ihs
Revista digital de reflexión y diálogo. Del 30 de Enero al 5 de Febrero
Hector Domínguez.
Por Diego Molina sj.
Foto de Diego Molina

Diego Molina, jesuita granadino, nos hace la semblanza de Héctor Domínguez, también jesuita, canario, que falleció recientemente.

Héctor Domínguez nació en Las Palmas de Gran Canaria. Isleño, por tanto, por nacimiento, su vida no estuvo atada a la tierra en que nació, sino que transcurrió en muy variados lugares; esta circunstancia ayuda a “explicar la independencia que alguna vez le han reprochado frente a unos y otros”.

Siendo estudiante de Derecho en Deusto sintió la llamada a la Compañía en los segundos ejercicios que hacía, que fueron para él sus únicos ejercicios auténticos, en los que tomó una decisión que nunca después sería puesta en duda a pesar de las dificultades y de las dudas que más de una vez le asaltaron.

El propio Héctor dividía su vida en la Compañía en cuatro etapas: la formación, su “primera” vida apostólica en la provincia Bética, su estancia en Suecia y los años en los que volvió a estar entre nosotros.

De la etapa de formación guardaba un buen recuerdo, por las amistades consolidadas en ese tiempo y por los horizontes que se le abrieron. Siempre le extrañó, sin embargo, “el silencio con el que los formadores seguían su etapa de estudios, sin llegar a decirle lo que pensaban de él”.

Su primer destino puso fin a la formación intelectual reglada, y al deseo de realizar un doctorado e inició su primera etapa apostólica, cuajada de diferentes tareas, la mayoría de ellas en puestos de responsabilidad de la provincia. Estuvo doce años encargado de la formación de los jóvenes jesuitas, en el tiempo del Vaticano II. Vivió inconfortablemente su labor de acompañamiento porque “veía que el traje hecho para los formandos les venía muy corto” y se encontraba entre la alternativa de formar siguiendo lo establecido o saltarse por sistema lo prescrito, algo que no consideraba pedagógico. En esta época se inscriben los años más duros de su vida: como instructor de Tercera Probación y maestro de novicios en Córdoba y como maestro de novicios en Sevilla. Esto hizo que tuviera, al final de su vida, sentimientos encontrados con respecto a este tiempo.

En 1976 sintió que ya había dado todo lo que podía dar de sí en la provincia y deseaba vivir “fuera del establishment”, por lo que pidió ser destinado a trabajar con emigrantes en Centroeuropa. Diversas circunstancias lo hacen desembocar en Suecia, donde vivió la “etapa más rica aunque dura de ministerio y aprendizaje - en un medio tan distinto, en el que «estar» y «acompañar» de un modo casi anónimo era primordial”. No quería volver a la provincia Bética y debemos únicamente a su enfermedad haber contado con él entre nosotros estos últimos catorce años. Solía repetir que si hubiera pensado vivir tanto tras sus problemas de corazón hubiera permanecido en el país nórdico, porque aquí estaba en “paro encubierto”.

En Granada retomó sus clases en la Facultad de Teología, volvió a entrar en contacto con las generaciones jóvenes jesuitas y reanudó sus bastantes contactos pastorales. Personalmente le conocí en el “concentrado de triduo” de renovación de votos que nos dio a los escolares a comienzos de mayo de 1992. En estos años apareció un Héctor cada vez más cercano, sin por ello dejar de ser poco dado a las confidencias (era notable su aversión a hablar de su salud, que se fue deteriorando muy lentamente), y su humanidad se mostraba en múltiples detalles: desde la desazón que le producía el no haber estado más cerca de su familia en momentos difíciles, por lo que se entendía que nos recomendara a los demás cuidar el tema familiar, hasta su solicitud por estar al lado de aquellos a los que acompañaba cuando la situación lo requería, para lo que viajaba sin ningún problema (de la misma forma que sabía retirarse cuando su presencia no era tan necesaria).

Hasta el final, Héctor mantuvo una inteligencia aguda que le llevaba a valorar críticamente tanto lo que ocurría fuera como dentro de la Compañía. Nunca se desentendió de la vida de la Provincia, y continuó pendiente hasta su muerte de las aportaciones teológicas, sobre todo en el campo del ecumenismo. Disfrutaba con las visitas de sus amigos, y hablar con él se convertía en un “ejercicio de sabiduría” sobre muy diversos campos.

Es esta también la etapa del despojo paulatino y total. Su capacidad de irse, como él gustaba decir, se mostró en detalles pequeños (quizá no tan pequeños), como renunciar al despacho de la facultad cuando dejó de dar clase en ella, y en detalles grandes, como la manera en que conscientemente se fue acercando a su final. Cuando en el pasado verano sintió que, por fin, su salud se resquebrajaba mantuvo su porte, tanto exterior como interior, hasta el final; comenzó, eso sí, a retirarse de las tareas que aún realizaba, como la celebración de la Eucaristía dominical en la parroquia de San Matías y se preparó, sin ruido, para el momento de su muerte.

La vivencia de los últimos años de su vida están reflejados por él mismo, en las notas que dejó:

“Doy gracias a Dios por el momento que vivo hoy en la Iglesia: por la katharsis a que está Él sometiendo al cuerpo eclesial, a la Compañía y a cada uno. Respeto a quienes no opinen igual, pero pienso que los de mi edad e incluso más jóvenes somos producto de una notable simplificación en la manera de presentarnos el cristianismo y la vida religiosa. El Concilio activó un enorme proceso de digestión de ideas y vivencias, y en él seguimos. Lo que pueda parecer desafección y merma de espíritu en unos, y perplejidad teológica y nerviosismo en otros aun de muy altas esferas, es en realidad signo de una gran fermentación que me hace vivir mi último tramo con insólita gratitud y esperanza”.

Héctor fue un jesuita de los que dejan huella, especialmente a los que tuvimos la suerte de compartir esa esperanza, no ñoña, que nos transmitía, y de presenciar la vida plena de alguien que lúcidamente, y por tanto consciente de sus defectos, supo vivir agradecidamente en la Compañía y aguantar el tipo hasta el final.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.