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Revista digital de reflexión y diálogo. Del 13 al 19 de Marzo
Sobre testigos y esperanzas: 25 años después del asesinato de Oscar Arnulfo Romero (II).
Por Lucas López sj.
Foto de Lucas López sj.

Lucas López tuvo esta conferencia en Las Palmas de Gran Canaria. Fue solicitada como homenaje, reflexión y recuerdo de los 25 años transcurridos tras el asesinato de Oscar Arnulfo Romero. Muchos otros nombres se encuentran en este listado de dolor y gloria. Segunda entrega.

Treinta y tres años

A Mario Schaerer Prono lo detuvieron la noche del 4 al 5 de abril de 1976. Tenía 24 años. Dice la tradición cristiana que a Jesús lo mataron al amanecer de la Pascua Judía del año treinta de nuestra era. Esa tradición le atribuía treinta y tres años. Es muy posible que ese número, el treinta y tres, responda también a la simbólica bíblica. El número tres aparece repetidas veces en la Biblia para significar el momento en el que algo tiene que suceder. “Dos veces me habló el Señor, a la de tres lo escuché”. Sin duda, para la tradición neotestamentaria, la referencia más importante al número tres es la que asegura que Jesús, el que había sido crucificado, fue alzado a la diestra del Padre, fue resucitado, al tercer día. Este Jesús, aquel judío más o menos marginal, no era un hombre joven cuando lo mataron. Nada de un idealista y exaltado jovencito.

Cuando su esposa, Guillermina Kannonikof y sus amigos de entonces o sus hermanos cuentan cómo era Mario Schaerer, lo pintan como un hombre reflexivo y comprometido. Siempre disciplinado y muy autocrítico. Nadie hablaría de él como de un joven ignorante. Pocos días antes de que fueran detenidos, Mario y Guillermina tuvieron una larga conversación sobre lo que significaba su compromiso con la OPM. En ese diálogo, el ejemplo de lo que sucedía en el Chile de Pinochet o en la recientemente creada Junta Militar de Argentina (24 de abril de 1976) estuvo muy presente. Su decisión asumía conscientemente la posibilidad de la tortura y la muerte. “Tenemos que prepararnos para la mera posibilidad de que nos detengan y te abran delante de mí para sacarte el hijo de tus entrañas”, le dijo Mario a Guillermina.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero sabía de qué iba la cosa. Era un hombre maduro. La muerte de su amigo Rutilio Grande, tiroteado en los senderos del campo salvadoreño, le llevó, según todos los indicios, a recorrer el mismo camino de anuncio y profecía. Aquel camino acabó mientras celebraba el misterio de la muerte y la vida. Eso que hacemos la gente cristiana con tanta frecuencia y que llamamos Eucaristía.

No he consultado qué edad tenía Lucho Espinal cuando lo mataron en Bolivia. Probablemente no era demasiado joven puesto que había sido ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús. Eso no suele suceder antes de los treinta años. Lo mataron porque su palabra, en radio Fides, en Bolivia, se hizo insoportable para aquellos que no soportan nada que no sea hacer su propia voluntad (¡y probablemente, tampoco soporten su propia voluntad!).

Vicente Cañas había nacido en la costa mediterránea. Murió en medio de la selva amazónica a manos, probablemente, de unos matarifes pagados por fasendeiros. Era ya un hombre de pelo blanquecino. Pasó la mayor parte de su vida entre los indígenas Enawene Nawé.

Ni Ignacio Ellacuría, ni el resto de aquellos sus compañeros que murieron tiroteados en su casa, en la Universidad Centroamericana del Salvador, eran unos jovencitos idealistas y soñadores. Sabían lo que vivían. Sabían lo que sucedía a su alrededor. También ellos aguardaban que la muerte se presentara en sus vidas con el rostro de algún escuadrón de asesinos. Así sucedió. Como Ellacuría era, en buena medida, un personaje popular en España, como era sacerdote jesuita, como era un importante pensador y discípulo de uno de los más importantes filósofos españoles contemporáneos (Xavier Zubiri), sea por lo que sea, su nombre ocupa un puesto de privilegio en esta memoria de liberación que es la historia de la Iglesia Latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX.

En el nombre de Jesús

Pero aquella semana habían muerto centenares de personas en la República centroamericana del Salvador. Que se sumaban a la lista de miles y miles en todos los países de América Latina. Muchos y muchas murieron con una pequeña cruz colgando del cuello.

Pregunté a Guillermina y a otro grupo de antiguos miembros de la organización por qué se lanzaron por este camino. Guillermina me lo dijo con claridad: “Por lo que aprendimos en el colegio de Cristo Rey, con los jesuitas. Nuestra fe en el Señor Jesús nos llevaba en esta dirección. Lo decía la Palabra. Lo decía la propia Iglesia”.

