Francisco José Ruiz Pérez, provincial de los jesuitas, pronunció esta homilía en la misa previa a la inauguración del monumento a José Arce Rojas en Santa Cruz de La Palma.
Queridos amigos:
Supongo que ustedes, como yo, hemos visto muchísimas veces el mar dando un paseo por la Avenida Marítima. Quizás hayan tenido la misma sensación agridulce de seguridad y de desafío. Porque, por un lado, el mar nos regala su estampa azul y abraza la isla abrigándola como un hogar en medio del océano. Pero, por otro, el mar nos dice a nosotros, isleños, que hemos de salir de La Palma para conocer lo que está más allá de él. En eso no hay medias tintas. El mar nos impone dejar la propia casa... He ahí ese sabor ambivalente: de invitación a permanecer y de invitación a viajar.
¿Qué es lo que sintió un muchacho joven, José de Arce y Rojas, de unos 17 años, que vive al principio de la calle Real, pasada la mitad del siglo XVII, cuando paseaba por la playa de la bahía de Santa Cruz? ¿Viviría algo de lo mismo que nosotros vivimos ahora entre el sabor dulce de permanecer y el más exigente de salir de la isla? ¿Cuál fue su elección final entre la seguridad de un mar, que lo abrazaba y retenía en La Palma, y el reto a abandonar definitivamente su mundo? Cuando trazamos con un lápiz el recorrido vital que hizo José de Arce desde Santa Cruz de La Palma hasta las tierras de los Chiquitos –Sevilla, Castilla, norte de la actual Argentina, Santa Cruz de La Sierra–, sabemos enseguida la respuesta. José de Arce intuyó que lo suyo estaba más allá del mar. Y que, por eso, no podía quedarse en su ciudad.
Si José de Arce salió de sí y se fue, la razón no estribó en que fuera testigo de las muchas expediciones hacia América que realizaban escala en Santa Cruz camino del Nuevo Mundo. Lo hizo dejándose inspirar por el Espíritu de Jesús, el gran Navegante. Jesús salió un día de su propio mundo. Dejó a los suyos, renunció a lo concreto de Nazaret, abandonó su modo de vida en Cafarnaúm. Entre el permanecer y el viajar optó atrevidamente por lo segundo. Y se hizo itinerante. José de Arce se deja hacer a sí mismo por esta intuición vital de Jesús. Ser misionero consiste en ponerse en camino y en atreverse a ver el mundo como un hogar redimensionado. A José de Arce le nació un día la inspiración de que tenía más hermanos fuera de las playas de La Palma, más allá del mar que se cerraba en el horizonte. Nunca una isla tan pequeña contuvo con tanta fuerza la respiración del mundo.
Que José de Arce nos siga inspirando un corazón universal, para que podamos latir con las necesidades de los más débiles.