José Juan Romero nos relata algo de su experiencia en Honduras.
4 de agosto de 2005. Estamos en la Honduras rural profunda. La Campa es un municipio del norte del Departamento de Lempira, el más pobre de Honduras según el IDH del PNUD a una media hora de carro de la capital Gracias. Una bella iglesia de estilo colonial en un entorno natural y urbano hermoso y bien conservado –con el apoyo de la Cooperación Española- llama la atención de los viajeros. Zona montañosa, accidentada y pobre. Agricultura de laderas, de subsistencia; minifundios de café y granos básicos. Este día se celebra en una de sus aldeas, Cruz Alta, a media hora de carro de La Campa, un taller de capacitación a pequeños campesinos cafetaleros sobre la lucha contra la broca, una plaga muy dañina del café provocada por una mosca. La capacitación está a cargo del ingeniero Herme Reyes, técnico de IHCAFE (Instuto Hondureño del Cafe). Mientras van llegando los campesinos, Herme entretiene a los presentes enseñándoles a hacer nudos con cuerda, ante el regocijo casi infantil de los asistentes. Asisto al taller con José Luis Cárdenas delegado de la Fundación ETEA en Honduras y responsable del proyecto que lleva por título “Reducción de la vulnerabilidad de los pequeños productores cafetaleros ante la crisis de seguridad alimentaria” financiado por AECI, en colaboración con FAO e IHCAFE y en cuyo marco se celebra dicho taller.
El taller comienza hacia las 9 de la mañana en un modesto local de la pequeña aldea de Cruz Alta; bancos rudimentarios; pizarra elemental; rostros jóvenes curtidos por el sol y el trabajo; no hay electricidad; para poder conectar el cañón proyector y el ordenador portátil se trae desde Gracias (capital del departamento) un grupo electrógeno del IHCAFE. Asisten unos 25 pequeños cafetaleros y comienza una capacitación sobre lucha contra plagas que durará todo el día, modesta comida incluida. El ingeniero Herme lo hace muy bien, tiene un gran conocimiento del tema y una gran capacidad pedagógica. Su autoridad moral ante los asistentes es indiscutible. Se les enseña a utilizar medios al alcance de todos (se ubicarán en los cafetales botellas plásticas grandes de gaseosa recicladas y debidamente perforadas en las que se instala adecuadamente el líquido atrayente para los insectos).
Apenas han tenido lugar la oración introductoria previa a cargo de uno de los campesinos –lo que nunca puede faltar en estos actos- y las presentaciones individuales de todos los asistentes (mientras se va firmando la ineludible hoja de asistencia, para la contabilidad y la justificación del proyecto) cuando llega un joven campesino corriendo con la noticia de que en una comunidad vecina llamada Tontolo acaba de morir su niñita (de unos 3 años) y que su hermanito menor (18 meses) está muy grave, “muriéndose”. Busca ayuda de transporte para poder acudir con el niño al hospital de Gracias; no hay en la aldea, y menos en las comunidades, transporte regular; no hay personal ni medios en un llamado Centro de Salud de la aldea Cruz Alta; no hay más vehículo visible en la zona que los dos desplazados al evento (el de IHCAFE y el de ETEA).
José Luis Cárdenas conduce y acompañamos al papá hasta la comunidad por una “calle” accidentada, difícil incluso para un todo terreno, a unos 20 o 30 minutos en carro de Cruz Alta. ¡Dice el campesino que él lo recorrió por atajo en 15 minutos! Cuesta creerlo. Durante el trayecto damos “jalón” a un hermana del papá que va al duelo; le preguntamos al papa qué ha pasado: la niña llevaba enferma una semana con diarreas y vómitos, y se murió esta mañana, a las 4 de la madrugada, sin que se pudiera hacer nada. El niñito –Mario, se llama- está igual, muy grave, se enfermó después que su hermanita. Pero ¿qué les ha pasado concretamente?, les preguntamos; el joven papá nos contesta –con muy pocas palabras- que se enfermaron porque les ha atacado un mal espíritu. ¿Por qué no llevaron a la niña al hospital antes? No tienen medios para ello y la abuela, que supuestamente sabe de enfermería “porque ayuda en el centro de salud de Cruz Alta” (eso entendemos), consideraba que no era necesario. Ahora, con la muerte de la niñita y el niño moribundo (parecen estar seguros de ello) creen que hay que hacer algo; interpretamos que al enterarse de que había carros en las cercanías han decidido intentar salvar al crío (al “güiro”, como dicen por aquí).
