¿Quién tiene la culpa del terremoto de Cachemira? ¿Quién tiene la culpa de que miles de personas, entre las que figuraban niños inocentes y mujeres debilitadas, hayan muerto aplastadas debajo de toneladas de cemento armado o bajo una colina que se corrió de lugar? ¿Quién responde del paso del huracán Stán por Guatemala? ¿En qué tribunal se juzgará a quienes están detrás de los vientos, las aguas y los lodos que se han llevado la vida de tantos y la esperanza y el futuro económico de todo un país? ¿Quién frenó las lluvias sobre África Occidental? ¿Quién dio vida y aliento a la langosta que asoló los campos de África y propicia el hambre de países enteros?
Verán, me parece, que muchas veces, este tipo de preguntas nos asaltan cuando vemos las imágenes que nos llegan del dolor y la muerte por el mundo. En el fondo, necesitamos culpables. Necesitamos poder decir que los Gobiernos no funcionan, que Naciones Unidas es inoperante, que los señores de la guerra están detrás de las hambrunas. Si ponemos un culpable, en cierta manera, parece que nos sentimos más tranquilos y, al llegar la noche, tras nuestra cena, podemos ir tranquilamente a la cama y soñar cualquier sueño de justos hasta el día siguiente. Entre nosotros y nosotras, los hay, incluso, que por buscar culpable, lo encuentran en Dios: Él, el creador, es el que está en el origen de este planeta azul y también de los males que lo asolan. Él creó el mar y también el tsunami que, hará pronto un año, se llevó la vida de cerca de doscientas mil personas.
De hecho, tanto mal, tanto daño, lleva a algunas personas a formular, como aquel literato, esta afirmación: “Si Dios existe, debe responder de muchos crímenes”. El caso es que Dios, probablemente, no tiene defensa. O, mejor dicho, se niega a dar defensa alguna. La tradición bíblica, lejos de darnos explicaciones oportunas o buenas teorías sobre el origen del mal y la responsabilidad divina, se contenta con contarnos que Dios llora, que Dios es crucificado, que Dios muere.
Si encontramos culpables, dormimos tranquilos. Probablemente, por eso, Dios calla. No hay culpables, sólo nuestras manos para responder. El huracán Stan, la hambruna africana, el terremoto de Cachemira… son el llanto de quien nos llama, de quien nos dio este planeta para construir en él un paraíso. No se esperan nuestras teorías ni nuestras explicaciones. Tampoco nuestros juicios. Sólo nuestra inteligencia y nuestras manos. Ese es el significado de cada terremoto.
Fernando López sj nos envía este material que iremos publicando paulatinamente. Se trata de un informe sobre el trabajo del equipo itinerante en la frontera entre Brasil, Bolivia y Perú. Lo publicamos en los idiomas originales: castellano y portugués.
Como resposta aos novos desafios e exigências da sociedade e da Igreja, foi gestada, há oito anos, uma ação pastoral que superasse os limites das fronteiras geográficas, institucionais e de gênero. Surgiu assim uma comunidade itinerante em Manaus.
Pilar Bandrés nos anima a escribir sobre el Dios de las pequeñas cosas. En esta ocasión, nos envía un material interesante: algunas noticias… empezando por Kabul.
El Dios de las pequeñas cosas: Kabul.
Por Pilar Bandrés.
La universidad de Kabul anda exigua en medios tanto humanos como materiales. El país afgano no vive sus mejores momentos y por eso dicha universidad no es una prioridad en el gasto del país. Pero incluso dentro de la universidad hay niveles…. e historias. Existe un departamento de español desde hace 30 años.