Lucas López tuvo esta conferencia en Las Palmas de Gran Canaria. Fue solicitada como homenaje, reflexión y recuerdo de los 25 años transcurridos tras el asesinato de Oscar Arnulfo Romero. Muchos otros nombres se encuentran en este listado de dolor y gloria. Primera entrega.
“Eguapy, eñembo’y, eñemboí ha reñe’etâ ko’âga, nde campesino tuja!”. Aún resuenan en nuestros oídos las órdenes violentas lanzadas por Sapriza en presencia de sus compañeros, en una de esas salas frías y grises adornadas de cables trenzados, picanas, maderas, pistolas y esposas, cuando nos tenía a su merced.
Nuestra decisión de borrar de nuestras mentes tan desagradables momentos normalmente no tienen éxito, pero aún así, a más de una década de ese tiempo, tratamos de sobreponernos y poder, de esa forma, hablar, sí, hablar, así, sentados, parados, desnudos y de frente, a quienes nos quieran entender, para sumarnos con nuestro testimonio a decir nunca más a la época oscura, negra y silenciosa de la dictadura pasada.
A lo largo de este rato quiero compartir con ustedes tres cosas: en primer lugar, que el martirio de tantas personas cristianas de América Latina, los hace, si cabe, más parientes de aquel Jesús que inspiró sus vidas. En segundo lugar, que ellos y ellas murieron como mueren muchas otras personas, creyentes y no creyentes, de una religión u otra, por motivo de alguna de las formas de violencia que tenemos establecida en nuestro mundo. En tercer y último lugar, que su testimonio y la esperanza que los llevó a vivir y morir así nos conducen modestamente a preguntarnos por cuál es el sentido de nuestra esperanza y a dejarnos tocar cada día por eso que vivimos como regalo que hemos recibido y qué podemos dar a su vez, gratuitamente, en este mundo nuestro, con sus continuidades y sus cambios.
La lista
Tal día como hoy, en febrero de 1977, en Argentina fue asesinado Daniel Esquivel. Un comunicador paraguayo que, por entonces, colaboraba con el Pa’i Oliva. Con él, con Daniel, también fue secuestrada y desaparecida Caty, una religiosa francesa. El 30 de enero de 1982, es decir, el pasado lunes hizo 24 años, María Magdalena Mónico Juárez, catequista, era violada y asesinada por la policía en el Salvador. El 31 de enero de 1980, hace ya 26 años, morían unos cuarenta indios quiches en la embajada española en Guatemala. Tal día como mañana, 2 de febrero del año 1976, día de Candelaria, José Tedeschi, sacerdote obrero, era secuestrado y asesinado en Argentina. También un 2 de febrero, pero de 1991, Expedito Ribeiro de Souza, presidente del sindicato de trabajadores rurales, era asesinado en el estado de Pará. El 3 de febrero de 1979, Benjamín Didincué, un líder indígena colombiano, moría asesinado. El 4 de febrero de 1979, un grupo de obreros peruanos era masacrado en Lima. El mismo 4 de febrero, pero ahora de 1981, en Chitimaltenango, eran asesinados más de 68 campesinos guatemaltecos. Si cerramos esta semana, nada excepcional, en el domingo 5, nos encontramos con el secuestro y desaparición del hermano de La Salle Julio San Cristóbal y del líder sindical brasileño Francisco Domingo Ramos.
Mario Schaerer Prono
Mario Schaerer Prono es, seguramente, para la mayoría de las personas que están aquí hoy, un desconocido. Murió a los 24 años. Al parecer a Zaprisa y a Coronel, los jefes de la seguridad del Estado, se les fue la mano durante la larga noche del 4 al 5 de abril del año 1976. En la misma redada, la policía paraguaya detuvo a más de una decena de jóvenes. Alguno cantó. La policía, en tono de sorna, le dio el nombre clave de “piquito del oro”. El caso es que con las “declaraciones de los subversivos” se desató una persecución en toda regla que detuvo a muchas personas vinculadas o no a la denominada OPM, Organización Primero de Marzo (según sus integrantes; Organización Político Militar, según la policía paraguaya). De aquellos días, a parte del cadáver de Mario, muerto “oficialmente” durante un tiroteo, quedan muchas cosas:
Queda un grupo de cadáveres. El dolor de sus parientes, sus amigos y amigas.
Queda la desmemoria de los desaparecidos. La mayoría de ellos, campesinos, que fueron torturados por Zaprisa y sus secuaces en el establecimiento penitenciario de Abraham Cué, en el departamento de Misiones, al sur del Paraguay.
Quedan las expulsiones de muchos sacerdotes, fundamentalmente jesuitas, que se vieron obligados a cerrar el Centro de Investigación y Acción Social, y a disimular la línea pedagógica del colegio de Cristo Rey –en Asunción-, que se había unido a la pedagogía de la liberación.
Queda la culpa interiorizada y el temor de muchos de los que vivieron durante aquellos días y que, de forma más o menos explícita, se formulaba así: “Ellos se lo buscaron; se metieron en lo que no debían”. Todavía hoy, en este departamento y en otras zonas rurales del Paraguay, cuando pretendes hablar de estas cosas, la gente baja la voz, mira para otro lado y comenta con desasosiego: “No te metas. No te la busques. Los encontrarás”. Otro Pa’i español, sacerdote jesuita, que había sido expulsado del Paraguay durante los días de la Pascua Dolorosa, volvió al país muchos años después. Cuando se cumplían los 25 años de acontecimientos tan dolorosos, le comenté mi asombro por el miedo que parecía sentir la gente. “Es que son los mismos”, me dijo. “¿Quiénes son los mismos?” Pregunté sin entender. “El jefe de la policía, el presidente de la seccional del partido Colorado, el alcalde; son los mismos que estaban entonces”, afirmó contundente.