Al llegar la comunidad, el ambiente es de tragedia; la niñita muerta queda en la casa; rápidamente disponen que la mamá con un cuñado, hermano del papá, se venga con nosotros y el niñito al hospital de Gracias; vemos muy mal al niño, los ojos en blanco, más muerto que vivo; hay un revoloteo de familiay vecinos, niños, jóvenes y mayores, junto a la pequeña senda que conduce a la muy modesta casa de estos campesinos sin tierra; se nota que la abuela tiene cierta autoridad, rápidamente ella acude a buscar una toalla para envolver al bebé; vemos que hacen planes y que le dan algún dinero al tío del bebé; el papá se queda para disponer del entierro de la niñita; recogemos a la madre llorosa y desconcertada (se llama Adelina; le preguntamos la edad; tiene 20 años; hubiéramos dicho que no menos de 40) y a su cuñado con el niñito que da la impresión de muy grave y salimos para Gracias. ¿Llegaremos a tiempo?
Ya de regreso de la comunidad de Tontolo, paramos de nuevo para pedir una botella de agua en la aldea de Cruz Alta (los campesinos del taller ya se han ido a visitar una finca con Herme, el carro del IHCAFE y sus bestias); y les insistimos que hagan beber al niño; lógicamente está deshidratado. Durante el trayecto que se hace interminable –con el corazón encogido por si no llegábamos a tiempo- por malos caminos, sobre todo hasta La Campa capital municipal, después mejora hasta Gracias, no conseguimos que la mamá pronuncie apenas algún monosílabo. Tardamos algo menos de una hora en llegar a Gracias, la bella capital del departamento.
Al llegar al hospital de Gracias –que presenta un excelente aspecto y ofrece una magnífica atención aun tratándose de un hospital departamental del departamento más pobre de Honduras- explicamos rápidamente el caso al médico de urgencia y éste consciente de su gravedad le da prioridad y hace que atiendan al bebé inmediatamente, conduciéndolo a la sala de redhidratación; doble suero, presencia inmediata de la doctora pediatra (Karla es su nombre), atención médica masiva (enfermeros etc.). No se escatiman medios ni dedicación. Al poco tiempo, el niño vuelve en sí, se recupera; no hay duda, se salvará, nos dice la doctora. Ésta reprende duramente al tío por no haber traído a la niñita a tiempo: “Ningún niño se tiene que morir por diarreas y vómitos”.
Nos quedamos casi dos horas en el hospital para ver cómo se desarrollan los acontecimientos. La mamá quisiera regresar a la comunidad de Tontolo para enterrar a su hijita mañana. El tío va a avisar (¿cómo? ¿por alguna vía indirecta?; es obvio que no tienen comunicación telefónica) de la situación al resto de la familia. La doctora le dice que se tienen que quedar. El niño presenta un estado de desnutrición aguda y debe permanecer ingresado con su mamá una o dos semanas. Nos ofrecemos a pagar los gastos: no es necesario, nos dice la doctora: en Honduras la atención médica de los niños menores es gratuita. José Luis y su acompañante no pueden contener las lágrimas...
Hablamos con Sara Garrido, responsable de la agencia de Solidaridad Internacional en Gracias, quien nos promete seguirle la pista al niño y a su familia. Después de almorzar, volvemos a subir a La Campa y a Cruz Alta, para ver cómo se ha desarrollado el taller, pero llegamos a las 4 pm justo cuando acaba de concluir; encargamos a alguien del lugar (uno de los campesinos del taller que aún seguían en el local) que intente comunicarse con la familia para informarles de la situación. De regreso hacia Santa Rosa de Copán, volvemos a pasar por Gracias y paramos en el hospital hacia las 5h pm: el niño llora fuertemente, a gritos, los ojos despiertos, bien abiertos. Da gusto oírlo llorar... A la joven mamá, siempre en silencio, ya no le quedan lágrimas.