Tengo delante la foto de un montón de hombres sentados en una larga hilera. Los custodia un policía uniformado de azul. El pie de foto reza así: un grupo de subsaharianos, detenidos tras el intento masivo de cruzar la valla de Melilla en la madrugada del martes. Todos las portadas del miércoles de la denominada “prensa nacional” traían la noticia y alguna fotografía similar o parecida. La madrugada del jueves, era Ceuta el lugar donde se repetía una escena parecida con un resultado todavía peor: junto a los heridos y los presos, quedaban también los muertos.
Supongo que, a estas alturas, sabrán ustedes que cientos y cientos de estas personas intentaron entrar en Europa, en España, atravesando LAS VALLAS que señala la frontera entre Marruecos y las ciudades españolas del norte de África.
Es posible que pueda resultar hiriente traer a colación otros dos muros que tengo en la memoria: el que Israel usa para encerrar a los Palestinos en un gigantesco campo de concentración; y también aquel otro, de memoria dolorida, en el que miles de ciudadanos y ciudadanas de la, antiguamente denominada Alemania Democrática, perdieron la vida acribillados por las balas de los soldados que la vigilaban. Perdonen la comparación, probablemente no sea una comparación justa.
Al fin y al cabo, la valla de Melilla, como la de Ceuta,no pretende exactamente proteger a aquella ciudad hispana, sino que pretende protegernos a todos y todas los que vivimos a este lado de la valla. A todos y todas los que tenemos acceso a la comida tres veces al día o recibimos subvenciones para nuestra agricultura. A todos y todas los que estamos protegidos por el sistema de pensiones o tenemos derecho a la atención sanitaria cubierta por la Seguridad Social. La VALLA de Melilla, como la de Ceuta, ocupa el mismo lugar físico que el Atlántico entre las costas del Sahara y el jardín de las Hespérides, en el que vivimos.
Porque, reconozcámoslo, la auténtica Valla no es tanto ese montón de alambres trenzados que ahora pretendemos elevar, para nuestra protección, hasta los seis metros. La valla está en nuestro corazón cuando somos capaces de mirar para otro lado o de negarnos a trabajar por soluciones eficaces. La valla está en nuestra inteligencia que se muestra incapaz para alcanzar solución a un problema que, sin duda, es complejo. La renta per cápita, el nivel de escolarización, las estadísticias del hambre o la enfermedad, la capacidad productiva y la articulación social, esos son, verdaderamente, los muros que nos separan de todas esas personas, hermanas nuestras, que día a día se lanzan en un desesperado viaje a cruzar nuestros mares, intentan con éxito desigual burlar a nuestras fuerzas de seguridad o, en la parte de Melilla, o en la de Ceuta, tratan de saltar al otro lado de la valla.
José Antonio Morillas sj nos regala con un relato interior del Camino de Santiago. Muy recomendable.
Hacer camino.
Por José Antonio Morillas sj.
Animado por el tesón y la ilusión de hacer en bici el Camino de Santiago, es ahora, en reposo forzoso y en el silencio de la tarde cuando comunico esta sencilla pero honda experiencia de un verano muy seco.
Y no sólo me fijo en el significado "físico" de la palabra, sino también en su dimensión espiritual, de diálogo con uno mismo, con la naturaleza urbana y rural y con otras gentes que por diversos medios también tienen como meta arribar a la ciudad del "campo de la estrella" (campus stellae).
José Juan Romero nos relata algo de su experiencia en Honduras.
El güiro Tontolo.
Por José Juan Romero sj.
4 de agosto de 2005. Estamos en la Honduras rural profunda. La Campa es un municipio del norte del Departamento de Lempira, el más pobre de Honduras según el IDH del PNUD a una media hora de carro de la capital Gracias. Una bella iglesia de estilo colonial en un entorno natural y urbano hermoso y bien conservado –con el apoyo de la Cooperación Española- llama la atención de los viajeros. Zona montañosa, accidentada y pobre. Agricultura de laderas, de subsistencia; minifundios de café y granos básicos.