Guillermina pasó dos años encarcelada en el penal de Emboscada, así se llamaba, donde tuvo al hijo de Mario. Tiene grabada en la cabeza la noche en que torturaron a su esposo hasta la muerte. Desde la dependencia en que la encerraron junto a otras mujeres, podía escuchar los golpes, y también el silencio de su marido, apenas roto por algunos gemidos y una exclamación permanente: “Dios mío, Señor mío”. Los gritos de Mario no fueron los únicos. Un viejo campesino contará más adelante, mucho más adelante, las torturas sufridas en el recinto de Abraham Cué. Sus torturadores frenaron en la brutalidad cuando él decidió responder a la pregunta que le formulaban: “Cuéntanos, viejo campesino, ¿cómo comenzó toda esta historia?” El viejo campesino respondió rápido: “Un tal señor Adán, en el lugar que llaman Paraíso. Todo empezó por un hijo suyo, uno que se llamaba Caín, que tenía mala sangre y de purita envidia mató a su hermano Abel”. Atónito, el viejo campesino observó cómo uno de sus torturadores mandaba a un guardia a anotar cada uno de los nombres que él decía. El viejo campesino, profundo estudioso de la Biblia, le relató paso a paso la larga historia del pueblo de Israel. Sus guardianes, de vez en cuando, le interrumpían con preguntas encaminadas a precisar nombres y lugares. Al cabo de las horas, dos días, según relataba a posteriori el campesino sobreviviente, ante el cansancio de sus guardias, que amenazaban con golpearle de nuevo, el viejo campesino acabó confesando: “Así fue como el Señor Dios mandó a hacer las Ligas Agrarias Cristianas”.

Las Ligas Agrarias Cristianas nacieron en Paraguay más bien como un movimiento seudocoperativista. Recuperaron para el campesinado, en torno a la reunión bíblica semanal, muchos de los valores comunitarios y solidarios de la vieja cultura guaraní. Del cultivo de la tierra pasaron a la creación de economatos que permitieron a la gente honesta sobrevivir sin necesidad de depender del favor del “pyragué” de turno. La economía compartida les llevó a la creación de escuelitas donde sus hijos pudieran aprender, mediante el servicio de los pytyvohara –maestros y maestras-, en su propia lengua, el guaraní, las cosas importantes de la vida y para la vida, liberándose así de la escuela oficial ajena por completo a la realidad en la que se movían.

En el Colegio de Cristo Rey, los padres jesuitas contrataban a jóvenes maestros y maestras que impartían sus lecciones dentro de un proyecto educativo marcado por las tendencias del maestro brasileño Paulo Freire. En los años setenta, nació la Universidad Católica de Asunción, donde muchos enseñantes, hombres y mujeres, que por motivos ideológicos no tenían sitio en la Universidad Nacional, encontraron no sólo un cobijo, sino un aliento dinamizador. La Universidad, apoyada por toda la Conferencia Episcopal, se encontró pronto golpeada por los grupos represivos del Partido Colorado. Ramón Aquino, jefe de una de las “seccionales del partido” calentaba a los suyos y los llevaba a garrotear a cuanto estudiante o profesor díscolo se animara a levantar una voz. El tal Ramón Aquino recibió, entre el humor y el cinismo, el curioso título semioficial de “Moderador de la Universidad Católica”.

Sacerdotes expulsados del país, catequistas desaparecidos, jóvenes profesores, como Mario Schaerer, torturados hasta la muerte. A unos y unas, con una edad; otros y otras, con más o menos años. A mí me parece que no sería justo ignorar que todos ellos murieron a los treinta y tres años, como aquel profeta galileo, un poco díscolo, que, según la fe cristiana, fue constituido Mesías, Cristo, Señor. Como a los treinta y tres años murió Joao Bosco Burnier, asesinado por la policía brasileña ante los ojos del obispo Pere Casaldaliga; o el hermano Vicente Cañas, un alicantino convertido en un indio más de la Amazonía, que fue matado de forma clandestina, en la selva, sin que nadie diera cuenta de su muerte. Como fue asesinado, el 4 de agosto de 1978, el obispo Enrique Angelelli, de la diócesis de La Rioja, en la Argentina de las Juntas Militares. O las religiosas francesas violentadas y torturadas hasta la muerte por aquel tenebroso capitán Alfredo Astiz en la triste y dolorosamente famosa escuela de Mecánica de la Armada, en Argentina. Todos ellos tenían treinta y tres años, la edad del Cristo. Murieron, como Él, dando su vida.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.