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Revista digital de reflexión y diálogo. Del 30 de Enero al 5 de Febrero
Acordándome de Antonio Pascual.
Por Sergio Rosa Caballero.

Sergio Rosa Caballero nos cuenta su encuentro con Antonio Pascual en Marruecos.

El 16 de enero cumplí 21 años. No es una edad especialmente señalada; fue un día con tarta para merendar, con muchas llamadas de felicitación, bastantes regalos y una especial efervescencia en mi móvil que no paraba de recibir sms… Sobre las 21:00 Juan Ramón me llamaba para felicitarme y para contarme del fallecimiento de Antonio Pascual. Me quedé bastante afectado, pues la mañana que me despedí de él frente a la iglesia en Midelt sentía que volvería a verlo allí mismo.

Conocí a Antonio Pascual el pasado verano. A finales de julio Juan Ramón me propuso a mi novia y a mí ir a pasar unos días en Marruecos, concretamente en una localidad muy cercana al Atlas: Midelt. La intención era sencilla: compartir unos días juntos, visitar Melilla y pasar un tiempito allí, en Midelt junto con un jesuita destinado en aquella localidad, coincidiendo con el día de San Ignacio; y, a la vez, conocer un poco la realidad del país alauí.

Tras 6 horas de “carretera” y caminos desde Melilla, nos encontrábamos tocando a la puerta lateral de una Iglesia amarilla con el IHS sobre la puerta principal. Un hombre mayor, de mediana estatura, delgado y con una mirada risueña tras unas gafas nos abría la puerta muy contento, dándonos la bienvenida hablando en un hibrido de español y francés. Era Antonio Pascual.

Conservo un cariñoso recuerdo de aquellos días, y muy especialmente de Antonio. Con ochenta y cuatro años tenía la energía de un joven de veinte; ponía entusiasmo y empeño en todo lo que hacía, demostrando una vitalidad envidiable para muchos de su edad; y sonreía, sonreía muchísimo. Durante todo el día andaba de un lado para otro: conducía su coche “comunista”, como el decía, a la montaña para acompañar a las monjas que atendían a los nómadas y subirles la comida o utensilios que necesitaran, daba misa diaria a las monjas de la ciudad, ayudaba a una asociación de la que era fundador… durante los días que pasamos allí muchos eran los que tocaban a la puerta para pedirle consejo o simplemente para buscar su escucha. Andaba siempre de un lado a otro con una sonrisa en los labios y muchas ganas de charla, le gustaba mucho pasar horas y horas hablando. Pasé muchas horas en su compañía, oyéndole hablar unas veces y charlando con él otras, me reí mucho, disfrute de su compañía y aprendí aún más.

La mañana que nos despedimos de él en Midelt me abrazó y me dio las gracias por nuestra compañía, justo antes de yo dárselas por su hospitalidad. Esa mañana estaba convencido de que volvería a verlo allí mismo un año después.

Pasé solo unos días con él, pero de ellos saqué varias conclusiones; Antonio era un hombre entusiasta y trabajador que amó entrañablemente a la Iglesia conforme al espíritu de San Ignacio sintiéndose servidor de la misma, era ejemplo vivo de una expresión que muchas veces oí: ser hombre para los demás. Dedicó toda su vida a la construcción del Reino pasando sus últimos años entre los pobres y oprimidos de una pequeña localidad de Marruecos, en donde todo lo que hacía era amar y servir: en todo Amar y Servir. Su ejemplo de entrega ilusionada reforzó mi fe y me animó a seguir trabajando, a seguir luchando por alcanzar el Mensaje del Evangelio.

La semana pasada muchas lágrimas, muchas de ellas musulmanas lloraron la pérdida de un gran cristiano, de un buen amigo, de un gran hombre.

Señor, tú que eres bueno y misericordioso haz alcanzar a Antonio Pascual la gloria de la resurrección… Amén.
Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.