Lucas López hace una síntesis simplificadora de diferentes posturas ante el dolor y aparente absurdo de nuestro mundo.
Acaba de cumplirse un año de la tragedia que supuso el tsunami en el sudeste asiático. Doscientos cincuenta mil nombres propios serían una larga lista. Se trata de casi cinco veces más que todos los soldados norteamericanos muertos en Vietnam. Estamos hablando de una cifra que supera en cincuenta veces los muertos en accidente de tráfico en España a lo largo de un año. A la cifra del tsunami podríamos añadir los muertos dejados por el terremoto en Pakistán, o los destrozos innumerables de esta última temporada de huracanes en el mar caribe. En qué quedamos: ¿Es Dios todopoderoso? Entonces, ¿por qué permite todo esto? ¿Es un Dios cruel? Aquí propongo, a modo de resumen y paráfrasis un supuesto diálogo (más bien minidiscursos) que reflejan diferentes posturas. En el fondo, queda una pregunta: Y tú, ¿cómo te sitúas ante todo esto?
Pablo [1]: Seamos claros: el dolor muestra el absurdo del mundo. Al final, culpables e inocentes, todos morimos. El terremoto no distingue entre buenos y malos. No distingue tampoco el tsunami ni el huracán. Al final, todo esto da nauseas, ganas de vomitar. Si Dios existe, debe responder a preguntas muy graves. Si es bueno, ¿cómo tolera todo lo que pasa? En síntesis, si Dios existe debe parecerse al Dios de Aristóteles, que está allá arriba, allá lejos, nada tiene que ver con nuestro mundo y nuestra realidad. Mejor sería que nos olvidáramos de pedir nada a Dios y nos dedicáramos a actuar en esta tierra. Somos libres y estamos condenados a vivir en libertad.
Federico [2]: Estoy de acuerdo contigo en que el dolor muestra el absurdo del mundo. De todos modos, yo creo que estamos llamados a superarlo. El dolor y el sufrimiento es la piedra por la que pasamos todos y sólo algunos son capaces de superarla. El cristianismo nos ha hecho mucho mal, porque se empeña en que en el dolor y la debilidad hay algo de bueno. En realidad, lo que hay de bueno en el dolor es la voluntad que tenemos de combatirlo y superarlo. Los únicos Dioses somos las personas humanas. En la humanidad, la naturaleza puede llegar a su manifestación más grandiosa. Para eso, por supuesto, está todo el tema este del dolor y el sufrimiento, que nos ayudan a seleccionar a los más fuertes, a los mejores, a los que serán capaces de convertirse en auténticos dioses.
Alberto [3]: Es verdad que yo me siento muchas veces inclinado a ver todo este mundo como un absurdo. Es como si cada uno de nosotros se pasara la vida subiendo una piedra a la montaña con la certeza de que una vez arriba, la piedra rodará y rodará hasta la base y que volveremos a tener que levantarla. El mal no distingue entre inocentes y culpables. Aunque yo creo que, en general, casi todos nosotros somos culpables. La inocencia es algo que perdemos muy pronto. Aún así, yo pienso que tenemos que luchar contra el mal. Que podemos hacerlo de muchas maneras. Y quizás, a los cristianos y cristianas les sirva el ejemplo de Jesús: luchó contra el mal hasta morir el mismo víctima de la injusticia y el dolor del mundo. El doctor que lucha contra la enfermedad, el guerrillero que lucha contra la injusticia, el hombre o la mujer caritativa que deja las horas al servicio de quienes le necesitan, todas esas personas hacen lo que deben hacer. Quizás Jesús les inspire, quizás no. ¿Qué más da?
Claudio [4]: A mí me parece que ustedes no se dan cuenta de lo que tenemos entre manos. En realidad, nos pasamos la vida haciendo cosas y tomando nota de situaciones e historias que desaparecerán pulverizadas en el tiempo. Yo mismo no soy más que un montón de células organizadas así por la rigidez de las leyes naturales. Esas mismas leyes me harán desaparecer desintegrado en millones de moléculas que, quien sabe, quizás algún día se unan todas en un único punto. Cuando le damos importancia a nuestro dolor o al dolor de la humanidad, ¿no estamos siendo megalómanos? No somos más que un montón de carbono que habita en un pequeñísimo planeta de una estrella más bien vulgar en medio de millones de galaxias. ¿Qué más da si yo sufro o si sufre la humanidad entera? La vida es esto. Al final, ni mis actos heroicos ni las veces que hice el amor, ni las personas a las que dije querer… Todo tiene el mismo valor que el día que crucé la mirada con un gato o que me quedé extasiado mientras olía el perfume de un jazmín.
