ihs
Revista digital de reflexión y diálogo. Del 26 de Febrero al 5 de Marzo
¿Nos parecemos a republicanos y nacionales?
Por José Antonio Morillas sj.
Foto de José Antonio Morillas

José Antonio Morillas sj, doctorado en historia con una tesis sobre las relaciones iglesia estado en tiempos de la República, nos envía esta colaboración.

Tanto desde la perspectiva de quienes se consideran herederos de la izquierda republicana, como desde posturas más francamente de derechas, así como desde algunas personas más vinculadas a posiciones eclesiales o religiosas, a veces, con tintes alarmantes, se nos recuerda el periodo republicano: los años que van desde 1931 a 1936. Se trató de una etapa corta de nuestra historia, ilusionante y, a la vez, trágica, que acabó con un conflicto civil armado que tanta sangre costó a uno y otro bando (¡y, probablemente, también a las personas que pretendieron no tener bando alguno!). En el campo de batalla, a golpe de bala, se enfrentaban y dirimían ideologías y sentimientos. Claro que todo ello vino precedido de un tiempo en el que fueron las palabras, los insultos y los anatemas, los que prepararon el ambiente. De ese modo, las ideas y las convicciones personales o grupales llegaron a tener más valor que la vida de quienes pensaban o sentían de modo diverso.

Nos parece, sin embargo, exagerada esta proclama alarmista, subliminal o explicita, que nos anuncia una vuelta al enfrentamiento civil y la guerra. Nosotros decimos que no, que no comulgaremos con ruedas de molino: no vivimos un tiempo igual, ni siquiera parecido. Ni son similares los roles del poder parlamentario -que en aquella época alcanzó a gobernar más que el ejecutivo- ni del ejército, ni de la Iglesia. Tampoco el actual partido gobernante, por más que pueda tener comportamientos que desconciertan a buena parte de la ciudadanía, camina los mismos senderos por los que discurrió el gobierno de la II República. Los socialistas, para empezar, no tenían entonces la cohesión que hoy muestran. En el tiempo republicano, el PSOE mostraba muchas maneras de manifestar sensibilidades diferentes. Tres eran las tendencias fundamentales que encontrábamos en el seno de aquel socialismo republicano: los caballeristas (junto con Juventudes Socialistas), el ala más radical del PSOE; los reformistas bajo la tutela de Julián Besteiro y el ala más del centro, en torno al versátil Indalecio Prieto, asturiano de origen pero con raíces y simpatías en el País Vasco.

El arco parlamentario actual no está, ni mucho menos, tan fraccionado como en la frustrada segunda república. De ese modo, los pactos políticos, por más que no siempre se hagan hoy entre fuerzas absolutamente homogéneas, sí se realizan entre grupos políticos capaces de llegar a un programa común. No como entonces, en el que los pactos contra natura estaban al orden del día. La aritmética parlamentaria llevaba a que, agrupaciones muy distantes ideológicamente entre sí, pudieran actuar concertadas con el único objetivo de eliminar a otro adversario político. El carácter “republicano” de estas fuerzas no era más que una bandera o apellido, un paraguas, bajo el que se cobijaban demócratas, antimonárquicos, progresistas y miembros del Frente Popular. Estas coaliciones, forzadas por las circunstancias cambiantes, repercutirán en el poder ejecutivo, con la consiguiente rotación de ministros, algunos de los cuales solo duraban unos meses al frente de su cartera o cambiaban de "sillón", como si de una noria se tratara, o de un mero mercado de puestos con el que siempre se podía jugar a la política.

Por otra parte, la Iglesia de entonces estaba situada entre dos polos; de un lado, la política posibilista vaticana y, del otro, la cerrazón casi general de los obispos españoles enquistados en posiciones maximalistas. A Dios gracias, hoy no encontramos en esa posición al conjunto de los pastores de la Iglesia española. No quiero decir que la jerarquía eclesial haya abandonado su carácter de institución poco amante de cambios intensos y apegada a un fuerte marchamo de la tradición y de obediencia excesivamente piramidal. De ese modo, aunque puedan darse algunos desencuentros y correspondan a los mismos algunas tentativas anticlericales, actualmente, la Iglesia no está en el punto de mira de toda la legislación gubernamental –como así reconoció en reciente entrevista televisiva el presidente de la Conferencia Episcopal Española-. Ciertamente, algunas personas tienen la impresión de que el tono laicista que aparece en algunas posturas del Gobierno no se corresponden con nuestra realidad social. Así, temas como la ayuda a la financiación por parte del Estado, la tan traída y llevada polémica de la enseñanza religiosa en la escuela, y el notorio desencuentro entre las posiciones oficiales de la Iglesia y la legislación promovida sobre la concepción del matrimonio pueden hacernos pasar por momentos de enfrentamiento social que, en realidad, no es tan notorio.

Tampoco vemos esos tintes violentos e iconoclastas como los que se dieron en numerosos grupos descontrolados o manipulados durante el periodo republicano. Ni el clero católico se encuentra hoy -a pesar de la rotundidad de documentos y encíclicas- tan monolítico en su conducta y en su predicación. Además, ciertos grupos de laicos han tomado posiciones de autonomía y deseos de participar en la misma institución, más allá del control sacerdotal que pueda darse en un momento determinado. Por tanto, la disputa actual, situada en cierta taxonomía de valores humanos y religiosos, supone una búsqueda de caminos e instrumentos para defenderlos e incluso implantarlos en la sociedad.

Pienso que nada aporta a ese debate concreto que hoy vivimos, ni ayuda a tener "otra" visión más apacible de las relaciones de cooperación y, a veces, de conflicto, entre la Iglesia y el Estado, que recordar a los nietos de la guerra (entre 25-45 años) que lo que vivieron sus abuelos (incluido nuestro joven y ¿a veces ingenuo? Zapatero) todavía puede resurgir. Estas cenizas, creo yo, se apagaron y no quedan rescoldos para que arda de nuevo como una hoguera capaz de ahogar a nuestra sociedad en sangre. En ese sentido, no me parece saludable honrar a las víctimas de la Guerra Civil juzgando con parámetros actuales y prescindiendo de la objetividad histórica. En esto, como en todo en la vida, parece más conveniente la prudencia y una mirada clara hacia los caminos que nos lleven a la justicia. Afirma el profesor Moradiellos que "por cada paseado como García Lorca a manos militares, siempre cabría presentar otro paseado como Muñoz Seca a manos milicianas". Ambos en el campo literario andaluz para más inri, como si las artes literarias estuvieran reñidas con la política. Dar gloria a la República, frustrante y frustrada, o dar gloria al régimen franquista –construido sobre tanta sangre-, no parece una visión ecuánime. Quizás, considerados ambos regímenes, en el espíritu de su época, no debería extrañarnos por qué motivos, los sueños de un lado y del otro se tornaron pesadillas.
Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.