Estoy de suerte, tengo que reconocerlo. Los primeros ocho días de mis vacaciones me han servido para irme de retiro. Verán, es una costumbre que, casi sin fallar, cumplo año tras año. Saco una semanita, casi siempre en verano, para irme a alguna casa de retiros para dedicarme un poco a cosas algo diferentes.
Estoy convencido de que es un privilegio. Tengo la suerte de estar en una situación familiar, social y económica que me permite dedicar parte de mis vacaciones y de mi dinero a no hacer nada “productivo”. Es un privilegio y, por eso, lo agradezco a Dios profundamente. Es un privilegio y, por eso, trato de aprovecharlo al máximo.
El retiro no sirve para nada. Es decir, no se trata de dedicarme a planificar una serie de actividades o de enredarme en un taller de esto o lo otro. No. Para hacer cosas así de útiles y prácticas tengo el resto de los días del año.
Pero tampoco se trata de unas vacaciones en las que, desde que me levanto hasta que me acuesto, me dedico a hacer lo que me sale en gana (con perdón).
El retiro es un tiempo especial. Me dedico a mí mismo y me dedico a mi Señor. Es tiempo para despertar los sentidos que, con el trabajo de los días, muchas veces se adormecen. Es tiempo para saborear especialmente la presencia de Dios en las cosas. Es tiempo para agradecer lo vivido, repasando muchos nombres propios, los de los amigos y amigas, los familiares, que son como un regalo. O también el de aquellas personas con las que, por lo que sea, ha habido enfrentamientos. De todo ello, de los momentos dulces y de los momentos amargos, el retiro ayuda a encontrar el lado bueno. Ayuda a dar gracias. Ayuda también a hacerme fuerte ante los problemas que a todos y todas nos llegan. Ser fuerte para hacer la propia tarea sin dejarse llevar por comodidades. Ser fuerte para afrontar los conflictos que se plantea. Ser fuerte para reconocer cuándo me estoy equivocando. Al fin y al cabo, es de la debilidad de donde nace la fortaleza.
Para todo eso, los primeros días de mis vacaciones me sirven. Son días de estar a la Escucha de la Palabra de Dios, de estar atento a lo que mi corazón siente, de dejarme tocar por tanto amor como hay a mi alrededor. En fin, lo digo, es un privilegio. Qué bueno poder irme de retiro.
Un cuento sobre la historia y sus lecturas. Para tiempo cálido de verano. Escrito por Lucas López.
El Monumento.
Por Lucas López sj.
Gumersindo Mora contempló atónito las letras doradas que servían de leyenda al conjunto. Sintió la brisa marina que arreciaba por momentos sobre su cuello y aceptó que una tela enturbiara sus ojos. Como estaba solo, guardó silencio. Se guardó su ira y miró al cielo. Tras las montañas empezaban a dejarse ver los primeros síntomas del ocaso. Un montón de reflejos púrpura emulaban los efectos especiales de las mejores películas con tecnología digital.
Ni tenemos la fotografía ni el nombre de la autora. Parece una metáfora. Habla del lugar de la mujer en la Iglesia. Se trata de la tercera entrega de una conferencia tenida en el Centro Loyola de Las Palmas.
Hace ya más de cuarenta años que el Papa Juan XXIII mencionaba como uno de los signos de los tiempos característicos de una humanidad en progreso la presencia de la mujer en la vida pública.