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Revista digital de reflexión y diálogo. Del 14 al 20 de Noviembre
Bienaventuranzas: Una receta de vida.
Por Ibán Sánchez Montesdeoca.

Ibán Sánchez Montesdeoca es el encargado de pastoral del colegio teresiano de Las Palmas de Gran Canaria. El pasado verano estuvo en La Laguna, en el retiro de las Bienaventuranzas que dio Adolfo Chércoles.

Raras veces tan pocas palabras consiguen expresar tanto significado. Acabé el retiro de las Bienaventuranzas este verano en Tenerife con esa convicción. Y lo empecé ocho días antes con todas las reservas que, a priori, surgen ante este tipo de experiencias: “te puedes venir abajo”, “tal vez no te guste lo que descubras de ti”,…. Pero lo mejor de todo fue que todas esas reservas se confirmaron a medida que transcurrieron los días.

Las Bienaventuranzas son, en sí, un estilo de vida, una forma de conseguir la felicidad apostando por el mensaje del Evangelio, en frases breves, concisas, sin rodeos, que tocan la realidad de cada persona e interrogan con preguntas que pueden parecer tan políticamente incorrectas, inoportunas e incómodas como necesarias, directas y de respuestas comprometedoras (por tanto, no siempre fáciles).

Adolfo Chércoles es jesuita y vive en Granada. Experto en observación. Con una amplia experiencia en descubrir que la dignidad de la persona está por encima de los títulos y consideraciones, sino en el mero hecho de ser personas. Nos fue presentando las Bienaventuranzas poco a poco, a razón de una diaria. Sus explicaciones me invitaron más que a echar un vistazo, a dedicar una mirada profunda a cómo me dejo interrogar por el mensaje de Jesús, en qué medida asumo su apuesta por la persona en mis pensamientos, planteamientos y acciones.

Y lo mejor de Adolfo no fue lo mucho que conoce la Biblia, que la conoce, ni la habilidad para hacer discursos entretenidos, que la tiene, ni su currículum lleno de experiencias muy diversas, que lo hacen interesante, su mejor tesoro está compuesto por las personas que ha conocido en su larga vida y que fue presentando poco a poco de manera, que, en los últimos días nos sentíamos íntimos de la “Mari”, o la “Pelo”, personas cotidianas, de las que calificamos como sencillas, unas de tantas, que decían verdades como puños, que reflexionaban sin enormes habilidades usando el sentido común de las cosas y que encuentran a Dios en lo gratuito, como pocos saben hacerlo.

El grupo no era numeroso pero, eso sí, muy heterogéneo: jóvenes y experimentados, activos y jubilados, tímidos y más lanzados. Pero cada uno con sus derroteros, sus riquezas, sus mudanzas y sus “cornamentas”, esas que enseñan lo peor de cada uno y que dificultan la relación con los demás. Y volví a comprobar la riqueza del ser humano, la utilidad de sentirnos aprendices de los que nos rodean, de ser luz para los demás pero sin que esa luz deslumbre, ni se nos vea iluminar, con la humildad como tarjeta de presentación allá donde vamos.

Pero, sin lugar a dudas, lo mejor de toda la experiencia de retiro fue seguir conociendo a Jesús. Y ese conocimiento interroga, pero a la vez, libera. Cada Bienaventuranza fue vivida en primera persona por un Jesús que fue “uno de tantos”, sencillo, humilde, que en nuestra sociedad de consumo de hoy practicaría la no ostentación (Bienaventurados los pobres de espíritu…) y apostaría, como hizo en su día, por recuperar lo irrecuperable. Y uno mismo cae continuamente en el error de dar por irrecuperables a las personas, a veces en primera del singular. Si Jesús hubiera nacido hoy, decía Chércoles, lo habría hecho en un “polígono”, tal vez fuera un parado de larga duración o un inmigrante que huye del hambre y que no necesita decir palabra alguna porque con su mirada ya articula todo un discurso. Y, sin embargo, ¿los miro como si en ellos estuviera Dios mismo?

Cada Bienaventuranza presenta un problema del ser humano. ¡Qué importante es conseguir ser manso en un mundo donde ejercer el poder hace sacar gestos y palabras agresivas que enseñan lo peor de cada uno! ¡Y qué poco entendemos la paz que nos propone Jesús! Justamente su paz no nos invita a “dejar en paz” a los demás, sino a comprometernos más, a aprender a “convivir” con ellos y, para eso, se hace imprescindible saber “tolerar”. Y Jesús usaba como única alternativa al poder, el servicio, que es lo único que nos da “ser”.

Lo mejor al terminar cada día del retiro fueron las Eucaristías, abiertas a presentar ante Dios y los demás nuestras reflexiones, miedos, iras y alegrías de cada día, lo que la Bienaventuranza de cada jornada iba sacado de cada uno/a. Y fue bonito descubrir, de nuevo, el valor auténtico de la entrega de Jesús (“comed de él”, “bebed de él”) para cada persona, estamos invitados a servir al otro, a darnos cada día, a usar ese privilegio que consiste en servir a los demás por el mero hecho de servir, sin más motivación, tal como él lo hizo (la realización plena de la persona, decía Chércoles, está en darse).

Hablamos de justicia (Bienaventurados los perseguidos por ella), de miserias y de corazón (Bienaventurados los misericordiosos) e incluso de dolor (Bienaventurados los que lloran), esa experiencia que hace que nos cerremos en nosotros mismos pero que, a la vez, puede crear lazos de solidaridad con otras personas muy difíciles de romper. Esa tarde el tú a tú con Dios fue más intenso, venían a mi cabeza experiencias pasadas de etapas aparentemente superadas y sentí rabia por comprobar la facilidad con que tantas veces cae el ser humano. Fue ahí cuando sentí al Jesús más cercano, al del huerto, al desesperado, al angustiado, al solitario, al desmoronado… como uno mismo, con las mismas flaquezas, “uno de tantos”. Y comprobarlo libera, alivia, suaviza,… Frente al dolor la persona sólo puede intentar afrontarlo, como María ante la cruz, como Jesús en el más angustioso de sus momentos. Y es cuando uno se deja de su mano, realmente Dios empieza donde el ser humano ya no llega.

Confirmé, por tanto, mis sospechas: el retiro fue una experiencia de parada, de repostar en Jesús, de caídas y saltos, de oportunidad para coser roturas, de recuperación, de siembra y de recogida, de realización con personas, de hilvanar con Dios la vida, de encuentro en la debilidad, que es lo que nos engrandece, de descubrir la riqueza de lo cotidiano y de volver a escuchar “ven y sígueme”. Las bienaventuranzas constituyen la oferta más limpia de la historia, decía Chércoles, un camino hacia la felicidad que es justo el que tenemos más a mano. ¿Te animas?

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.