No me refiero al mar. No me refiero tampoco a cualquier cuadro de un pintor afamado que se entretiene en generar arte a partir de los paisajes de nuestras costas. Me refiero más bien a un hombre, José Antonio Marina, que acaba de publicar un libro que, en su título, me resulta sorprendente: ¿Por qué soy cristiano?
Me he bebido el libro. Marina escribe de esa manera en que te sientes invitado a continuar. Su agilidad escribiendo hace ágil lector a quien se acerca a sus páginas. Así que, efectivamente, puedo decir que me bebí, me tragué su librito. Me gustó mucho. En general, creo que aporta cosas de interés, que resume muy bien muchas perspectivas y estudios sobre la figura de Jesús y sobre la problemática de la fe. No significa eso que yo esté de acuerdo con todo lo que dice. Si me pongo a ello, encontraré muchos puntos con los que no estoy de acuerdo (para empezar, el papel que atribuye a lo comunitario y a lo celebrativo). Sin embargo, me permitirán que celebre la llegada de este librito.
Verán, no es muy cotidiano que hoy un filósofo casi “best seller” escriba un libro para decir que es cristiano. Más bien, el supuesto básico de nuestra cultura y nuestro mundo editorial es que de esas cosas no se habla y que esto de la fe debe quedar en el marco de las convicciones internas o de los gestos del folklore más popular.
Marina, José Antonio, hace un esfuerzo por dar razón de su esperanza religiosa y cristiana. Insisto en que, probablemente, no es la mía. Sin embargo, con él estoy muy de acuerdo en que un mundo sin el encanto de la religión, del esfuerzo por trascender lo que vemos y tocamos, sería un mundo desencantado, triste, aburrido, poco significativo. No merecería mucho la pena. Por supuesto, con José Antonio Marina estoy de acuerdo en que eso no da carta blanca a la religión y a cualquier religión para hacer lo que sea. Muchas historias tristes fueron protagonizadas por hombres y mujeres que se empeñaron en pronunciar el nombre de Dios en vano. ¡Qué sabio el segundo mandamiento! En fin, hoy, quiero compartir con ustedes que merece la pena leer este libro. Y que me admira la agilidad y franqueza con que su autor lo pone a circular. Lo digo mientras contemplo nuestras costas. Me encantan esas pinturas que llamamos Marina.
Lucas López hace una síntesis simplificadora de diferentes posturas ante el dolor y aparente absurdo de nuestro mundo.
Jesús y el tsunami.
Por
Lucas López sj.
Acaba de cumplirse un año de la tragedia que supuso el tsunami en el sudeste asiático. Doscientos cincuenta mil nombres propios serían una larga lista. Se trata de casi cinco veces más que todos los soldados norteamericanos muertos en Vietnam. Estamos hablando de una cifra que supera en cincuenta veces los muertos en accidente de tráfico en España a lo largo de un año. A la cifra del tsunami podríamos añadir los muertos dejados por el terremoto en Pakistán, o los destrozos innumerables de esta última temporada de huracanes en el mar caribe. En qué quedamos: ¿Es Dios todopoderoso? Entonces, ¿por qué permite todo esto? ¿Es un Dios cruel? Aquí propongo, a modo de resumen y paráfrasis un supuesto diálogo (más bien minidiscursos) que reflejan diferentes posturas. En el fondo, queda una pregunta: Y tú, ¿cómo te sitúas ante todo esto?
Leandro Sequeiros es profesor de la Facultad de Teología de Granada y Director del Grupo Local del Instituto METANEXUS para la Ciencia y la Religión. Estuvo en Las Palmas para tener la conferencia que hoy presentamos en la segunda parte.
Teilhard de Chardin: hombre de ciencia, hombre de fe (II).
Por
Leandro Sequeiros.
Vayamos un poco hacia atrás en el tiempo. Habíamos dejado a Teilhard en París formándose con Boule y Breuil en Geología y paleontología humanas. En 1914 estalla la guerra europea. Teilhard es movilizado y destinado como camillero en el 21 regimiento mixto de zuavos y tiradores en los frentes franceses. Su servicio militar se prolonga entre 1915 y 1918. La atmósfera de las trincheras significan para él un “bautismo de lo Real” (según sus biógrafos). Según éstos, el contacto con la crueldad de la guerra hizo que desde 1916 (con 35 años) se produjera el llamado “despertar del genio teilhardiano”.