Agustín [5]: A mí me parece que tu postura es demasiado cómoda y que no atiende a la realidad. ¿Cuál es nuestra verdad? ¿Cuál es nuestra experiencia? Estamos aquí, en este mundo, con un para, con un sentido. Porque todas las cosas vienen de un sitio y llevan a otro. Esa es nuestra realidad. Además, todos y todas, si estamos atentos a lo que vivimos por dentro, notamos esa voz de la conciencia que, salvo que la matemos, nos va a indicar hacia dónde debemos ir. El dolor y la muerte es algo que se ha vuelto trágico por nuestra propia actuación. Su origen está, de algún modo, en lo que nosotros mismos hemos hecho con nuestro mundo. El tsunami y el huracán golpean donde las personas establecemos nuestras residencias creyéndonos los amos del universo. Yo creo que sí, que llevamos a Dios dentro; pero es una tontería creernos dioses. Cada vez que nos creemos dioses, el terremoto viene a ponernos en nuestro sitio. Pero es absurdo pensar que el terremoto tiene la última palabra. La humanidad es capaz de superar todas estas contradicciones y dificultades porque se ha ido haciendo así. La naturaleza no es algo bruto, frío, muerto. Es la expresión de Dios mismo, que nos va guiando, nos va haciendo capaces, porque nos hizo a su imagen y semejanza.
Ignacio [6]: Yo no puedo situarme ante esta pregunta ajeno a mi fe cristiana. Soy creyente y cuando miro a Jesús lo veo crucificado. Creo que desde siempre fue un amigo de los pobres y de los marginados. Él rechazó que el dolor fuera castigo divino contra los pecadores. Afirmó que Dios quiere a los pecadores y tiene la mano tendida siempre a todas las personas: a las buenas y a las malas. Cuando miro a este mundo, no trato de explicar por qué Dios permite esto o lo otro. En la Biblia no hay una explicación de por qué hay mal o dolor o guerra. Pero sí que hay un Dios que toma partido a favor de las víctimas de la enfermedad, la marginación, la injusticia, la violencia. Cristo está crucificado y sigue crucificado en cada uno de los pueblos y personas que están crucificadas. A Cristo se lo llevó por delante el Tsunami. Como también lo torturaron en las cárceles de las dictaduras o muere con una jeringuilla de sobredosis. Él está en la cárcel. Está desnudo. Todo lo que espera es mi visita. Nuestro empeño, mi empeño, al menos, debe ser el de María con su hijo: bajar de la cruz a los pueblos crucificados. Esto que planteo es muy real. Estar atentos a la realidad evitaría que usemos nuestras ideologías y teorías filosóficas para escaparnos del compromiso que se espera de nosotros y nosotras.
Renato [7]: Todo esto que comenta Ignacio me parece importante. Sin embargo, hay algo que yo, que también soy creyente cristiano, percibo con fuerza. Muchas veces, en la vida, en vez de bajar a los pueblos crucificados, no te queda otra cosa que estar al pié de la cruz y llorar. No da para más. Por eso, a mí me parece que Jesús, más que un libertador capaz de derrotar al sufrimiento y la muerte, se parece más bien a alguien que te ayuda a dar sentido al sufrimiento y a la destrucción, si quieren, de un modo más cercano a la mística hindú, que acepta lo que hay como enviado por Dios. Me parece que es un modelo que se da en todas las culturas y en todos los pueblos: En un reino de lo paradójico, el servidor de los salmos del siervo doliente es el modelo lejano y compañero de todos los héroes fallidos, reales o literarios (que en definitiva son reales), comenzando por los héroes trágicos griegos (Edipo); por el anciano y desafortunado Rey Lear; por el sacerdote concubino de El poder y la gloria, de Greene; por el párroco enfermo e inútil del Diario de un cura rural, de G. Bernanos; por el Boccadoro y libertino de Narciso e Noccadeoro, de H. Hesse; de la Sonia prostituta de Crimen y castigo; de todos aquellos que se encuentran con Dios a través de experiencias de autodestrucción, pero también de comprensión y coparticipación al sufrimiento y destrucción de los otros.
[1] Jean Paul Sastre, pensador existencialista. Su libro principal: El Ser y la Nada.
[2] Friedrick Nietzsche, pensador vitalista e irracionalista. Muchos libritos, entre ellos Así habló Zaratustra.
[3] Albert Camus, pensador existencialista… muy cercano al cristianismo: La Peste.
[4] Claude Lévi-Strauss, pensador estructuralista. Su obra principal: “Tristes trópicos”.
[5] Agustín de Hipona, pensador cristiano neoplatónico del siglo IV. Uno de sus libros más interesantes: El maestro interior.
[6] Ignacio Ellacuría es filósofo y teólogo de la liberación. Murió asesinado en el Salvador defendiendo la causa de los pobres.
[7] Renè Girard es filósofo y teorizador de la teología del “hombre fallido”.