todo su empeño en liquidar a la Compañía de Jesús estaba en la doctrina del tiranicidio, siempre defendida por los teólogos jesuitas.

Al General Alfredo Ströessner lo sacó del poder una rebelión militar encabezada por un yerno suyo que, acusado por unos y otros de narcotraficante, consiguió blanquear su biografía como restaurador de la democracia en el Paraguay actual. Cuenta la historia que al viejo Ströessner, que todavía vive como “refugiado político” en Brasil, se entregó cuando otro aspirante a dictador, el, entonces, coronel Lino Oviedo, le aseguró que estaba dispuesto a hacer estallar dos granadas de mano que llevaba encima si no se entrega. Ströessner sabía quién era este Oviedo. Estaba seguro que era muy capaz de hacer reventar las bombas. Así que se entregó. Claro que ya habían muerto un grupo de soldados de su guardia personal. Fue un golpe violento el que destituyó a la dictadura paraguaya. La más larga vivida en el siglo XX en ningún país sudamericano. La más larga y, probablemente, la más desconocida.

La violencia no es parte del programa del Evangelio de Jesús. Por lo menos, queda fuera del Evangelio esa violencia que consiste en atentar contra la vida de las personas. La Iglesia ha ido descubriendo eso con el paso del tiempo. Muchas veces, la Iglesia llegó a creer que debía matar para defender la ortodoxia de la fe, para extender el Evangelio o para proteger a los débiles. Hoy, el “no matarás” nos parece casi un imperativo ético no condicionado. Toda forma de atentado contra la vida humana me resulta rechazable. Sin embargo, no tengo un juicio sobre esas personas que decidieron usar las armas para defenderse del Estado torturador y de sus agentes. Pero, lo que sí que tengo claro, es que las posibles decisiones discutibles de algunas personas, de algunos grupos, no cuestionan el valor de la entrega de quienes quisieron ser fieles a lo que el Evangelio y la realidad les demandaba. Incluso pagando el precio de la vida.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.