Joana Martínez Mora leyó el artículo sobre las diferentes posturas ante el dolor y el sufrimiento y quiere compartir su punto de vista: el dolor, entre la evasión y el masoquismo.
Yo vivo en una sociedad que me viene diciendo desde que nací, de mil maneras distintas, que el dolor hay que evitarlo a toda costa. Que ni el dolor físico ni el psíquico sirven para nada.
¿Para qué incidir en la raíz de un problema si con un pastillita podemos eliminar los dolores de cabeza, las migrañas por stress, el insomnio o la depresión? ¿Para qué estar triste pasando un duelo sentimental si podemos olvidarlo con copas, alcohol, sexo y drogas?
La heroicidad de Nietzsche en la superación del dolor que ayuda a una selección natural de los más fuertes o el sacrificio doloroso por algo o por alguien del que habla Ignacio Ellacuría o René Girard han perdido sentido alguno. En el día a día del mundo occidental del S.XXI, no son más que argumentos anacrónicos.
Probablemente, el dolor nos da más miedo que nunca y por eso se evita, por eso se mata. El uso de drogas que aumentan sensiblemente nuestro umbral de percepción del dolor físico o que nos trasladan a estados dónde no nos es posible escuchar nuestro dolor emocional o psíquico, nos hace sentir más fuertes. Nos hace sentir más Dioses.
Y creo que hay algo de bueno en eso, pues el sufrimiento en sí no nos hará más humanos, ni más dioses. Aletargarlo puede ayudarnos a vivir mejor. Pero solo en la medida en que paralelamente seamos capaces de escucharlo de raíz, luchar contra los desencadenantes y superarlo. En definitiva, nada nos servirá de nada si no somos capaces de integrarlo como parte de nuestra vida que, por supuesto, nada tiene que ver con eliminarlo o acariciarlo superficialmente.
Quizás, entre el sufrimiento como “modus vivendi” y estandarte del sentido de la vida y su “hacer ver que no existe” de forma sistemática, haya un término medio. ¡Quizás, solo quizás, porque equilibrio y moderación no parecen hallarse entre las virtudes relevantes del ser humano!