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Revista digital de reflexión y diálogo. Semana del 15 al 21 de Agosto
El Monumento.
Por Lucas López sj.
Foto Lucas López sj

Un cuento sobre la historia y sus lecturas. Para tiempo cálido de verano. Escrito por Lucas López.

Gumersindo Mora contempló atónito las letras doradas que servían de leyenda al conjunto. Sintió la brisa marina que arreciaba por momentos sobre su cuello y aceptó que una tela enturbiara sus ojos. Como estaba solo, guardó silencio. Se guardó su ira y miró al cielo. Tras las montañas, empezaban a dejarse ver los primeros síntomas del ocaso. Un montón de reflejos púrpura emulaban los efectos especiales de las mejores películas con tecnología digital.

Casimira Betancor observó que aquel hombre, enfundado en una gabardina propia de otras latitudes y otros tiempos, tenía los ojos rojos. Pensó que, como a ella, le embargaría la emoción. Había motivo. A pocos metros se erguía la efigie de un prócer de la patria chica, pariente suyo en tercera línea, según le informara enfática su abuela. Sonrió contenta.

“Perdone, don, ¿se emocionó usted?” Se animó a abordar al caballero de la gabardina gris y los ojos enrojecidos. “Es que yo también estoy emocionada. Es la primera vez que vengo. Yo vivo en Las Palmas, en Schamann para ser más exactos, ¿estuvo allí? Es que mi familia se tuvo que ir. Se vino abajo el plátano y mis padres se fueron para trabajar en los hoteles”.

Gumersindo Mora se sintió aturdido. No sabía muy bien si toda aquella convulsión la producía el discurso apresurado de la muchacha veinteañera a lo sumo, o su cuerpo, que se dejaba ver entre las tiras y los pliegues de un cubretodo playero de colores pasteles.

“Es que ese de ahí es mi tío abuelo”, aseguró la muchacha con una sonrisa que desalentaba cualquier arrebato reivindicativo. “A él le debe la vida toda mi familia. ¿Sabe usted? Me lo contó la abuela. Que cuando la Guerra y los republicanos se hicieron con el mando, que nos querían fusilar a todos; porque mi abuelo era católico y de misa diaria. Él, don Pablo, nos salvó la vida escondiéndonos en el sótano de su casa. Luego, cuando llegó a Ministro, le dio un puestito a su hermano, mi abuelo, que, como era honesto, no se hizo de oro, y por eso nos tuvimos que ir a Las Palmas. Mis padres y yo, porque mis hermanos ya nacieron allá”, continuó llena de contento Casimira Betancor, que, mientras tanto, observaba cándida la mirada cada vez más atormentada de su interlocutor rehén. “¿Es que también usted le debe algo a Don Pablo Betancor?” Preguntó retórica la monumental jovencita. “Estoy segura. Aquí todos le debemos algo a don Pablo. Me dice mi abuela que se portó muy bien cuando lo hicieron ministro; que se hicieron grandes obras, como esta avenida marítima; que colocó a muchas personas honestas en los ayuntamientos y en el Cabildo. Que hicieron carreteras y que le pusieron medallas a todos los héroes de la guerra. ¿Le debe usted algo a don Pablo?” Insistió por fin aquel cuerpo con voz de cascada apresurada.

“Sí, señorita. Pare un momento. Sí le debo”, dijo Gumersindo sin sacar las manos del bolsillo. “A su tío abuelo le debo mucho, señorita. Muchísimo, diría”.

“Ya le decía…”, recomenzó Casimira que se frenó ante el gesto expresivo que con la cara le hiciera su emocionado interlocutor.

“Verá, señorita; por orden de Don Pablo Betancor, su tío abuelo, fusilaron a mi padre”, escupió Gumersindo con la voz temblorosa. Sin dejar reaccionar a Casimira, enfiló la acera de la avenida marítima y trató de comprobar si, la luz del crepúsculo, permitía vislumbrar la silueta del Teide, a lo lejos, sobre el horizonte.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.