Jorge Nuez, de Telde, nos muestra su experiencia en un encuentro de discernimiento vocacional en Granada.
Después de pasar noche en el aeropuerto, dormir en asientos muy incómodos, y escuchar por megafonía a todos esos despistados que deben embarcar urgentemente por la puerta “X”, llegué a Granada… ¡Por fin! Era julio y como sabrán, en el Sur en verano con poca ropa se esta muy bien.
El encuentro tuvo lugar en el Colegio Mayor Loyola. Allí fuimos llegando y poco a poco nos íbamos presentando. Buen grupo. Éramos unos doce más o menos, acompañados por cuatro jesuitas, bueno…el número no importa, lo mejor era la calidad de toda aquella gente, lo vivido y lo aprendido.
Los diez días estaban organizados en dos bloques, el primero fue de cinco días asistiendo por las mañanas a uno de los siguientes centros: guardería infantil, centro de discapacitados, centro de ancianos… Por las tardes unas charlas muy buenas, al menos para mí, dirigidas por un genio de la Compañía. Éstas estaban enfocadas a la persona, al conocimiento propio o daba pautas para discernir. Para mayor satisfacción también nos acompañaron unos voluntarios que nos contaron su experiencia y cómo habían vivido su vocación en esta sociedad (vocación como seglar).
Terminados estos cincos días nos metimos en el segundo bloque, pero antes con un descanso. Visitamos Granada: su catedral, sus calles, la Alhambra desde lejos y como no, sus teterías y alguna cervecilla, que con tanto calor parece que se pega y bajan muy bien.
Bueno… el segundo bloque fue destinado a ejercicios espirituales ignacianos, guiados también por esos genios de la Compañía que nos iban dando las pautas para empezar y seguir con ellos. También teníamos todos los días alguien que personalmente nos iba acompañando, nos escuchaba o nos ayudaba a ver esas “cosillas” que “¿no vemos?” pero de modo mas personalizado.
Y… ahora que has llegado hasta aquí, quiero contarte mi experiencia, la alegría que me llevé y lo que me traje: Después de unos días de preparación y organización de mi equipaje, que para mi era muy importante, ya que me iba a un lugar con mucho calor, necesitaría mucha ropa cómoda y fresca, mi cartera, tabaquito, gomina y desodorante ya que me ducharía varias veces al día, además el calzado que sea cómodo, fresco y guste a los demás… seguramente que llevando eso ya haría un buen viaje. El centro que elegí era una residencia de ancianos y discapacitados. Quizás son muy pocos los afortunados en tener el trato y cuidado que ellos tenían. Allí hacíamos lo que podíamos o lo que “llegábamos a poder hacer”. “Porque llegaremos yharemos lo que nosotros mismos queramos, siempre y cuando sepamos poner la meta”.
La tarea empezaba temprano, llegábamos a la hora de levantar y asear a los residentes. El que se dejaba duchar era duchado. Hacíamos camas y a desayunar. Seguía la mañana en la cocina, paseando con algunos, charlando con otros o acompañando al grupo. Después del almuerzo terminábamos nosotros y nos íbamos hasta el día siguiente. Todo era nuevo, novedoso e incluso divertido. Así un día, dos días, tres días… pero… ¿Qué hago yo aquí? ¿Es verdad que nadie triunfa en su tierra…? ¿Realmente hay que salir tan lejos…? ¿Tan importante es firmar siempre después de cada trabajo? Empezaban mis interrogantes mis miedos, estaba viviendo otra realidad social. Hoy era yo aunque por pocos días o más bien minutos manos para alguien, compañía para otros o quizás uno de esos personajes bíblicos invitados a comer por Jesús. Ahí empezó mi experiencia. Miraba para atrás; recordaba todo el lío que me había montado yo mismo con mi maleta y mis cosas. Aun no había estrenado ropa, pero era feliz, así sin ella. Había días que no hacia mucho esfuerzo físico, solamente escuchaba, miraba o daba algún achuchón al que se dejaba, y… era feliz.
Noté algo en mí, algo que estaba naciendo sin yo querer, o quizás mis ojos siempre prefirieron mirar mas allá, mirar lejos y muy alto… La vida es como ir a estudiar, siempre estarás aprendiendo, pero esta vez mis profesores no eran catedráticos ni licenciados en grandes materias, pero si en la vida… Y así poco a poco fui experimentando, o más bien, dejándome llevar. Esto era bueno. Sólo faltaba encontrar respuestas en mis ejercicios. Pero este primer bloque ya se iba terminado y como soy débil pedí en mis oraciones que esto no quedase aquí, que fuese el principio de una nueva etapa en mi vida. Pero sin yo querer, un día, mientras terminaba mi tarea y había logrado acercarme a todos por igual, mi Dios me premiaba con el rostro de mi madre, dándoselo a una mujer que pensé que era un vegetal. Así me premiaron y terminé mi primer bloque.
Con mis ejercicios empezaron muchísimos interrogantes que poco a poco fuimos resolviendo con ayuda de la oración, la escucha, ese genio que me iba dando sus pautas y como no, la oración de mis Madres Teresianas. Fueron cinco días de silencio que cuestan algo pero, merece la pena estar a la escucha de Alguien tan grande que te invita y anima a seguir. No es fácil, pero, un día sin tú quererlo se te manifestará por medio de alguien o quizás prepares un lugar y no lo veas ahí, porque te estará esperando en otro donde no te caben más trastos y esté muy desordenado.
Ahora sólo me cabe esperar, tener paciencia y ver todas aquellas cosas que realmente me son necesarias para ser feliz; bajar mi meta y ser más agradecido.
Gracias, Granada y ese grupo de gente con el que conviví diez días. Gracias también a la Compañía de Jesús, por toda esa gente que está y estará conmigo. Y Gracias a mi Dios Jesús por darme todo esto.